De pronto, Gelert empezó a aullar y se puso a caminar en círculos con el rabo entre las patas. ¿Qué le pasaba al animal?

Al cabo de unos segundos, Ethel sintió una especie de temblor en el suelo, como si estuviera pasando un tren expreso, a pesar de que la línea del ferrocarril terminaba a un kilómetro y medio de allí.

Maud arrugó la frente y abrió la boca para decir algo, pero entonces se oyó un restallido como de un trueno.

– ¿Se puede saber qué ha sido eso? – preguntó Maud. Ethel lo sabía.

Lanzó un grito y echó a correr.

Billy Williams y Tommy Griffiths habían parado para descansar.

Estaban trabajando en un yacimiento llamado del «carbón de cuatro pies», por su espesor, que solo estaba a seiscientos metros de profundidad, no tan abajo como el nivel principal. El filón estaba dividido en cinco secciones, cada una de ellas bautizadas con el nombre de los distintos hipódromos británicos y, concretamente, los muchachos se encontraban en Ascot, la más cercana al tiro ascendente. Ambos trabajaban como mozos, como ayudantes de los mineros más experimentados. El minero empleaba su mandril, un pico de hoja recta, para extraer el carbón de la capa externa de la veta y su ayudante lo introducía, con ayuda de una pala, en una vagoneta con ruedas. Habían empezado a trabajar a las seis de la mañana, como siempre, y en esos momentos, después de un par de horas, estaban haciendo una pausa para descansar, sentados en el suelo húmedo con la espalda apoyada en la pared del túnel, dejando que el soplo suave del sistema de ventilación les refrescase la piel, mientras iban dando sorbos del té tibio y dulzón que contenían sus botellas.

Ambos habían nacido el mismo día de 1898, y les faltaban seis meses para cumplir los dieciséis años. La diferencia en su desarrollo físico, tan embarazosa para Billy cuando este tenía trece años, había desaparecido por completo; ahora los dos eran unos muchachos de espalda ancha y brazos musculosos, que se afeitaban una vez a la semana a pesar de que en realidad no lo necesitaban. Iban vestidos únicamente con pantalones cortos y con botas, y tenían el cuerpo tiznado de negro con una mezcla de sudor y carbonilla. Bajo la tenue luz de la lámpara, ambos brillaban como si fueran sendas estatuas de ébano de un dios pagano. Tan solo las gorras estropeaban el efecto.

El trabajo era duro, pero ya estaban acostumbrados. No se quejaban del dolor de espalda y las articulaciones, como hacían los mineros más viejos. Transpiraban energía por los cuatro costados, y en sus días libres también se dedicaban a actividades igual de agotadoras, como jugar a rugby, cavar parterres o incluso boxear a puño limpio en el granero que había detrás del pub Two Crowns.

Billy no había olvidado su iniciación tres años antes y, de hecho, aún bullía de indignación cada vez que recordaba aquel día. Había jurado entonces que jamás maltrataría a los chicos nuevos. Ese mismo día, sin ir más lejos, le había advertido al pequeño Bert Morgan: «No te extrañe si los hombres te gastan alguna jugarreta. Puede que te dejen a oscuras durante una hora o alguna tontería parecida. A las mentes obtusas solo se les ocurren mezquindades». Los mineros mayores de la jaula lo fulminaron con la mirada, pero él se la sostuvo: sabía que tenía razón, y ellos también.

En aquella ocasión, tras la novatada sufrida por Billy, su madre se había puesto aún más furiosa que él.

– Dime – le dijo al padre del chico, de pie en medio de la sala de estar con los brazos en jarras y los ojos negros enfebrecidos ante la injusticia -, ¿cómo se sirve a la voluntad de Dios torturando a unos chiquillos?

– Tú no lo entiendes. Eres una mujer – le había contestado, una respuesta nada propia de él.

Billy pensaba que el mundo en general, y la mina de Aberowen en particular, serían mejores lugares si todos los hombres llevasen una vida temerosa de Dios. Tommy, cuyo padre era ateo y discípulo de Karl Marx, creía que el sistema capitalista no tardaría en destruirse a sí mismo, con algo de ayuda de una clase obrera revolucionaria. Los dos chicos siempre acababan discutiendo acaloradamente, pero seguían siendo muy amigos.

– No es propio de ti trabajar un domingo – dijo Tommy.

Era verdad. En la mina se estaban haciendo turnos extraordinarios para poder hacer frente a la demanda de carbón pero, por deferencia a la religión, la compañía Celtic Minerals había convertido en optativos los turnos dominicales. Sin embargo, Billy estaba trabajando pese a su devoción al día de descanso religioso.

– Creo que el Señor quiere que tenga una bicicleta – dijo.

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