– Tommy y yo estábamos en el filón de los cuatro pies. Hemos bajado por Píramo hasta el nivel principal. Creemos que la explosión ha sido por la zona de Tisbe, y hay algo de humo, no mucho, pero la jaula no funciona.
– El mecanismo del cabrestante ha quedado dañado por la onda expansiva ascendente – dijo el padre con voz serena -, pero estamos tratando de repararlo y estará arreglado dentro de unos minutos. Procura reunir al máximo número de hombres en el fondo del pozo para que podamos empezar a subirlos en cuanto la jaula vuelva a funcionar.
– De acuerdo.
– El pozo Tisbe ha quedado completamente inutilizado, así que asegúrate de que nadie intenta escapar por ahí, porque podrían quedar atrapados por el fuego.
– Es verdad.
– Hay aparatos respiradores de oxígeno en la puerta de la oficina de los ayudantes.
Billy ya lo sabía, pues se trataba de una innovación reciente, reclamada por el sindicato y obligatoria tras la aprobación de la Ley de Minas de Carbón de 1911.
– El aire no está contaminado ahora mismo – dijo.
– Puede que no donde te encuentras tú, pero más adentro puede estar peor.
– Tienes razón. – Billy colgó el aparato.
Repitió a Tommy y a Pat lo que había dicho su padre. Pat señaló una hilera de armarios nuevos.
– La llave debería estar en la oficina.
Billy corrió a la oficina de los ayudantes del capataz, pero no vio ninguna llave. Supuso que alguien debía de llevarlas colgadas del cinturón. Miró de nuevo la hilera de armarios, cada uno de ellos con una etiqueta donde se leía: APARATO RESPIRADOR. Estaban hechos de hojalata.
– ¿Hay alguna palanqueta, Pat? – dijo.
El operario tenía una caja de herramientas para reparaciones de poca envergadura, y le dio un destornillador de aspecto resistente. Billy abrió rápidamente el primer armario.
Estaba vacío.
Billy se quedó boquiabierto, incrédulo.
– ¡Nos han engañado! – exclamó Pat.
– Cerdos capitalistas… – murmuró Tommy.
Billy abrió otro armario, que también resultó estar vacío. Abrió los demás con brutalidad furiosa, ansioso por denunciar la falta de escrúpulos de Celtic Minerals y Perceval Jones.
– Ya nos las arreglaremos sin ellos – dijo Tommy, que estaba impaciente por ponerse en marcha.
Sin embargo, Billy trataba de decidir cuáles eran las mejores opciones. Dirigió la vista hacia la vagoneta de incendios, el penoso sucedáneo que la dirección de la mina había encontrado para paliar la falta de un camión de bomberos en condiciones: una vagoneta llena de agua equipada con una bomba manual. No era inútil del todo, porque Billy la había visto en funcionamiento después de lo que los mineros llamaban un «destello», cuando una pequeña cantidad de grisú entraba en combustión, brevemente, y se arrojaban todos al suelo. El destello a veces incendiaba el polvo de carbón de las paredes de la galería, que entonces debían ser rociadas con agua.
– Nos llevaremos la vagoneta de incendios – le propuso a Tommy.
Ya estaba en los raíles, y los dos lograron empujarla para hacerla avanzar. A Billy se le pasó por la cabeza engancharle un poni delante, pero luego decidió que eso les haría perder tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que los animales estaban aterrorizados.
Pat el Papa dijo:
– Mi hijo, Micky, está trabajando en la sección de Marigold, pero no puedo ir a buscarlo, tengo que quedarme aquí. – Su cara era el vivo reflejo de la desesperación, pero en caso de emergencia, el embarcador debía permanecer junto al pozo, era una regla inquebrantable.
– Haré todo lo que pueda por encontrarlo – le prometió Billy.
– Gracias, chico.
Los dos muchachos empujaron la vagoneta por la vía principal. Las vagonetas no iban equipadas con frenos, sino que los conductores las detenían colocando una pesada cuña de madera en los radios de las ruedas. Las vagonetas sueltas, que circulaban sin control, habían causado muchas muertes e innumerables heridas entre los mineros.
– No vayamos muy rápido – dijo Billy.
Ya llevaban recorrido medio kilómetro del interior del túnel cuando advirtieron que se elevaba la temperatura y el humo se espesaba. No tardaron en oír voces. Siguiendo la trayectoria del sonido, enfilaron hacia el ramal de una galería. Saltaba a la vista que era un filón en pleno proceso de explotación, pues, a uno y otro lado y a intervalos regulares, Billy vislumbró las entradas de los lugares de trabajo de los hombres, a los que solían llamar puertas, pero que a veces eran simples agujeros. Cuando el ruido empezaba a hacerse más intenso, dejaron de empujar la vagoneta y miraron hacia delante.