Lo cual no quiere decir que Kurtz fuera querido por todos. No, debido a que era un hombre excesivamente paradójico, excesivamente complicado, con demasiadas almas y demasiados colores. En muchos aspectos, las relaciones de Kurtz con sus superiores, principalmente con Misha Gavron, su jefe, antes eran las de un mal tolerado individuo ajeno a la organización que las de un igual en quien se ha depositado confianza. Carecía de asentamiento, pero, misteriosamente, tampoco lo pretendía. Su base de poder era débil y cambiante, dependiendo de quien fuera la última persona a la que hubiera ofendido, en su búsqueda de ayuda rápida y eficaz. No era un sabra, carecía de los elitistas antecedentes de los hombres procedentes del Kibbutz, de la universidad o de los regimientos prestigiosos que, con el consiguiente desaliento del propio Kurtz, con más y más frecuencia suministraban el cada día más reducido personal que formaba la aristocracia del servicio al que pertenecía. Kurtz no armonizaba con los aparatos empleados por aquella gente, con sus polígrafos y sus ordenadores, ni tampoco con la creciente fe que aquellos hombres tenían en el juego del poder al estilo norteamericano, ni en la psicología aplicada, ni en la administración de crisis. Kurtz amaba la diáspora, y de ella había hecho su especialidad, precisamente en unos tiempos en que la mayoría de los israelitas se esforzaban celosamente y con excesiva conciencia en reforzar su identidad en cuanto a orientales. Sin embargo, Kurtz se crecía con los obstáculos, y el rechazo era lo que había hecho de él lo que era. Era capaz de luchar, en caso necesario, en todos los frentes al mismo tiempo, y lo que no le daban voluntariamente lo tomaba subrepticiamente. Por amor a Israel. Por la paz. Por la moderación. Y por su maldito derecho a impresionar y a sobrevivir.
Probablemente, ni el propio Kurtz hubiera podido decir en qué etapa de su búsqueda había encontrado su plan. Esos planes surgían en lo más hondo de la personalidad de Kurtz, como un rebelde impulso en espera de una causa, luego crecían en su interior casi sin que él se diera cuenta. ¿Estaba soñando, cuando se confirmó la marca de fábrica del autor del atentado con la bomba? ¿O se le ocurrió mientras comía pasta, en el restaurante en lo alto de la colina, contemplando la vista de Godesberg, y mientras comenzaba a darse cuenta de cuán excelente colaborador podía tener en Alexis? No, fue antes de esto. Mucho antes. Seguramente ocurrió, decía Kurtz a quien quisiera escucharle, después de una sesión particularmente amenazadora de la comisión rectora de Gavron, en la pasada primavera. Si no atrapamos al enemigo desde dentro de su propio campo, esos payasos del Knesset y del ministerio de Defensa volarán el mundo civilizado entero en sus intentos de atrapar a tal enemigo. Algunos colaboradores de Kurtz juraban que éste concibió el plan hacía todavía más tiempo, y que Gavron había cancelado un proyecto parecido hacía ya doce meses. En fin, lo mismo daba. Lo cierto es que los preparativos operacionales ya estaban muy adelantados antes de que el autor del delito, el culpable, hubiera sido concluyentemente identificado, aun cuando Kurtz ocultaba cuidadosamente dichos preparativos a las investigadoras miradas de Misha Gavron, y alteraba sus papeles para confundirle.
«Encontrad al muchacho -dijo Kurtz a su equipo de Jerusalén, antes de partir en uno de sus enrevesados viajes-. Es un muchacho y su sombra. Encontrad al muchacho que luego encontraréis a su sombra. Esto no es problema.
Kurtz les dijo lo anterior con tanta insistencia que sus colaboradores llegaron a jurar que le odiaban. Kurtz era capaz de ejercer presión con la misma ferocidad que él sabía resistirla. Kurtz llamaba por teléfono, desde rarísimos lugares, a cualquier hora del día o de la noche, con la sola finalidad de hacer sentir su presencia en todo momento: «¿No habéis encontrado todavía a ese muchacho? ¿Por qué no encontráis al muchacho?» Pero Kurtz formulaba estas preguntas disimuladamente a fin de que Gavron, incluso en el caso de que se enterase de ellas, no comprendiera su significado, ya que Kurtz aplazaba su asalto a Gavron hasta que llegara el momento más favorable de efectuarlo. Kurtz renunció a las vacaciones, dejó de celebrar el sábado, y prefería gastar su propio y escaso dinero antes que presentar prematuramente sus cuentas de gastos a los pagadores oficiales. Arrancaba de sus académicas sinecuras a antiguos reservistas y les ordenaba que volvieran al servicio, sin cobrar, que ocuparan de nuevo sus viejos despachos para acelerar la búsqueda. Encontrad al muchacho. El muchacho nos indicará el camino. Un día, como sacado de la nada, Kurtz puso en circulación un nombre en clave para designar al «muchacho». Este nombre era Yanuka, palabra aramea con la que se hace amable referencia a un niño. «Dadme a Yanuka y os entregaré a esos buitres y a toda su organización, servidos en bandeja.»
«Pero no digáis ni media palabra a Gavron. Esperad.»