Después de Leon, el segundo ayudante de Schwili era cierta señorita Bach, mujer de negocios, con suaves modales, procedente de Indiana. Impresionado por su inteligencia, así como por su poco judío aspecto, Kurtz la reclutó, la preparó enseñándole diversas especialidades, y luego la mandó a Damasco, en calidad de instructora de programas de ordenadores. Después y durante varios años, la serena señorita Bach informó a sus jefes israelitas, acerca del alcance y la disposición de los sistemas de radar de Siria. Llamada por fin a Israel, la señorita Bach había hablado con ilusión de la posibilidad de llevar una vida errante de los colonos de la orilla occidental, cuando la llamada de Kurtz le evitó tal incomodidad.
Al incongruente trío formado por Schwili, Leon y la señorita Bach, Kurtz lo llamaba su Comité Literario, y dio a los tres categoría especial dentro de su ejército privado, en tan rápido aumento.
En Munich, las tareas de Kurtz eran de naturaleza administrativa, aunque las llevaba a cabo con suma delicadeza, gracias a haber conseguido adaptar su carácter impositivo a las más modestas pautas de comportamiento. Seis miembros de su recién formado equipo habían sido destinados a dicha ciudad, y estos miembros ocupaban dos lugares separados, en dos zonas distintas de la ciudad. El primer equipo estaba formado por dos hombres dedicados a misiones en el exterior. El equipo hubiera debido estar formado por cinco hombres, pero Misha Gavron seguía plenamente decidido a que Kurtz siguiera con las riendas cortas. Estos hombres no recogieron a Kurtz en el aeropuerto, sino en un oscuro café de Schwabing, y, sirviéndose de una desvencijada camioneta, en la que le ocultaron -la camioneta representaba también una economía-, lo trasladaron a la ciudad olímpica, concretamente a uno de los tenebrosos aparcamientos subterráneos, lugar frecuentado por atracadores y por gente de ambos sexos dedicada a la prostitución. La ciudad olímpica no es una ciudad, desde luego, sino una aislada ciudadela en desintegración, de cemento gris, que es lo que en Baviera más se parece a un asentamiento israelita. Desde uno de los amplísimos aparcamientos subterráneos le llevaron, subiendo una sucia escalera con pintadas en todos los idiomas, y cruzando después pequeños jardines de azotea, a un dúplex que habían alquilado, parcialmente amueblado, por una breve temporada. En el exterior, los dos hombres hablaron en inglés y dieron a Kurtz el tratamiento de «sir», pero dentro del dúplex llamaron Marty a su jefe, y le hablaron respetuosamente en hebreo.
El dúplex se encontraba en lo alto de un edificio que hacía esquina, y estaba repleto de focos de fotógrafo y formidables cámaras fotográficas sobre trípodes, sin que faltaran pantallas de proyección y mesas de trabajo fotográfico. En el fondo del apartamento, en la parte sur, había un dormitorio de cuatro metros por tres y medio, con una claraboya en el techo, que tal como explicaron cuidadosamente a Kurtz, habían cubierto primero con una manta, luego con un cartón, y después con un material impermeable sujeto con cinta adhesiva. Las paredes, el suelo y el techo estaban también acolchados de parecida manera, de modo que el lugar parecía, en parte, un moderno confesionario, y, en parte, la celda de un loco. Precavidamente, habían reforzado la puerta con pintadas planchas de acero, en las que habían practicado un orificio, cubierto con vidrio irrompible, a la altura de la cabeza, sobre el cual, y en la parte exterior, habían colocado un letrero de cartón que decía, «Laboratorio, no entren», y, debajo, «Dunkelkammer Kein Eintritt!». Kurtz ordenó a uno de los hombres que entrara en aquella habitación, que cerrara la puerta y que gritara con todas sus fuerzas. Kurtz solamente oyó un sonido ronco y rasposo, lo que mereció su satisfecha aprobación.