Después, la puerta gimió, chirrió y se cerró de un portazo. Sólo entonces Andrei sacó maquinalmente el tabaco y encendió un cigarrillo, imaginando cómo aquellas piernas blancas subían por las escaleras, pisando un peldaño tras otro… Las pantorrillas esbeltas, los hoyuelos bajo las rodillas, era como para volverse loco… Cómo seguían subiendo, cada vez más alto, un piso, otro, y se detenían ante la puerta del número dieciocho, exactamente frente al número dieciséis…
«Demonios, al menos tendría que cambiar la ropa de cama, la última vez fue hace tres semanas, la funda de la almohada estaba gris como unos peales. ¿Cómo era el rostro de la chica? Qué cosa, no puedo recordar su rostro, sólo recuerdo sus piernas.»
De repente, se dio cuenta de que todos estaban callados, hasta Van, que era casado. En ese momento, Kensi comenzó a hablar.
— Tengo un tío segundo, el coronel Maki. Era ayudante del señor Osima y estuvo dos años en Berlín. Después, lo nombraron agregado militar en Checoslovaquia, y fue testigo presencial de la entrada de los alemanes en Praga… — Van hizo una señal a Andrei con la cabeza. Levantaron el bidón de una vez y lo metieron sin problemas en el camión —. Después pasó un tiempo combatiendo en China — prosiguió Kensi sin prisa, mientras encendía un cigarrillo —. Creo que fue en el sur, en la zona de Cantón. Más tarde comandó una división que desembarcó en las Filipinas y organizó la marcha de cinco mil prisioneros de guerra norteamericanos, la famosa «marcha de la muerte»… perdóneme. Donald. Con posterioridad lo destinaron a Manchuria, y lo nombraron jefe de la región fortificada de Sajalian donde, por cierto, para mantener el secreto militar de las obras, tiró por el pozo de una mina a ocho mil obreros chinos y los hizo volar con dinamita… perdóname. Van… Más tarde cayó prisionero de los rusos, y ellos, en lugar de colgarlo o de entregárselo a los chinos, que era lo mismo, simplemente lo metieron diez años en un campo de concentración…
Mientras Kensi contaba todo aquello, Andrei trepó a la plataforma del camión, ayudó a Donald a colocar correctamente los bidones, aseguró las barandillas laterales, saltó de nuevo a tierra y le ofreció un cigarrillo a su compañero. Volvieron a estar los tres en torno a Kensi, escuchándolo. Donald Cooper, alto, encorvado, de rostro alargado, con arrugas junto a la boca y mentón puntiagudo cubierto por una barbita rala y canosa, vestido con un mono de trabajo desteñido. Y Van, de hombros anchos, robusto, casi sin cuello, con una chaqueta enguatada muy vieja y cuidadosamente remendada, el rostro ancho y cetrino, la nariz respingona, una sonrisa bondadosa y ojos oscuros, perdidos entre los párpados hinchados. De repente, Andrei sintió una aguda alegría al pensar que toda aquella gente de diferentes países, e incluso de épocas diferentes, se había reunido allí para llevar a cabo algo muy necesario, cada uno en su puesto.
— Ahora ya es un anciano — concluía Kensi —. Y asegura que las mejores hembras que conoció en su vida fueron las rusas. Las emigrantes de Harbin. — Calló, dejó caer la colilla y la aplastó minuciosamente con la suela de su brillante zapato.
— Pero ella no es rusa — dijo Andrei —. Selma, y además Nagel.
— Es sueca — aclaró Kensi —. Pero da lo mismo, es que me ha hecho recordar aquello.
— Bien, vamos — dijo Donald mientras subía a la cabina del camión.
— Oye, Kensi — dijo Andrei, al tiempo que se agarraba de la portezuela —. ¿Y qué eras tú antes?
— Controlador en una acería, y antes, ministro de obras públicas…
— No digo aquí, sino allá…
— ¿Allá, eh? Asesor literario de la editorial Hayakawa.
Donald puso en marcha el motor y el vetusto camión se estremeció y comenzó a rechinar mientras soltaba espesas nubes de humo azul.
— ¡La luz de posición de la izquierda no funciona! — gritó Kensi.
— Nunca ha funcionado — replicó Andrei.
— ¡Pues arregladla! Si vuelvo a ver eso, os pongo una multa.
— Vaya ganas de fastidiar…
— ¿Qué? ¡No oigo!
— Digo que te dediques a perseguir a los bandidos, no a los choferes — gritó Andrei, tratando de sobreponerse a las sacudidas y el traqueteo —. ¡Qué capricho con nuestra luz de posición! ¡Habría que dejaros a todos en el paro, gorrones!
— ¡Falta poco! — gritó Kensi —. ¡Ya falta poco, menos de cien años!
Andrei lo amenazó con el puño, se despidió de Van con un gesto y se dejó caer en el asiento junto a Donald. El camión echó a andar con un sobresalto, la barandilla raspó la pared del arco de la entrada, salieron a la calle Mayor y giraron a la derecha.