Junior subió los escalones de la comisaría, pero en lugar de entrar, se sentó ahí mismo y se frotó las sienes como si tuviera dolor de cabeza. Rusty decidió esperar. No quería que lo vieran comprobando las reservas energéticas del pueblo, y menos el hijo del segundo concejal.
Poco después Junior se sacó el teléfono móvil del bolsillo, lo abrió, escuchó, dijo algo, escuchó un poco más, dijo unas palabras y lo cerró de nuevo. Volvió a frotarse las sienes. El doctor Haskell había comentado algo sobre ese muchacho. ¿Migrañas y jaquecas, había dicho? Sin duda parecía que tenía migraña. No solo porque se frotaba las sienes, sino por cómo agachaba la cabeza.
Rusty se disponía a levantarse con la intención de enfilar Commonwealth Lane y dirigirse a la parte de atrás del ayuntamiento -estaba claro que Junior no se encontraba en actitud muy observadora-, cuando vio a otra persona y decidió sentarse de nuevo. Dale Barbara, el pinche que al parecer había sido ascendido al rango de coronel (por el propio presidente, según afirmaban algunos), estaba bajo la marquesina del Globe, más oculto en las sombras que el propio Rusty. Y Barbara también parecía estar observando a Junior Rennie.
Interesante.
A juzgar por su actitud, Barbara había llegado a la misma conclusión que Rusty: Junior no estaba observando sino esperando. Seguramente a alguien que debía ir a recogerlo. Barbara cruzó la calle y, cuando quedó fuera del ángulo de visión de Junior gracias al ayuntamiento, se detuvo para echar un vistazo al tablón de anuncios que había en el exterior. Luego entró.
Rusty decidió permanecer sentado un rato más. Se estaba bien bajo el árbol, y sentía curiosidad por saber a quién estaba esperando Junior. La gente aún estaba regresando del Dipper's (algunos se habrían quedado mucho más si hubiera corrido el alcohol). La mayoría, como el muchacho que estaba sentado en la escalera, caminaban con la cabeza gacha. Pero no por dolor, conjeturó Rusty, sino a causa del desánimo. O quizá eran lo mismo. Era una cuestión sobre la que debía reflexionar.
Entonces llegó un vehículo negro, de líneas rectas y derrochador de gasolina, que Rusty conocía de sobra: el Hummer de Big Jim Rennie. Tocó el claxon con impaciencia para que las tres personas que caminaban por la calle se hicieran a un lado, las apartó como si fueran ovejas.
El Hummer se detuvo frente a la comisaría. Junior alzó la mirada pero no se levantó. Se abrieron las puertas del vehículo. Andy Sanders bajó del asiento del conductor, y Rennie del lado del acompañante. ¿Big Jim permitiendo que Sanders condujera su amada perla negra? Sentado en el banco, Rusty enarcó las cejas. Nunca había visto a nadie, aparte de a Big Jim, al volante de aquel monstruo.
Al igual que a la mayoría de los médicos veteranos, a Rusty se le daba bastante bien hacer diagnósticos a cierta distancia. Obviamente nunca habría recetado un tratamiento basándose tan solo en eso, pero simplemente por el modo de andar era capaz de decirte a quién le habían implantado una prótesis de cadera seis meses antes y quién sufría hemorroides; podía identificar un caso de tortícolis por el modo en que una mujer giraba todo el cuerpo en lugar de volver solo la cabeza para mirar hacia atrás; podía identificar a un niño que había cogido piojos en un campamento de verano por cómo se rascaba la cabeza. Big Jim apoyaba el brazo en su gran barriga mientras subía los escalones; era el típico lenguaje corporal de un hombre que había sufrido hacía poco un tirón en el hombro, en la parte superior del brazo, o en ambas. De modo que no resultaba tan sorprendente que hubiera delegado en Sanders la tarea de conducir la bestia.