– Mills Street tiene cuatro manzanas, colega -dijo Benny-. ¿Qué probabilidades hay?

Joe se sintió aliviado, aunque no se le ocurría ningún motivo por el que la visita de la señora Perkins a su madre pudiera ser algo malo. Solo que su madre estaba bastante preocupada porque su padre se encontraba fuera del pueblo, y a Joe no le apetecía verla más alterada de lo que ya estaba. Casi le había prohibido hacer esa expedición. Gracias a Dios que la señorita Shumway le había quitado aquella idea de la cabeza, sobre todo diciéndole que Dale Barbara había pensado específicamente en Joe para ese trabajo (en el cual Joe -igual que Benny y Norrie- prefería pensar como en «la misión»).

– Señora McClatchey -había dicho Julia-, Barbie cree que seguramente nadie puede hacer uso de ese artefacto mejor que su hijo. Podría ser muy importante.

Eso había hecho que Joe se sintiera bien, pero al mirar a su madre a la cara (preocupada, alicaída) de pronto se había sentido mal Ni siquiera habían pasado tres días desde que la Cúpula los había encerrado, pero ya había perdido peso. Y eso de que no soltara nunca la fotografía de su padre… eso también hacía que se sintiera mal. Era como si pensara que estaba muerto, en lugar de atrapado en un motel en alguna parte, seguramente bebiendo cerveza y viendo la HBO.

Su madre, sin embargo, había estado de acuerdo con la señorita Shumway.

– Es un chico muy listo y se le dan bien las máquinas, desde luego. Siempre se le han dado bien. -Lo había recorrido con la mirada de la cabeza a los pies y luego había suspirado-. ¿Cuándo te has hecho tan alto, hijo?

– No sé -había respondido él con total sinceridad.

– Si te dejo hacer esto, ¿tendrás cuidado?

– Y llévate a tus amigos contigo -dijo Julia.

– ¿A Benny y a Norrie? Claro.

– Otra cosa -había añadido Julia-, sed un poco discretos. ¿Sabes lo que significa eso, Joe?

– Sí, señora, claro que sí.

Significaba que no te pillaran.

<p>3</p>

Brenda desapareció tras la pantalla de árboles que bordeaban Mills Street.

– Vale -dijo Benny-. Vamos. -Aplastó con cuidado el cigarrillo en el cenicero improvisado y después sacó la bolsa de la compra de la cesta de la bici.

Dentro de la bolsa llevaban el anticuado contador Geiger de color amarillo que había pasado de Barbie a Rusty, a Julia… y finalmente a Joe y su pandilla.

Joe cogió el tapón de la botella de zumo y apagó también su cigarrillo; pensó que le gustaría probarlo otra vez cuando tuviera tiempo para concentrarse en la experiencia. Por otra parte, quizá fuera mejor no hacerlo. Ya era adicto a los ordenadores, las novelas gráficas de Brian K. Vaughan y el skate. A lo mejor con eso ya tenía bastantes monos de los que ocuparse.

– Va a venir gente -les dijo a Benny y a Norrie-, puede que un montón de gente, en cuanto se cansen de jugar en el supermercado. Lo único que podemos hacer es esperar que no se fijen en nosotros.

Por dentro, oyó a la señorita Shumway diciéndole a su madre lo importante que podría ser aquello para el pueblo. A él no tuvo que decírselo; seguramente Joe lo comprendía mejor que ellos mismos.

– Pero si se acerca algún poli… -dijo Norrie.

Joe asintió.

– Lo metemos otra vez en la bolsa. Y sacamos el Frisbee.

– ¿De verdad creéis que hay una especie de generador alienígena enterrado bajo la plaza del pueblo? -preguntó Benny.

– Yo he dicho que podría haberlo -respondió Joe, más brusco de lo que había sido su intención-. Todo es posible.

En realidad, Joe creía que era más que posible; lo creía probable. Si la Cúpula no tenía un origen sobrenatural, entonces era un campo de fuerza. Un campo de fuerza tenía que ser generado. A él le parecía una situación que solo requería confirmación, pero no quería que sus amigos se hicieran muchas ilusiones. Ni él mismo, para el caso.

– Empecemos a buscar -dijo Norrie. Salió colándose por debajo de la cinta amarilla de precinto policial-. Solo espero que los dos hayáis rezado lo suficiente.

Joe no creía en rezar por cosas que podía hacer él mismo, pero había elevado una breve oración por un tema algo diferente: que, si encontraban el generador, Norrie Calvert le diera otro beso. Uno chulo y largo.

<p>4</p>

Esa misma mañana, algo más temprano, durante su reunión preexploración en el salón de los McClatchey, Joe «el Espantapájaros» se había quitado la zapatilla derecha y luego el calcetín blanco de deporte que llevaba debajo.

– Truco o trato, huéleme el zapato, dame algo rico que comer dentro de un rato -entonó Benny con alegría.

– Calla, imbécil -repuso Joe.

– No llames imbécil a tu amigo -dijo Claire McClatchey, pero le dirigió a Benny una mirada de reproche.

Norrie, por su parte, no añadió ninguna réplica y se limitó a mirar con interés a Joe, que estaba colocando el calcetín sobre la alfombra del salón y lo alisaba con la palma de la mano.

– Esto es Chester's Mills -dijo Joe-. La misma forma, ¿verdad?

– Ahí le has dado -convino Benny-. Nuestro destino es vivir en un pueblo que se parece a uno de los calcetines de deporte de Joe McClatchey.

– O al zapato de la anciana del cuento -añadió Norrie.

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