– No tengo la menor idea de qué me estás hablando. Creo que tu dolor… -Suspiró, extendió sus manos de dedos rechonchos-. Pasa. Hablaremos de esto y te tranquilizaré.

Brenda sonrió. El hecho de que pudiera sonreír fue algo así como una revelación, y la ayudó a imaginar más aún que Howie la estaba viendo… desde algún lugar. Y también que le decía que tuviera cuidado. Era un consejo que pensaba seguir.

En el jardín delantero de Rennie había dos sillas Adirondack entre las hojas caídas.

– Se está muy bien aquí fuera -dijo ella.

– Prefiero hablar de negocios dentro.

– ¿Preferirías ver tu fotografía en la portada del Democrat? Porque puedo encargarme de eso.

Big Jim se estremeció como si le hubiera asestado un golpe y, por un breve instante, Brenda vio odio en esos ojos pequeños, hundidos, de cerdo.

– A Duke nunca le gusté, y supongo que es natural que sus sentimientos se hayan transmitido a su…

– ¡Se llamaba Howie!

Big Jim alzó las manos de golpe, como dando a entender que no había forma de razonar con algunas mujeres, y la llevó hacia las sillas que miraban hacia Mill Street.

Brenda Perkins estuvo hablando casi media hora; a medida que hablaba se sentía más fría y más enfadada. El laboratorio de metanfetamina, con Andy Sanders y (casi con seguridad) Lester Coggins como socios silenciosos. La escalofriante magnitud de todo aquel negocio. Su posible emplazamiento. Los intermediarios a los que se les había prometido inmunidad a cambio de información. El camino que seguía el dinero. Cómo la operación se había hecho tan grande que el farmacéutico local ya no podía seguir suministrando con seguridad los componentes necesarios y requerían de importaciones exteriores.

– La mercancía llegaba a la ciudad en camiones de la Sociedad Bíblica Gideon -dijo Brenda-. El comentario de Howie al respecto fue: «Se han pasado de listos».

Big Jim estaba sentado, mirando hacia la silenciosa calle residencial. Brenda sentía la rabia y el odio que irradiaba. Era como el calor que desprende una fuente de horno.

– No puedes demostrar nada de eso -dijo al cabo.

– Eso no importará si los documentos de Howie aparecen en el Democrat. No es el procedimiento reglamentario, pero tú mejor que nadie entenderás que nos saltemos un pequeño detalle como ese.

Big Jim sacudió una mano.

– Bah, seguro que tenías algún documento -dijo-, pero mi nombre no aparece en ninguno.

– Aparece en los papeles de las Empresas Municipales -repuso ella, y Big Jim se balanceó en su silla como si Brenda le hubiera dado un puñetazo en la sien-. Empresas Municipales, constituidas en Carson City. Y desde Nevada, el camino que sigue el dinero lleva a Chongqing City, la capital farmacéutica de la República Popular China. -Sonrió-. Te creías muy listo, ¿verdad? Mucho.

– ¿Dónde están esos documentos?

– Le he dejado una copia a Julia esta mañana. -Meter a Andrea en eso era lo último que quería. Y, si él pensaba que estaban en manos de la directora del periódico, conseguiría hacerlo caer mucho más deprisa. A lo mejor creía que Andy Sanders o él podrían coaccionar a Andrea.

– ¿Hay más copias?

– ¿Tú qué crees?

Big Jim lo pensó un momento y luego dijo: -Siempre lo he mantenido fuera del pueblo. Ella no replicó.

– Ha sido por el bien del pueblo.

– Has hecho mucho bien a esta localidad, Jim. Tenemos el mismo alcantarillado que teníamos en 1960, el estanque de Chester está asqueroso, el distrito empresarial moribundo… -Se había erguido en su asiento y aferraba los brazos de la silla-. Eres un gusano de mierda con pretensiones de superioridad moral.

– ¿Qué quieres? -Miraba al frente, a la calle vacía. En la sien le latía una vena enorme.

– Que anuncies tu dimisión. Barbie ocupará el cargo, tal como el presidente ha…

– Jamás dimitiré en favor de ese puñetero. -Se volvió para mirarla. Big Jim sonreía. Era una sonrisa atroz-. No le has dado nada a Julia, porque Julia se había ido al súper a presenciar la batalla de la comida. Puede que tengas los documentos de Duke a buen recaudo en algún sitio, pero no le has dejado ninguna copia a nadie. Lo has intentado con Rommie, luego con Julia, y luego has venido aquí. Te he visto subir por la cuesta del Ayuntamiento.

– Sí que se los he dado -contestó ella-. Los llevaba conmigo. -¿Y si le decía dónde los había dejado? Mala suerte para Andrea. Se dispuso a levantarse-. Has tenido tu oportunidad. Ahora me marcho.

– Tu otro error ha sido pensar que estarías a salvo aquí fuera, en la calle. En una calle vacía. -Su voz casi era amable y, cuando le tocó el brazo, ella se volvió para mirarlo. La agarró de la cara. Y se la retorció.

Brenda Perkins oyó un crujido penetrante, como cuando una rama cargada de hielo se rompe a causa del peso, y siguió ese sonido hacia una gran oscuridad, intentando gritar el nombre de su marido mientras avanzaba.

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