La primera noche de la Cúpula, Joe la pasó toda entera en internet. Los McClatchey no tenían generador, pero el portátil de Joe estaba cargado y listo para la acción. Además, disponía de media docena de baterías de repuesto. Había animado a los otros siete u ocho niños de su club informático informal a que también tuvieran recambios a mano, y sabía dónde había más si las necesitaba. Tal vez no hicieran falta; la escuela tenía un generador cojonudo y creía que podría recargar allí sin problema. Aunque acabaran cerrando la Secundaria de Mills, el señor Allnut, el conserje, seguro que le echaría un cable; el señor Allnut también era un fan de rubiasconbraguitasblancas.com. Por no hablar de las descargas de música country que Joe «el Espantapájaros» le conseguía gratis.

Esa primera noche, Joe estuvo a punto de fundir su conexión wifi yendo de blog en blog con la acrobática agilidad de un sapo saltando sobre rocas calientes. Cada blog era más funesto que el anterior. Los hechos escaseaban; proliferaban las teorías conspirativas. Joe estaba de acuerdo con sus padres, que llamaban «los pirados del casco de papel de aluminio» a los seguidores de las teorías de la conspiración más estrafalarias que vivían en (y para) internet, pero él también creía en la idea de que si estás viendo un montón de estiércol tiene que haber un poni cerca.

Cuando el día de la Cúpula se convirtió en el día Dos, todos los blogs insinuaban lo mismo: el poni en este caso no eran terroristas, ni invasores del espacio ni el Gran Cthulhu, sino el viejo complejo militar-industrial de toda la vida. Los detalles variaban de una página a otra, pero había tres teorías básicas que estaban en todas. Una era que la Cúpula era una especie de experimento cruel que utilizaba a los habitantes de Chester's Mills como conejillos de Indias. Otra decía que era un experimento que había salido mal y estaba fuera de control («Exactamente igual que en la película La niebla», escribía un blogger). Una tercera teoría decía que no era ni mucho menos un experimento, sino un pretexto creado con frialdad para justificar una guerra con los enemigos declarados de Estados Unidos. «!Y GANAREMOS!», escribía yaDeciaYo87. «Porque con esta nueva arma QUIÉN SE NOS VA A RESISTIR? Amigos, NOS HEMOS CONVERTIDO EN LOS NEW ENGLAND PATRIOTS DE LAS NACIONES!!!!»

Joe no sabía cuál de esas teorías era la verdadera, si es que alguna lo era. En realidad no le importaba. Lo que le importaba era su común denominador: el gobierno.

Había llegado la hora de montar una manifestación, y la encabezaría él, faltaría más. Dentro de la ciudad no, sino en la carretera 119, donde más daño podían hacerle directamente al opresor. Al principio tal vez solo serían los chicos de Joe, pero la cosa crecería. No le cabía ninguna duda. El opresor seguramente seguiría manteniendo a distancia a la prensa acreditada, pero, aun a sus trece años de edad, Joe era lo bastante listo para saber que eso no tenía importancia. Porque había personas dentro de esos uniformes, y cerebros pensantes detrás de esos rostros inexpresivos, por lo menos de algunos. La presencia militar en bloque podía dar forma al opresor, pero habría individuos escondidos dentro de ese bloque, y algunos de ellos serían bloggers secretos. Ellos harían correr la voz, y algunos seguramente acompañarían sus informes con fotografías hechas con la cámara del móvil: Joe McClatchey y sus amigos sosteniendo carteles que dirían BASTA DE SECRETISMO, PARAD EL EXPERIMENTO, LIBERTAD PARA CHESTER'S MILL, etcétera, etcétera.

– También tengo que repartir carteles por el pueblo -murmuró.

Pero eso no sería ningún problema. Todos sus chicos tenían impresora. Y bicis.

Joe «el Espantapájaros» empezó a enviar correos electrónicos con las primeras luces del alba. Pronto haría la ronda con su bicicleta y reclutaría a Benny Drake para que lo ayudara. A lo mejor también a Norrie Calvert. Los miembros de la pandilla de Joe solían levantarse tarde el fin de semana, pero Joe pensó que en el pueblo todo el mundo se levantaría temprano esa mañana. Estaba claro que el opresor no tardaría en cortar internet, como había hecho con los teléfonos, pero de momento era el arma de Joe, el arma de la gente.

Había llegado la hora de rebelarse contra los que mandaban.

<p>2</p>

– Amigos, levantad las manos -dijo Peter Randolph.

De pie ante sus nuevos reclutas, estaba cansado y tenía ojeras, pero al mismo tiempo sentía una especie de felicidad macabra. El coche patrulla verde del jefe estaba en el aparcamiento del parque automovilístico, con el depósito lleno y listo para la acción. Ahora era suyo.

Перейти на страницу:

Поиск

Книга жанров

Похожие книги