– Solo al centro de salud, pero esta noche no. Mañana por la mañana. Mañana la curaré con el medicamento adecuado.
– ¡INYECCIONES NO! -gritó Jannie, y lloró aún más fuerte.
A Rusty le encantó ese sonido. Era un sonido sano. Fuerte.
– Inyecciones no, cariño. Pastillas.
– ¿Estás seguro? -preguntó Linda.
Rusty miró a su perra, que estaba apaciblemente tumbada con el morro sobre una pata, ajena a todo aquel drama.
– Audrey está segura -dijo-. Pero será mejor que esta noche duerma aquí con las niñas.
– ¡Bien! -exclamó Judy. Se arrodilló y abrazó a Audi con desmesura.
Rusty rodeó a su mujer con un brazo. Ella apoyó la cabeza sobre su hombro, como si estuviera demasiado cansada para sostenerla más tiempo en alto.
– ¿Por qué ahora? -preguntó-. ¿Por qué ahora?
– No lo sé. Tú da gracias por que no haya sido más que un
En ese sentido, sus oraciones habían sido escuchadas.
LOCURA, CEGUERA, TURBACIÓN DE ESPÍRITU
1
Joe «el Espantapájaros» no se levantó temprano; estuvo levantado hasta tarde. Toda la noche, en realidad.
Estamos hablando de Joseph McClatchey, de trece años de edad, también conocido como el Rey de los Empollones y Skeletor, residente en el 19 de Mills Street. Con su uno noventa de altura y sus sesenta y ocho kilos de peso, era, efectivamente, esquelético. Además, era un auténtico cerebrín. Joe seguía en octavo solo porque sus padres estaban rotundamente en contra de la práctica de «saltarse cursos».
A Joe no le importaba. Sus amigos (para ser un genio enclenque de trece años, tenía una cantidad sorprendente de amigos) estaban allí. Además, los deberes estaban tirados y había un montón de ordenadores con los que pasar el rato; en Maine, todos los alumnos de secundaria tenían uno. Algunas de las mejores páginas web estaban bloqueadas, por supuesto, pero Joe no había tardado mucho en conseguir librarse de esas insignificantes molestias. Estaba encantado de compartir la información con sus colegas, dos de los cuales eran esos intrépidos destrozatablas de Norrie Calvert y Benny Drake. (Benny disfrutaba sobre todo recorriendo la página de Rubias con Braguitas Blancas durante su sesión diaria de biblioteca.) Esos actos de generosidad explicaban sin duda parte de la popularidad de Joe, pero no toda; los chavales creían que molaba. La pegatina que llevaba en la mochila seguramente era lo que más se acercaba a explicar el porqué. Decía REVÉLATE CONTRA LOS QUE MANDAN.
Joe era un alumno de todo sobresalientes, un pívot digno de confianza y a veces brillante del equipo de baloncesto del instituto (¡un jugador de séptimo!) y un futbolista de miedo. Sabía hacerles cosquillas a las teclas del piano y dos años antes había ganado el segundo premio del Concurso Municipal de Talentos Navideños anual con una hilarante y despreocupada coreografía del
«Estaba amañado», había dicho Sam McClatchey, toqueteando con tristeza la medalla del segundo puesto de su hijo. Probablemente era verdad; el ganador de ese año había sido Dougie Twitchell, que casualmente era el hermano de la tercera concejala. Twitch había hecho malabarismos con una docena de mazas mientras cantaba «Moon River».
A Joe no le importaba si lo habían amañado o no. Había perdido el interés en el baile igual que perdía el interés en la mayoría de las cosas en cuanto las dominaba hasta cierto punto. Incluso su amor por el baloncesto, que como alumno de quinto había supuesto que sería eterno, empezaba a desvanecerse.
Solo su pasión por internet, esa galaxia electrónica de posibilidades infinitas, parecía no pesarle.
Su mayor ambición, que ni siquiera sus padres conocían, era llegar a ser presidente de Estados Unidos.