Confieso que no llegué a interesarme por lo que estaba viendo y oyendo: una situación social, eso que los ingleses llaman una ocasión, en que se repetía un triángulo asaz sabido, descrito y relatado, si bien con disfraces nuevos los personajes: Celestina, muy empingorotada en la sociedad isleña, aunque su clase, por el momento, estuviese en declive; pero las vajillas, los espejos, la plata y aquellas lámparas rutilantes hablaban de un pasado espléndido del que sobrevivían la cortesía y la tolerancia. Calixto, cuarentón y embelesado, se conducía como si fuese Inés la primera mujer de su vida, dubitante y torpón como lo están en este caso todos los avezados. La señorita Inés de Braganca, en quien el coqueteo era la naturaleza misma y el amor el único destino, la ocupación única, se movía como el pez en el agua, aquello era lo suyo. Y como los trámites no ofrecían grandes variaciones de lo conocido, pensé que me había equivocado de noche, y que para tan poca ganancia no valía la pena haberse embarcado en un proceso tan barroco como aquél, un tercero interpuesto para alcanzar el conocimiento de una realidad remota: y me extraña que tú, Ariadna, tan perspicaz, no lo hayas advertido y no me lo hayas echado en cara: pues no hubiera tenido más remedio que admitirlo, aunque, ¿quién sabe si los métodos de investigar el pasado que se están fraguando, esos de los que ya te hablé, sean lo mismo de complicados y retorcidos? Uno nunca sabe lo que el devanar del tiempo aportará al abrirse. De modo que la cena transcurrió sin novedades, salvo que al final, puestos de pie y sin hablar, sólo mirándose, los tres se echaron a reír, que yo no sé si sería el modo que tuvieron de decirse: «¡Estamos todos de acuerdo!», o cosa así; y lo que siguió tampoco trajo sorpresas, sino lo usual, y al acabar la velada, sir Ronald se ofreció a llevar a casa a la señorita, quien por cierto había cantado con buena voz unas canciones muy tristes de su tierra, y ella lo aceptó, de modo que, al marchar, salieron de lo acotado por el espejo, se hurtaron a su registro, y Agnesse se fue a la cama después de decidir que a la noche siguiente volvería a buscar los restos o testimonios, aunque fueran fragmentarios, de las etapas de aquel amor que parecía ya haberse iniciado, salvo que hubiera consistido no más que en putañeo favorecido por la viuda y sin otra intención que sacar a Inés del apuro en que se hallaba: como quien dice, que pudiera seguir viviendo, aunque a costa de la literatura inglesa. La personalidad de Inés no llegó a interesarme, no sé por qué, mira, uno tiene sus limitaciones, y, en materia de mujeres, más. A lo mejor me equivoqué, pero te advierto, en cambio, que, como profesional de la historia literaria, considero un triunfo personal este descubrimiento de que Agnes-Agnesse son efectivamente dos, y no una sola, como habíamos creído, como se viene diciendo desde hace más de un siglo; pero esto no me obliga a investigar en la biografía de Inés hasta el punto de llegar a conclusiones indiscutibles acerca del episodio de su desaparición, si fue en los brazos del general leproso, o facturada como un fardo para su tierra por la ira puritana de Aldobrandini: ¡allá los especialistas! Por Agnesse, en cambio, siento una atracción mayor, ahora que estoy convencido de que es una impostora (por cierto, espero un día de éstos recibir la última edición de su correspondencia, con nuevos hallazgos que según dice el anuncio arrojan nueva luz sobre sus relaciones con sir Ronald: ya te hablaré de ellas). De modo que la dejé que se acostara, y te aseguro que lo hice limpiamente, sin curiosear desnudeces, y salí a la terraza, aunque con voluntad de hacerlo un tiempo antes, justamente la noche a cuyos prolegómenos acababa de asistir, y cuyo final, la soledad de sir Ronald, se me había ocurrido, en aquel mismo momento, presenciar. Sir Ronald estaba allí, efectivamente, solo, y algo volaba cerca.