Te aseguro que las Sisters Cochambrosas, navegantes en trío del cielo de la Isla, consideradas como espectáculo, valen la pena, y todo cuanto se haya dicho de águilas y cóndores, y hasta de las modestas garzas reales, sumado, les viene corto, porque se auna en ellas la majestad y la eficacia, la seguridad y la elegancia. Reconozco que, de cerca, pierden todo atractivo, porque son horrorosas; porque al ceder velocidad, las faldas caen y pingan; pero, en el aire y rápidas, ¡hay que ver a qué giros se entregan, en qué ascensiones y descensos se deleitan, qué peligrosamente rozan las torres, las chimeneas, los muros de las terrazas! Fondeaban en el puerto cuarenta barcos, acaso más, las velas recogidas, los mástiles meciéndose con la resaca: pues las Tres Gracias circularon entre las vergas, las jarcias y los cables como tres gaviotas, y espiaron con prosa de chacota e insultos súbitos las licencias eróticas que los marineros rubios se tomaban con las muchachas morenas: sin poder delatarlos, eso sí, porque aún estamos bajo el Antiguo Régimen. Pasaron y repasaron por encima de sir Ronald, una de ellas le chistó, y alguna de las veces la Vieja dijo, o, al menos, lo repitió la Tonta: «¿Qué hará el inglés a estas horas, en una noche como ésta? Porque el claror puede alunarlo y dar con eso trabajo a Marietta». Llegaron a detenerse, a posarse en el múrete como palomas en el alero, y a contemplar, mudas, el silencio del poeta, quien acabó por espantarlas como se espanta a las moscas, fu, fu, si no fue que añadió: «¡Largaros de mi vista, putas!», lo cual no les sonó muy bien a las hermanas, pues si es lo cierto que levantaron el vuelo, lo es también que salieron refunfuñando, tachándolo de hereje, y que a ver quién era él para tratarlas así, que la Vieja se había acostado con los hombres más hermosos de Occidente ab urbe condita, año más, año menos, y que ninguno se había atrevido a semejante cosa. ¡Pues no faltaba más! Vistas en el parapeto, Ariadna, como lechuzas en fila, eran más feas que a través de los vidrios: el rostro de la Vieja oscila entre el caballo tísico y el galgo viejo; el de la Tonta, mezcla la blancura inhumana de la cal a la dureza y rigidez de una concha de tortuga. La Muerta, por su parte, tiene la cara de porcelana, sí, pero como la de una joven que hubiera envejecido sin perder la juventud, o, al menos, su señal, de purititas arrugas; y en el cabello de estopa pululaban arrenrrenes:

Arrenrén, arrenrén,abre las alas y vete a Belén.

¡Pluf! Y se marchaban todos.

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