— ¡Inyecten aire! — ordenó Erg Noor a los que quedaban en la Tantra, separados ya de sus compañeros por un muro impenetrable.
Cuando la presión en el interior de la cámara fue de diez atmósferas, los cabestrantes hidráulicos tiraron de la soldada puerta y la arrancaron de cuajo. La presión del aire lanzó fuera de la cámara a la gente, sin dejar penetrar el menor elemento nocivo del mundo extraño en aquel trocito de la Tierra. La puerta se volvió a cerrar con ímpetu y estruendo.
Un proyector trazó un camino luminoso por el que los exploradores echaron a andar, arrastrando con dificultad sus piernas de muelles y sus pesados cuerpos. Al final del luminoso camino, se alzaba la enorme nave hallada. Aquellos mil quinientos metros les parecieron terriblemente largos, debido a su impaciencia y al duro traqueteo de los torpes saltos sobre un terreno escabroso, lleno de pequeñas piedras y muy recalentado por el negro sol.
A través de la densa atmósfera, saturada de humedad, brillaban débilmente las estrellas, semejantes a blancos lunares desvaídos. En vez del radiante esplendor del Cosmos, el cielo de aquel planeta sólo mostraba los tenues trazos de las constelaciones.
Y aquellos farolillos rojos, de mortecina luz, no podían disipar las tinieblas de la superficie del planeta.
En la profunda oscuridad circundante, la quieta astronave se destacaba con singular relieve. La gruesa capa de borazón y circonio que recubría su casco, estaba desgastada en algunas partes. Seguramente, la astronave había viajado mucho por el Cosmos.
Eon Tal lanzó una exclamación que resonó en todos los radioteléfonos. Señalaba con la mano a una puerta abierta, como una boca negra, y un pequeño ascensor, bajado. En la tierra, junto al ascensor y bajo la nave, crecía algo: unas plantas sin duda. Sus gruesos tallos se elevaban casi a un metro de altura y estaban rematados por unas copas negras de hojas o flores — no se sabía con certeza —, de forma parabólica y bordes dentados, como piñones de una máquina. Aquel negro engranaje inmóvil tenía un aspecto siniestro.
El mudo boquete de la puerta impresionaba aún más. Las plantas intactas y aquella puerta abierta indicaban que los seres humanos no pasaban por allí desde hacía tiempo ni protegían ya su islote terrestre de las asechanzas de aquel mundo extraño.
Erg Noor, Eon y Niza entraron en el ascensor. El jefe movió la palanca de la puesta en marcha. El mecanismo funcionó obediente, con un leve chirrido, y llevó rápido a los tres exploradores a la cámara de paso, que estaba abierta de par en par. Después, subieron también los demás. Erg Noor transmitió a la Tantra la orden de apagar el proyector. Al instante, el pequeño grupo se perdió en el abismo de las tinieblas. El mundo del sol de hierro abatíase sobre ellos, envolvente, como si quisiera tragarse aquel minúsculo foco de vida terrestre incrustado en la superficie del enorme planeta oscuro.
Encendiéronse las lámparas giratorias en lo alto de los cascos. La puerta de la cámara de paso, que conducía al interior de la nave, estaba cerrada, pero no con llave, y cedió fácilmente. Los exploradores entraron en el pasillo central. Se orientaban sin dificultad en los oscuros pasadizos, pues la estructura de la astronave no se diferenciaba apenas de la de la Tantra.
— Esta nave fue construida hace unas decenas de años — dijo Erg Noor, acercándose a Niza.
La muchacha volvió la cabeza. A través del silicol del casco, el rostro en penumbra del jefe parecía enigmático.
— Me ha venido una idea absurda — siguió diciendo Erg Noor —. ¿Y si resulta que es…?
— ¡El Argos! — gritó Niza, olvidándose del micrófono, y vio que todos se volvían hacia ella.
El grupo de exploradores penetró en la biblioteca-laboratorio, estancia principal de la nave, y luego, en el puesto central de comando, situado más cerca de la proa. Embutido en su armadura — esqueleto, con torpes pasos, tambaleándose y chocando contra las paredes —, el jefe llegó al cuadro de distribución de electricidad. Los aparatos estaban conectados, pero no había corriente. En la oscuridad sólo brillaban los indicadores y signos fosforescentes. Erg Noor encontró el conector de averías, y al instante, entre el asombro general, se encendió una luz mortecina que a todos pareció deslumbradora.
Debió de surgir también junto al ascensor, porque en los radioteléfonos de los cascos se oyó la voz de Pur Hiss que preguntaba sobre los resultados del reconocimiento. Le contestó la geólogo Bina. El jefe se detuvo pasmado en el umbral del puesto central de comando. Niza, siguiendo su mirada, vio arriba, entre las pantallas delanteras, una inscripción doble — en lengua terrestre y en el código del Gran Circuito —: Argos. Más abajo, se alineaban los signos galácticos de la Tierra y las coordenadas del sistema solar.
La astronave desaparecida hacía ochenta años había sido hallada en el sistema de aquel sol negro, desconocido hasta entonces, que se había tomado durante mucho tiempo por una simple nube opaca.