El reconocimiento de los locales no reveló las huellas de la tripulación. Los depósitos de oxígeno no estaban agotados, las reservas de agua y de comida habrían bastado para subsistir varios años más, pero en ninguna parte había vestigios ni restos de los tripulantes del Argos.

En algunos sitios — en los pasillos, el puesto central y la biblioteca —, se veían unas chorreaduras extrañas, oscuras. En el suelo de la biblioteca también había una mancha grande — una sinuosa capa de varios estratos — como la huella de un líquido vertido y evaporado luego. En la popa, en la sala de máquinas, unos cables arrancados pendían ante la abierta puerta del fondo, y los soportes masivos, de bronce fosfórico, de los refrigeradores estaban muy retorcidos. Como en todo lo restante la nave se encontraba intacta, aquellas averías, que para producirse requerían un golpe muy potente, eran inexplicables. Los exploradores buscaron en vano, hasta quedar rendidos, las causas de la desaparición y muerte cierta de los tripulantes.

Sin embargo, se hizo un descubrimiento de extraordinaria importancia: las reservas de anamesón y de cargas iónicas planetarias que se conservaban a bordo aseguraban el despegue de la Tantra del pesado planeta y el regreso a la Tierra.

La noticia, transmitida inmediatamente a la Tantra, disipó la desesperanza que se había apoderado de la tripulación desde que la aeronave quedara cautiva de la estrella de hierro. Ya no había necesidad de largos trabajos para enviar un mensaje a la Tierra. Pero, en cambio, habrían de hacer enormes esfuerzos para transbordar los depósitos de anamesón. La tarea, ardua de por sí, se convertía en aquel planeta, de una pesantez casi tres veces superior a la de la Tierra, en una empresa que requería gran inventiva y capacidad ingenieril. Pero la gente de la Era del Gran Circuito, lejos de temer a los problemas difíciles, sentía un gran placer en resolverlos.

El biólogo sacó del magnetófono, en el puesto central, la bobina inacabada del diario de a bordo. Erg Noor y la geólogo abrieron la caja de caudales principal, herméticamente cerrada, donde se guardaban los resultados de la expedición del Argos. Era un pesado fardo que contenía multitud de filmes fotono-magnéticos, de diarios, observaciones y cálculos astronómicos. Mas los tripulantes de la Tantra, que eran ellos mismos investigadores, no podían demorar ni por un instante el examen de aquel precioso hallazgo.

Muertos de cansancio, se reunieron en la biblioteca de la Tantra con sus compañeros, que ardían de impaciencia. Allí, en el ambiente habitual, sentados a la cómoda mesa, bajo una clara luz, la macabra oscuridad que los rodeaba y la astronave abandonada, sin vida, parecían una espantosa visión de pesadilla. A todos oprimía, sin cesar ni un instante, la pesantez del pavoroso planeta, y al hacer cada movimiento, los astronautas contraían de dolor el rostro. Sin una gran práctica, era muy difícil adaptar el propio cuerpo a los movimientos del « esqueleto » de acero, accionado por palancas. Ello hacía que el andar fuera acompañado de tirones y violentas sacudidas. Y aunque la marcha no fuese larga, la gente volvía rendida. La geólogo Bina Led debía de haber sufrido una leve conmoción cerebral; mas, a pesar de ello, apoyóse pesadamente sobre la mesa y, frotándose las sienes, se negó a marcharse sin oír la última bobina del diario de a bordo. Por aquellas grabaciones, conservadas ochenta años en la nave muerta sobre el terrible planeta, Niza esperaba conocer algo inaudito, sorprendente. Se imaginaba los roncos gritos pidiendo auxilio, los gemidos de dolor, las trágicas palabras de despedida. Cuando del aparato salió una voz sonora y fría, la muchacha se estremeció. Ni siquiera Erg Noor, gran especialista en todo lo referente a los vuelos intersiderales, conocía a ningún tripulante del Argos. Llevando a bordo solamente jóvenes, la astronave había emprendido su audacísimo raid a Vega sin entregar al Consejo de Aeronáutica la acostumbrada película de los integrantes de la tripulación.

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