aproximarse a aquel mundo, venciendo a toda costa la enorme distancia que le separaba de él. Para que la emisión y recepción de informaciones, señales y vistas no requiriesen ya seiscientos años, plazo inaccesible para la vida humana. Sentir el pulso y el aliento de aquella vida hermosa, tan análoga a la nuestra, tender la mano a nuestros hermanos de allá, a través de la inmensidad del Cosmos. Mven Mas había concentrado toda su atención en el estudio de los problemas no resueltos y de los ensayos no terminados que venían realizándose, desde hacía ya mil años, en la investigación del espacio como función de la materia. El problema que soñaba Veda Kong la noche de su primera intervención por el Gran Circuito…
En la Academia de los Límites del Saber, dirigía esas investigaciones Ren Boz, joven físico-matemático. Su entrevista con Mven Mas y la amistad ulterior entre ambos eran debidas a la comunidad de afanes.
Ren Boz consideraba que el problema estaba ya lo suficientemente estudiado para pasar a la experimentación. El ensayo, como todo lo relativo a las dimensiones cósmicas, no podía ser efectuado en laboratorio. La magnitud de la cuestión exigía un experimento en gran escala. Ren Boz había llegado al convencimiento de que era preciso hacerlo por medio de las estaciones exteriores, utilizando toda la energía terrestre, incluso la estación de reserva de energía Qui, de la Antártida.
Al mirar con fijeza a Mven Mas y ver sus febriles ojos y el temblor de las aletas de su nariz, Dar Veter tuvo la sensación del peligro.
— ¿Usted necesita saber qué haría yo en su lugar? — formuló tranquilo la decisiva pregunta.
Mven Mas asintió con la cabeza y se pasó la lengua por los resecos labios.
— Yo no realizaría el experimento — manifestó Dar Veter, recalcando las palabras, indiferente a la mueca de dolor del africano, tan fugaz, que habría pasado inadvertida a un interlocutor menos atento.
— ¡Me lo figuraba! — exclamó impetuoso Mven Mas.
— Entonces, ¿por qué daba importancia a mi consejo?
— Creía que conseguiríamos convencerle.
— Bueno, ¡pues inténtenlo! Vayamos a la orilla a reunimos con los camaradas.
Seguramente, estarán preparando los aparatos de buceo para ver el caballo.
Veda cantaba, acompañada de dos voces femeninas desconocidas.
Al divisar a los nadadores, los llamó, infantil, con la mano. La canción se interrumpió.
Dar Veter reconoció a una de las mujeres: era Evda Nal. Por primera vez la veía sin la blanca bata de médico. Su esbelta figura se destacaba por la blancura de la piel, no tostada aún del sol. Por lo visto, la famosa psiquiatra había estado muy ocupada últimamente. Sus cabellos, negros como la endrina, partidos por una raya en medio, estaban recogidos junto a las sienes. Los pómulos salientes sobre las mejillas un poco hundidas destacaban los ojos alargados, negros, de penetrante mirada. Su rostro recordaba vagamente a una esfinge del antiguo Egipto, aquella que, desde tiempos inmemoriales, estuviera en un extremo del desierto ante las pirámides, tumbas de los faraones del más antiguo Estado de la Tierra. Diez siglos después de que el desierto hubiese desaparecido, sobre las arenas rumoreaban bosquecillos y vergeles, y la esfinge estaba cubierta por un gran fanal que no ocultaba los hoyos de su cara, roída por el tiempo.
Dar Veter, recordando que Evda Nal descendía de peruanos o de chilenos, la saludó a la manera antigua de los sudamericanos adoradores del Sol.
— El trabajo con los historiadores le ha sido provechoso — bromeó Evda —. Debe darle las gracias a Veda…
Dar Veter se volvió presuroso hacia su encantadora amiga, pero ella le tomó del brazo y le condujo adonde estaba una mujer completamente desconocida.
— ¡Le presento a Chara Nandi! Todos nosotros somos huéspedes suyos y del pintor Kart San, pues ellos viven aquí desde hace ya un mes. Su estudio ambulante se encuentra al fondo de la ensenada.
Dar Veter tendió la mano a la joven mujer, que le miraba con sus azules ojazos. Por un instante, quedó suspenso de admiración: había en aquella mujer algo que la diferenciaba de todas las demás. Estaba en pie entre Veda Kong y Evda Nal, cuya belleza, pulida por un intelecto preclaro y una larga labor reglamentada de investigación científica, palidecía, sin embargo, ante la maravillosa y radiante hermosura de la desconocida.
— Su nombre se parece algo al mío — comentó Dar Veter.
Las comisuras de los pequeños labios temblaron de la contenida risa.
— Sí, lo mismo que usted a mí.
Dar Veter miró por encima de la abundante cabellera negra, espesa, reluciente y un poco ondulada, de la joven mujer y dirigió a Veda una ancha sonrisa.
— Veter, usted no sabe decir galanterías a las mujeres — dijo Veda picara, ladeada la cabeza.
— ¿Es preciso eso ahora, cuando ha desaparecido la necesidad del engaño?
— Es preciso — terció en la conversación Evda Nal —. ¡Y lo será siempre!
— Mucho me agradaría que me lo explicasen — repuso Dar Veter, frunciendo levemente el entrecejo.