El daño no fue muy grande. Los obreros instalaron la tubería y ésta cumplió sus funciones. Poco antes del Gran Desastre, un capataz advirtió en aquella sección una pequeña pérdida. Soldaron el caño y no hubo más dificultades.

Luego pasaron años sin que nadie inspeccionara la sección. El delgado hilo de agua que brotaba de la fisura creció poco a poco. Aun en los veranos más secos las hierbas crecían junto al caño; los pájaros y otros animalitos iban allí a beber. La herrumbre roía mientras tanto la superficie exterior, y en el interior actuaba la acción corrosiva del agua. Al fin se abrieron unos minúsculos orificios en la dura piel de acero.

Cinco años, diez años… El agua brota de la tubería en una docena de finos chorros. Ahora el charco sirve de abrevadero a las bestias.

Cinco años más, y nace un arroyo de la tierra, el único curso de agua en aquellas áridas regiones. La herrumbre ha agujereado el caño como una colmena.

Debajo, el suelo es desde hace mucho tiempo blando y fangoso, y los pies de los animales han abierto una pequeña zanja. Al fin la erosión concluye su tarea: el suelo donde se apoyaba el pilar de cemento que sostenía el acueducto es ahora un pantano. El pilar se hunde y la cañería desgastada no soporta el peso del agua. Una larga grieta se abre en el acero y un torrente llena la zanja. El pilar desciende un poco más. La cañería se abre otra vez, y el agua que escapa del acueducto corre ahora como un río.

Ish acababa de acostarse, aquella misma noche, cuando se oyeron unos disparos de armas de fuego. Se incorporó de un salto. Se oyó otra detonación, y en seguida un estruendo de fusilería atronó la noche.

La cama se estremeció suavemente. Em se reía.

—La trampa de siempre —dijo Ish más tranquilo.

—Esta vez te asustaste realmente.

—He estado pensando demasiado en el futuro. Sí, tengo los nervios a flor de piel.

Se oyó una descarga cerrada, como si se estuviese librando una lucha de guerrillas. Ish se acostó otra vez. Como en años anteriores, cuando ya no había nadie junto a la hoguera, uno de los muchachos había arrojado a las cenizas calientes unas cajas de cartuchos. Las cajas se habían quemado, y ahora los cartuchos estallaban. La broma no era totalmente inofensiva, aunque en aquella época la hierba verde evitaba todo peligro de incendio. Las gentes, advertidas de antemano, se mantenían lejos de las brasas. Probablemente, pensó Ish, la broma le estaba dedicada, y todos los otros estaban enterados.

Y bien, había mordido el anzuelo. Se sintió irritado, pero por razones más serias.

—Bueno —le dijo a Em—, seguimos como siempre. Cajas enteras de cartuchos desperdiciados, y nadie sabe fabricarlos. Vivimos en una región infestada de pumas y toros salvajes, y sólo las armas de fuego pueden protegernos. Y nos alimentamos de vacas, conejos y codornices que matamos a tiros.

Em no respondió, e Ish, enojado, pensó en las hogueras. Imaginó las maderas sacadas de un aserradero y los rollos de papel higiénico. Las cajas de fósforos daban hermosas llamas azules. En otro tiempo aquella hoguera hubiese costado diez mil dólares. Hoy esos materiales eran aún más preciosos, pues no podían reemplazarse.

—No te atormentes, querido —susurró Em—. Es hora de dormir.

Ish se acercó a ella, y apoyó la cabeza en su pecho, y le pareció como otras veces que Em le comunicaba fuerza y confianza.

—No me atormento demasiado —dijo—. Quizá me divierta ver el futuro muy negro, e imaginar que vivimos peligrosamente.

Calló un momento. Em no replicó, e Ish pensó en voz alta:

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