Ish acababa de acostarse, aquella misma noche, cuando se oyeron unos disparos de armas de fuego. Se incorporó de un salto. Se oyó otra detonación, y en seguida un estruendo de fusilería atronó la noche.
La cama se estremeció suavemente. Em se reía.
—La trampa de siempre —dijo Ish más tranquilo.
—Esta vez te asustaste realmente.
—He estado pensando demasiado en el futuro. Sí, tengo los nervios a flor de piel.
Se oyó una descarga cerrada, como si se estuviese librando una lucha de guerrillas. Ish se acostó otra vez. Como en años anteriores, cuando ya no había nadie junto a la hoguera, uno de los muchachos había arrojado a las cenizas calientes unas cajas de cartuchos. Las cajas se habían quemado, y ahora los cartuchos estallaban. La broma no era totalmente inofensiva, aunque en aquella época la hierba verde evitaba todo peligro de incendio. Las gentes, advertidas de antemano, se mantenían lejos de las brasas. Probablemente, pensó Ish, la broma le estaba dedicada, y todos los otros estaban enterados.
Y bien, había mordido el anzuelo. Se sintió irritado, pero por razones más serias.
—Bueno —le dijo a Em—, seguimos como siempre. Cajas enteras de cartuchos desperdiciados, y nadie sabe fabricarlos. Vivimos en una región infestada de pumas y toros salvajes, y sólo las armas de fuego pueden protegernos. Y nos alimentamos de vacas, conejos y codornices que matamos a tiros.
Em no respondió, e Ish, enojado, pensó en las hogueras. Imaginó las maderas sacadas de un aserradero y los rollos de papel higiénico. Las cajas de fósforos daban hermosas llamas azules. En otro tiempo aquella hoguera hubiese costado diez mil dólares. Hoy esos materiales eran aún más preciosos, pues no podían reemplazarse.
—No te atormentes, querido —susurró Em—. Es hora de dormir.
Ish se acercó a ella, y apoyó la cabeza en su pecho, y le pareció como otras veces que Em le comunicaba fuerza y confianza.
—No me atormento demasiado —dijo—. Quizá me divierta ver el futuro muy negro, e imaginar que vivimos peligrosamente.
Calló un momento. Em no replicó, e Ish pensó en voz alta: