De la cañería rota sigue manando agua, que forma un río. Ni una sola gota llega a los depósitos. Al mismo tiempo, por mil fisuras que aparecieron en el curso de los años, por los grifos que nadie cerró en el momento del Gran Desastre, por las grietas que abrió el temblor de tierra, se escurre constantemente el agua, y el nivel desciende en los depósitos.

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Como Ish había anunciado, nada se hizo. Pasaron las semanas. Ningún hombre jadeó tratando de llevar la nevera a lo alto de la loma, ninguna azada golpeó volcando la tierra. De cuando en cuando, Ish se inquietaba, pero en general la vida seguía su camino, y él mismo se dejaba arrastrar por la despreocupación de sus compañeros. Con sus viejos hábitos de observador científico, aun manteniéndose aparte, seguía preguntándose qué iría a ocurrir.

Pensaba a veces que la brusca desaparición de la sociedad secular seguía afectando a todos sus compañeros. La antropología citaba muchos ejemplos similares. Los cazadores de cabezas y otros indios, privados de sus ocupaciones tradicionales, habían perdido hasta la voluntad de vivir. Las nuevas leyes les prohibían robar caballos o cazar cabelleras, y ya nada deseaban. Otras veces, un clima suave y abundancia de alimentos quitaban al hombre toda idea de progreso. Así, en los trópicos, en algunas islas de los mares del Sur, los isleños se alimentaban exclusivamente de bananas. ¿O habría aquí otra causa?

Ish intentaba en realidad resolver un problema que intrigaba a los filósofos desde los albores de la civilización humana: el de las fuerzas dinámicas de la sociedad. ¿Por qué la sociedad se transforma? El estudioso Ish era más afortunado que Cohelet, Platón, Malthus o Toynbee. Tenía ante los ojos una sociedad reducida que podía someterse a verdaderas experiencias de laboratorio.

No obstante, cada vez que alcanzaba este punto de su razonamiento, Ish sentía que esa simplicidad era sólo aparente. Dejaba de ser un sabio para convertirse en un hombre, y adoptaba una actitud no muy distinta de la de Em. Esta sociedad de San Lupo no era el macrocosmos puro y simple de un filósofo, un pequeño acuario arrebatado al océano de la humanidad. No. Era un grupo de individuos. Era Ezra, Em, los muchachos… y sí, Joey. Si cambiaran los individuos la situación ya no sería la misma. Bastaría cambiar un solo individuo. Por ejemplo, en lugar de Em… Dotty Lamour. O bien, en lugar de George, uno de los grandes pensadores que había conocido en la universidad, el profesor Sauer. Todo sería también diferente.

Pero ¿podía asegurarlo? Quizá no. Quizás el ambiente se impusiera a todos, incluso a los gigantes.

Sin embargo, Em se equivocaba cuando temía que las preocupaciones le trajesen a Ish alguna úlcera o una enfermedad nerviosa. Al contrario, apasionándose con sus observaciones, Ish se interesaba aún más en la vida. Desde los días del Gran Desastre se había asignado el papel de testigo en un mundo que había perdido a sus dueños. Habían pasado veintiún años, y los cambios eran aún demasiado lentos para que fuesen visibles de un día a otro, o aun de un mes a otro. El problema de la sociedad —su adaptación, su renacimiento— ocupaba ahora toda su atención.

Y otra vez debía corregir su pensamiento. No podía, ni debía, limitarse a ser un observador, un sabio. Platón y los otros filósofos habían podido permitirse mirar el mundo y hacer comentarios más o menos sarcásticos. Sus obras habían influido en las generaciones futuras, pero no habían sido responsables del desarrollo y crecimiento de la sociedad. Raramente el pensador había sido también un jefe: Marco Aurelio, Tomás Moro, Woodrow Wilson. Ish no se creía un jefe, en el sentido exacto del término, pero era el intelectual, el pensador de una pequeña comunidad. Inevitablemente, los otros recurrían a resolver las dificultades; en caso de grave peligro todos le pedían protección.

Obsesionado por esta idea, había buscado muchas veces en la biblioteca municipal biografías de pensadores que hubiesen sido también jefes. La suerte de estos hombres no era envidiable. Marco Aurelio había agotado, en cuerpo y alma, en sangrientas e infructuosas campañas en las fronteras del Danubio. Tomás Moro había subido al cadalso, y más tarde, destino irónico, había sido canonizado como mártir de la Iglesia. A los ojos de sus biógrafos, Wilson había sido también un mártir, pero ninguna Iglesia de la paz lo había declarado santo. No, el intelectual no se había distinguido en el poder. Sin embargo, en una sociedad que sólo contaba con treinta y seis miembros, Ish podía influir en el futuro más que un emperador, un canciller o un presidente de los viejos días.

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