El problema del agua potable preocupaba sobre todo a los hombres. Al principio, como viejos ciudadanos, pensaron en reunir todas las botellas de agua mineral que podían encontrarse en los almacenes y tiendas. Pero pronto comprendieron que, aun en verano, no faltaría el agua. A pesar de los largos períodos de sequía, la región no era un desierto y había arroyos en las cañadas, a los que nadie hasta entonces había prestado atención, donde abrevaban las vacas y otros animales.
Precisamente en este punto asomó una diferencia entre la vieja generación y la nueva. Ish, un geógrafo, no sabía si había un manantial o un río en los alrededores, aunque pudiera localizar cualquier sitio por los nombres de las calles. Los jóvenes, al contrario, podían indicar ríos, lagunas y fuentes. Ignoraban el nombre de las calles, pero se orientaban sin titubear.
Ish descubrió de pronto que su propio hijo, Walt, le señalaba la existencia de un arroyo que él nunca había advertido, pues sus aguas se perdían en una alcantarilla, bajo San Lupo.
Pronto la consternación inicial se transformó en alegría febril. Los más jóvenes fueron con los carritos a llenar latas de veinte litros al manantial vecino. Los mayores se pusieron a cavar pozos que reemplazarían a los inodoros.
El entusiasmo duró varias horas y la obra realizada fue considerable. Pero nadie estaba acostumbrado a manejar el pico y la pala, y al mediodía todos se quejaban de ampollas y cansancio. Cuando se separaron para almorzar, Ish comprendió que nadie volvería al trabajo. Tenían otros proyectos: partidas de pesca, matar un toro que podía ser peligroso, cazar codornices para la cena. Por otra parte los jóvenes habían traído bastante agua para satisfacer las necesidades inmediatas. Psicológicamente por lo menos, había una enorme diferencia entre un poco de agua y nada de agua. La presencia de un recipiente de veinte litros en la cocina borraba todas las inquietudes.
Después del almuerzo, Ish se echó otra vez en el sillón con un cigarrillo. No tenía ningún deseo de continuar solo el trabajo. En un manual de moral podría ser un buen ejemplo. Pero en la práctica, se cubriría de ridículo.
El pequeño Joey se le acercó balanceándose nerviosamente sobre uno y otro pie.
—¿Qué quieres, Joey? —preguntó Ish.
—¿No vamos a trabajar un poco más?
—No, Joey, no esta tarde.
Joey siguió balanceándose. Su mirada se paseó por la sala y se fijó otra vez en su padre.
—Vete a jugar, Joey —dijo Ish dulcemente—. Todo está bien. Te daré la lección a la hora de siempre.
Joey se fue, pero su muda simpatía había emocionado a Ish. El niño no podía comprender todos los problemas, pero su vivaz inteligencia le decía que su padre no estaba satisfecho, aunque no hubiera discutido con los otros. Sí, Joey era el predestinado.
Desde que Ish había tenido esta idea, el día de año nuevo, había multiplicado las lecciones, y Joey estudiaba con avidez. Hasta podía temerse que se transformara en un pedante. No mostraba, además, ninguna de las virtudes del jefe, e Ish dudaba a menudo.
Este pequeño incidente, por ejemplo. Podía revelar intuición y previsión, o el simple deseo de rehuir a los niños de su edad, más hábiles que él en los juegos, y sentirse seguro junto a su padre. Ish esperaba que los otros niños no advirtieran su cariño por Joey. Un padre no tiene derecho a preferencias, pero su benjamín —como se le había revelado de pronto— era la encarnación misma de sus sueños. Oh, por qué preocuparse tanto, pensó. Y de repente fue como si estuviese explicándole todo a Em. «El día de año nuevo me pareció que Joey era el elegido. Ahora no estoy tan seguro. Quizá sean sólo los sentimientos de un padre hacia su hijo menor. Es posible que un día me pelee con él como con Walt. Sin embargo, tengo esperanzas. Los otros no han mostrado nunca esta inteligencia, esta vivacidad de espíritu. No sé. Quisiera saber. Seguiré probando.»
Encendió otro cigarrillo y de pronto se sintió irritado. Él mismo no había mostrado mucha inteligencia. Desde hacía años repetía que algo grave iba a ocurrir. Los otros se reían de él, profeta de las desgracias y de sus oráculos que nunca se cumplían. ¡Y aquella mañana había ocurrido! De pronto había caído un rayo sobre la Tribu. Podía recordar las caras espantadas, cuando Ezra, George y él habían traído las noticias. Había sido el momento de recordar sus profecías, de meter el dedo en la llaga. Hubiese debido pintar el porvenir con los más negros colores. Quizás así se hubiera conseguido algo.
En realidad —y quizás él había compartido la consternación de los otros—, todos habían buscado las soluciones más fáciles, y se habían ocultado la realidad, con la despreocupación de costumbre. O, recurriendo a una vieja comparación, quizá bastante adecuada, el problema había resbalado sobre ellos «como agua sobre el lomo de un pato». Cuatro o cinco horas después, todos habían olvidado la amenaza para dedicarse a los placeres de siempre.