En apariencia por lo menos. Seguramente todos estaban aún sorprendidos e inquietos. Unos habían ido a pescar, otros a cazar codornices. Ish había oído ya dos disparos de escopeta. Pero sentían probablemente un malestar, un remordimiento. Regresarían al atardecer, fatigados, y el momento sería favorable. Ish los reuniría. El hierro no estaría ya al rojo vivo, pero sería posible calentarlo un poco.

Entonces, con cierta inconsecuencia, aplastó el segundo cigarrillo y se abandonó al descanso; libre de toda preocupación, cómodamente estirado en el sofá.

Qué agradable, pensó. Es como…

En esos días, los hombres miran el mar, y gritan de pronto:

—¡Un buque! ¡Un buque! ¿No ves el humo de la chimenea? ¡Sí, viene hacia aquí! —Y todos se regocijan y dicen alegremente—: ¿Por qué desconfiamos? La civilización no podía haberse perdido totalmente, era insensato… Sí, siempre lo dije… En Australia, o África del Sur, en alguna región solitaria del norte, o alguna de las islas…

Pero no es ningún navío sino una nubecita en el horizonte.

O bien alguien despierta de su siesta y alza los ojos.

—¡Sí! ¡Sabía que no tardaría! Es el motor de un avión… No me engaño.

Pero son las langostas en las malezas. No hay aviones en el cielo.

O algún otro equipa con baterías un aparato de radio y con los auriculares puestos busca una estación.

—¡Sí! —exclama de pronto—. Callad… ¡Aquí está! ¡Justo en la frecuencia 920! Alguien habla… Lo escucho muy bien, parece español… Ah, ahora se perdió…

Pero no hay voces en el aire, sino el eco de una lejana tormenta.

Sí, qué agradable, pensó Ish estirado en el sofá. ¡Y de pronto un sobresalto! En la calle se oyen dos detonaciones; el tubo de escape de un poderoso camión que ocupa la mitad de la calle. Es un hermoso camión pintado de rojo con adornos azules, y en la carrocería hay unas grandes letras blancas: U.S. GOVT. Baja un hombre, es el conductor, y sin embargo lleva… la ropa que conviene a su jerarquía: traje de etiqueta y sombrero de copa. El recién llegado no ha pronunciado una sílaba, pero Ish sabe que es el gobernador de California. Y siente una inefable felicidad. Ese hombre representa la seguridad, la autoridad constituida. Viene a socorrer a unas pobres gentes hundidas en las tinieblas. Ish ya no es más un niño débil y abandonado en un mundo hostil.

Esta felicidad, excesiva, lo despierta. Tiene las palmas húmedas; el corazón le golpea el pecho. Está en la sala familiar. Su felicidad se extingue como la llama de una vela, y siente una indecible desolación.

Al fin pareció despertar del todo, y la desolación también desapareció. Cuántas veces, en el curso de aquellos veintiún años, había tenido ese sueño, en distintas formas. Aunque no en los primeros años; la sensación de soledad e inseguridad parecía haber crecido progresivamente. Y el nacimiento de los niños no había podido impedirlo.

Sí, el símbolo era claro. Las circunstancias cambiaban, pero su significado era evidente. Aparecía casi siempre como un retorno del gobierno. Ish estaba un poco sorprendido. Nunca había sido excesivamente patriota, y nunca había pensado en los posibles beneficios de su ciudadanía. Pero para pensar en el aire que se respira, es necesario que la asfixia le apriete a uno la garganta. En los viejos días, la inmensidad y los recursos del país debían de haber afectado de algún modo a todos los ciudadanos.

Se sintió otra vez en la realidad y se movió en el sillón. De acuerdo con la posición del sol juzgó que había dormido una hora. Se oyeron otros disparos. Los cazadores de codornices, se dijo con una débil sonrisa. De ahí habían nacido los ruidos del camión. Bueno, convocaría a una reunión esa noche.

Los recipientes de agua estaban casi vacíos al terminar el día, pero por lo menos nadie había pasado sed. A la noche, los mayores, y además Robert y Richard, de dieciséis años, acudieron a la invitación de Ish. Nadie parecía muy inquieto. Casi todos opinaban que la mejor solución era cavar un pozo en San Lupo antes que mudarse cerca de un manantial. Sí, sería necesario vigilar la higiene e instruir a los niños.

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