Ish se sentía orgulloso de su respuesta. La política de Em consistía en dejar pasar las cosas y vivir en la ignorancia. Esta filosofía debía llevar al desastre.
—Oh, quizá, quizá —murmuró Em.
—¿Recuerdas? —dijo Ish—. Lo digo desde hace mucho tiempo. Es necesario crear y no vivir del pillaje. Ya lo decía cuando esperábamos el primer hijo.
—Sí, recuerdo. Lo dijiste mil veces. Y sin embargo, es más fácil abrir latas de conserva.
—Pero las latas se acabarán un día. Y no debe encontrarnos desprevenidos, como la falta de agua.
3
Cuando Ish despertó a la mañana siguiente, Em ya se había levantado. Descansó un tiempo, inmóvil, tranquilo y feliz. Luego, de pronto, se encontró reflexionando y haciendo planes.
Al cabo de un rato, se sintió de mal humor. Piensas demasiado, se dijo.
¿Por qué no podía él, como los otros, sentirse satisfecho y feliz, sin atormentarse con el futuro e imaginar constantemente qué pasaría en las próximas veinticuatro horas, o los próximos veinticuatro años? ¿Por qué no podía disfrutar de sesenta segundos de calma? No, su mente era un continuo torbellino, una máquina. ¿Una máquina? Era tiempo justamente de pensar en máquinas.
Aquella serena felicidad, entre vigilia y sueño, se había desvanecido. De un manotazo, apartó la manta.
La mañana era clara y soleada. Aunque casi hacía frío, salió al balconcito y se quedó mirando al oeste. Con el curso de los años los árboles habían crecido, pero veía aún la cima de la montaña y la bahía con los dos grandes puentes.
¡Los puentes! ¡Sí, los puentes! Eran para él la más emocionante reliquia del pasado. Para los niños los puentes no eran muy distintos de las lomas o los árboles. Estaban ahí, y eso era todo. Pero para él, Ish, los puentes eran testimonios del poder y la gloria de la civilización muerta. Así en otro tiempo, algún bárbaro, burgundio o sajón, habría contemplado un acueducto o un arco de triunfo romanos.
No, la comparación no era exacta. El bárbaro se había contentado con sus tradiciones; era dueño de su propio mundo. Él, Ish, se parecía más a un último sobreviviente del mundo romano —senador o filósofo— confundido entre los bárbaros, que medita ante las ruinas de una ciudad desierta, ansioso e indeciso, pues sabe que no se encontrará otra vez con sus amigos en los baños, ni verá desfilar por las calles las cohortes.
La historia se repite, pensó, pero siempre con variantes.
Sí, a menudo pensaba en el lejano pasado. La historia no se repetía como un niño torpe repite una y otra vez su tabla de multiplicar. Como un artista conservaba la idea, pero cambiaba los detalles; como un compositor que desarrolla variaciones sobre un mismo tema, lo susurraba en un tono menor, lo retomaba en un tono más grave, lo hacía cantar en los violines, o estallar en las trompetas.
Estaba de pie, en pijama, en el balconcito, y sentía la brisa que le acariciaba la cara. Aspiró profundamente, y advirtió que el olor mismo del aire había cambiado. En los viejos días uno no advertía casi nunca el olor característico de la ciudad: gasolina, comidas, desperdicios, y hasta sudor humano. Ahora el aire tenía esa pureza de los campos y las praderas montañosas.
¡Pero los puentes! Los miró como si buscara una luz en las tinieblas. No iba desde hacía años al Golden Gate. A pie, o aun en carrito, la distancia era considerable, y habría que descansar una noche.
El aspecto del puente de la bahía no había cambiado. Recordó cómo había sido en otro tiempo: seis filas de automóviles, camiones, autobuses, trenes eléctricos que corrían ruidosamente por el nivel inferior. Ahora sólo había un coche en el puente, la cupé abandonada en el extremo oeste. La licencia del conductor colgaba aún del volante: John S. Robertson (o quizá James T., no se acordaba), calle tal, número cual, de Oakland. Los neumáticos se habían desinflado, y la pintura, antes de un verde brillante, era ahora gris como el musgo.