»La Gema Gris descansa sobre el altar que le hemos construido especialmente para retenerla. A simple vista, el aspecto de la piedra es modesto. Al examinarla más detenidamente se vuelve más interesante. Su tamaño parece variar según quién la contempla. El Dictaminador insiste en que es tan grande como un gato adulto, mientras que yo la veo con un tamaño como el del huevo de una gallina.

»Es imposible determinar su número de facetas. Todos nosotros las hemos contado y ninguno ha llegado a la misma cifra. Esas cifras no varían en uno o dos números, sino que son radicalmente distintas, como si cada uno de nosotros hubiese contado las facetas de gemas diferentes.

»Sabernos que la joya es caótica por naturaleza. Sabemos también que el dios Reorx ha hecho muchos intentos para recapturarla, pero que siempre ha fracasado. La Gema Gris está más allá de su poder para retenerla. Entonces ¿por qué se nos ha permitido que nosotros la conservemos?

»La respuesta del Dictaminador a esta pregunta es que Reorx es un dios débil, fácil de distraer, e indisciplinado. Tal vez sea verdad, pero me pregunto por qué los otros dioses no han hecho nunca el menor intento de controlar la gema. ¿Será porque ellos, también, son débiles contra ella? Y sin embargo, si los dioses son todopoderosos, ¿cómo es eso posible? A menos que la propia Gema Gris posea un poder mágico mucho más fuerte que el de los propios dioses.

»Si es así, la piedra es inmensamente más poderosa que nosotros. Y ello significa que la Gema Gris no está bajo nuestro control. Nos está engañando, utilizándonos... no sé con qué propósito. Pero me da miedo.

»Por ello he incluido una copia de la historia de la creación del mundo y de la Gema Gris, según la tradición irda. Encontraréis, milord Dalamar, que difiere considerablemente de las otras historias recopiladas, y ésa es una razón por lo que considero esencial que esta información llegue al Cónclave de Hechiceros. Quizá se puedan recoger algunas claves respecto a la Gema Gris a través de este relato.»

—¡La historia de los irdas! —exclamó Usha, que a punto estuvo de enrollar el pergamino—. ¡La tengo oída de sobra! ¡Me la sé de memoria!

Había aprendido a leer y escribir el lenguaje irda y también el conocido como Común, que los irdas jamás hablaban entre sí pero que se consideró aconsejable que ella supiera. Aunque había sido buena estudiante, Usha no disfrutaba demasiado con el aprendizaje. A diferencia de los estudiosos irdas, ella prefería hacer cosas antes que leer sobre las cosas que se hacían.

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