– Tú no sales de esta casa en veinticuatro horas -objetó Marina, apoyándose contra la puerta. El inspector Florián dio su vida para que tuvieses la oportunidad de escapar.
– En veinticuatro horas, lo que se esconde en esos túneles habrá venido a buscarnos si no hacemos algo para detenerlo -dije. Lo mínimo que se merece Florián es que le hagamos justicia.
– Shelley dijo que a la muerte poco le importa la justicia -me recordó Marina. Quizá tenía razón.
– Quizás -admití. Pero a nosotros sí nos importa.
Cuando llegamos a los límites del Raval, la niebla inundaba los callejones, teñida por las luces de tugurios y tascas harapientas. Habíamos dejado atrás el amigable bullicio de las Ramblas y nos adentrábamos en el pozo más miserable de toda la ciudad. No había ni rastro de turistas o curiosos. Miradas furtivas nos seguían desde portales malolientes y ventanas cortadas sobre fachadas que se deshacían como arcilla. El eco de televisores y radios se elevaba entre los cañones de pobreza, sin llegar jamás a rebasar los tejados.
La voz del Raval nunca llega al cielo.
Pronto, entre los resquicios de edificios cubiertos por décadas de mugre, se adivinó la silueta oscura y monumental de las ruinas del Gran Teatro Real. En la punta, como una veleta, se recortaba la silueta de una mariposa de alas negras. Nos detuvimos a contemplar aquella visión fantástica. El edificio más delirante erigido en Barcelona se descomponía como un cadáver en un pantano.
Marina señaló hacia las ventanas iluminadas en el tercer piso del anexo al teatro. Reconocí la entrada de las caballerizas. Aquélla era la vivienda de Claret.
Nos dirigimos hacia el portal. El interior de la escalera todavía estaba encharcado por el aguacero de la noche pasada. Empezamos a ascender los peldaños gastados y oscuros.
– ¿Y si no quiere recibirnos? -me preguntó Marina, turbada.
– Probablemente nos espera -se me ocurrió.
Al llegar al segundo piso observé que Marina respiraba pesadamente y con dificultad. Me detuve y vi que su rostro palidecía.
– ¿Estás bien?
– Un poco cansada -respondió con una sonrisa que no me convenció. Andas demasiado deprisa para mí.
La tomé de la mano y la guíe hasta el tercer piso, peldaño a peldaño.
Nos detuvimos frente a la puerta de Claret. Marina respiró profundamente. Le temblaba el pecho al hacerlo.
– Estoy bien, de verdad -dijo, adivinando mis temores. Anda, llama. No me has traído hasta aquí para visitar el vecindario, espero.
Golpeé la puerta con los nudillos. Era madera vieja, sólida y gruesa como un muro. Llamé de nuevo. Pasos lentos se acercaron al umbral. La puerta se abrió y Luis Claret, el hombre que me había salvado la vida, nos recibió.
– Pasad se limitó a decir, volviéndose hacia el interior del piso.
Cerramos la puerta a nuestra espalda. El piso era oscuro y frío. La pintura pendía del techo como la piel de un reptil. Lámparas sin bombillas criaban nidos de arañas. El mosaico de baldosas a nuestros pies estaba quebrado. Por aquí llegó la voz de Claret desde el interior del piso.
Seguimos su rastro hasta una sala apenas iluminada por un brasero. Claret estaba sentado frente a los carbones encendidos, mirando las brasas en silencio. Las paredes estaban cubiertas de viejos retratos, gentes y rostros de otras épocas. Claret alzó la mirada hacia nosotros. Tenía los ojos claros y penetrantes, el pelo plateado y la piel de pergamino. Decenas de líneas marcaban el tiempo en su rostro, pero a pesar de su edad avanzada desprendía un aire de fortaleza que muchos hombres treinta años más jóvenes habrían querido para sí. Un galán de vodevil envejecido al sol, con dignidad y estilo.
– No tuve oportunidad de darle las gracias. Por salvarme la vida.
– No es a mí a quien tienes que darle las gracias. ¿Cómo me habéis encontrado?
– El inspector Florián nos habló de usted -se adelantó Marina. Nos explicó que usted y el doctor Shelley fueron las dos únicas personas que estuvieron hasta el último momento con Mijail Kolvenik y Eva Irinova. Dijo que usted nunca los abandonó. ¿Cómo conoció a Mijail Kolvenik?
Una débil sonrisa afloró en los labios de Claret.
– El señor Kolvenik llegó a esta ciudad con una de las peores heladas del siglo explicó. Solo, hambriento y acosado por el frío, buscó refugio en el portal de un antiguo edificio para pasar la noche. Apenas tenía unas monedas con qué poder comprar quizás algo de pan o café caliente. Nada más.