Mientras sopesaba qué hacer, descubrió que había alguien más en aquel portal. Un niño de no más de cinco años, envuelto en harapos, un mendigo que había corrido a refugiarse allí al igual que él. Kolvenik y el niño no hablaban el mismo idioma, así que a duras penas se entendían. Pero Kolvenik le sonrió y le dio su dinero, indicándole con gestos que lo utilizase para comprar comida. El pequeño, sin poder creer lo que estaba sucediendo, corrió a comprar una hogaza de pan en una panadería que estaba abierta toda la noche junto a la Plaza Real. Volvió al portal para compartir el pan con el desconocido, pero vio cómo la policía se lo llevaba.
En el calabozo sus compañeros de celda le dieron una paliza brutal. Durante todos los días que Kolvenik estuvo en el hospital de la cárcel, el niño esperó a la puerta, como un perro sin amo. Cuando Kolvenik salió a la calle dos semanas después, cojeaba.
El chiquillo estaba allí para sostenerle. Se convirtió en su guía y se juró que nunca abandonaría a aquel hombre que, en la peor noche de su vida, le había cedido cuanto tenía en el mundo… Aquel niño era yo.
Claret se incorporó y nos indicó que le siguiéramos a través de un estrecho pasillo que conducía a una puerta. Extrajo una llave y la abrió. Al otro lado, había otra puerta idéntica y entre ambas, una pequeña cámara.
Para paliar la oscuridad que reinaba allí, Claret encendió una vela. Con otra llave, abrió la segunda puerta. Una corriente de aire inundó el pasillo e hizo silbar la llama del cirio. Sentí que Marina asía mi mano al tiempo que cruzábamos al otro lado. Una vez allí, nos detuvimos. La visión que se abría ante nosotros era fabulosa. El interior del Gran Teatro Real.
Pisos y pisos se alzaban hacia la gran cúpula. Los cortinajes de terciopelo pendían de los palcos, ondeando en el vacío. Grandes lámparas de cristal esperaban, sobre el patio de butacas, infinito y desierto, una conexión eléctrica que nunca llegó. Nos encontrábamos en una entrada lateral del escenario. Sobre nosotros, la tramoya ascendía hacia el infinito, un universo de telones, andamios, poleas y pasarelas que se perdía en las alturas.
– Por aquí -indicó Claret, guiándonos.
Cruzamos el escenario. Algunos instrumentos dormían en el foso de la orquesta. En el podio del director, una partitura cubierta por telarañas yacía abierta por la primera página. Más allá, la gran alfombra del pasillo central de la platea trazaba una carretera hacia ninguna parte. Claret se adelantó hasta una puerta iluminada y nos indicó que nos detuviésemos a la entrada. Marina y yo intercambiamos una mirada.
La puerta daba a un camerino.
Cientos de vestidos deslumbrantes pendían de soportes metálicos. Una pared estaba cubierta por espejos de candilejas. La otra estaba ocupada por decenas de viejos retratos que mostraban una mujer de belleza indescriptible. Eva Irinova, la hechicera de los escenarios. La mujer para quien Mijail Kolvenik había hecho construir aquel santuario. Fue entonces cuando la vi.
La dama de negro se contemplaba en silencio, su rostro velado frente al espejo. Al oír nuestros pasos, se volvió lentamente y asintió.
Sólo entonces Claret nos permitió pasar. Nos acercamos a ella como quien se aproxima a una aparición, con una mezcla de temor y fascinación. Nos detuvimos a un par de metros. Claret permanecía en el umbral de la puerta, vigilante. La mujer se enfrentó de nuevo al espejo, estudiando su imagen.
De pronto, con infinita delicadeza, se alzó el velo. Las escasas bombillas que funcionaban nos revelaron su rostro sobre el espejo, o lo que el ácido había dejado de él.
Hueso desnudo y piel ajada. Labios sin forma, apenas un corte sobre unas facciones desdibujadas.
Ojos que no podrían volver a llorar. Nos dejó contemplar el horror que normalmente ocultaba su velo durante un instante interminable.
Después, con la misma delicadeza con que había descubierto su rostro y su identidad, lo ocultó de nuevo y nos indicó que tomásemos asiento.
Transcurrió un largo silencio.
Eva Irinova alargó una mano hacia el rostro de Marina y lo acarició, recorriendo sus mejillas, sus labios, su garganta. Leyendo su belleza y su perfección con dedos temblorosos y anhelantes. Marina tragó saliva. La dama retiró la mano y pude ver sus ojos sin párpados brillar tras el velo. Sólo entonces empezó a hablar y a relatarnos la historia que había estado ocultando durante más de treinta años.
Capítulo 22
"Nunca llegué a conocer mi país más que en fotografías. Cuanto sé de Rusia procede de cuentos, habladurías y recuerdos de otras gentes. Nací en una barcaza que cruzaba el Rin, en una Europa destrozada por la guerra y el terror.