Con los calcañares, el padre Bartolomeu Lourenço espoleó la mula, experto animal que ni con la artillería se había asustado, es lo que hace no ser de raza pura, estos animales ya han visto mucho, el mestizaje los hizo poco espantadizos, que es la mejor manera de vivir en este mundo las bestias y los hombres. Por el camino atascado por el barro, señal de que las fuentes de la tierra andaban perdidas en aquella conmoción y brotaban donde no podían aprovecharse, o en muy delgadas linfas que se dividían hasta separarse del todo los átomos del agua y quedar el monte seco, por ese camino, tocando suavemente a la mula, descendió el padre Bartolomeu Lourenço a la villa y preguntó al vicario dónde vivían los Sietesoles. El cura había hecho un buen negocio con los terrenos por ser suyas algunas de las tierras del alto de la Vela, y, por valer las tierras mucho, o por mucho valer el propietario, se hizo una valoración por lo alto, ciento cuarenta mil reales, nada que se pueda comparar con los trece mil quinientos que fueron pagados a João Francisco. Es un párroco feliz, con la promesa de tan gran convento, ochenta frailes confirmados, allí mismo en la puerta de casa, con lo que mucho crecerá la villa en bautizos, casamientos y entierros, valiéndole cada sacramento su parte material y espiritual, reforzándose así tanto la caja como la esperanza de salvación, en la razón directa de los varios actos y prestaciones, Pues bien, padre Bartolomeu Lourenço, es un gran honor para mí recibirlo en esta casa, los Sietesoles viven aquí cerca, tenían un terreno al lado de los míos en el alto de la Vela, pero más pequeño, ahora el viejo y la familia viven de las rentas de una casa que tienen alquilada, quien volvió hace cuatro años fue el hijo, Baltasar, que estuvo en la guerra y volvió manco, manco de guerra, quiero decir, y trajo a la mujer, para mí que no están casados conforme a la Santa Iglesia, y ella tiene un nombre nada cristiano, Blimunda, dijo al padre Bartolomeu Lourenço, La conoce, Fui yo quien los casó, Ah, entonces sí están casados, Fui yo quien los casó, en Lisboa, y agradeciendo el Volador, que allí no era conocido como tal, las efusiones del párroco que mucho tenían que ver con las particulares recomendaciones de palacio, salió a buscar a los Sietesoles, contento por haber mentido así ante la faz de Dios y saber que a Dios no le importaba, un hombre tiene que saber por sí mismo cuándo las mentiras nacen ya absueltas.

Перейти на страницу:

Похожие книги