Bartolomeu Lourenço fue a la quinta de San Sebastián da Pedreira, tres años enteros habían pasado desde que partió, estaba el chamizo de las herramientas completamente abandonado, dispersos por el suelo los materiales que no había valido la pena ordenar, nadie adivinaría lo que allí andaban perpetrando. Dentro del caserón revoloteaban gorriones, habían entrado por un resquicio del tejado, dos tejas partidas, ínfimas aves aquellas que nunca volarían más alto que el más alto fresno de la quinta, el gorrión es un ave de la tierra y del terruño, del estiércol y del sembrado, y cuando muere, uno se da cuenta de que no podría volar más alto, tan frágil de alas, tan mezquino de huesos, mientras esta mi passarola volará hasta donde lleguen los ojos, véase el fortísimo andamiaje de la concha que me ha de llevar, con el tiempo se oxidan los hierros, mala señal, no parece que Baltasar haya venido como le recomendé, pero, sí, vino, aquí están las huellas de sus pies descalzos, no trajo a Blimunda, o Blimunda murió, y durmió en el jergón, está retirada la manta hacia atrás como si acabara de levantarse ahora mismo, en este mismo jergón me voy a acostar, me cubriré con esta manta, yo, padre Bartolomeu Lourenço que volví de Holanda adonde fui a averiguar si ya saben en Europa volar con alas, si los estudios de esta ciencia van más adelantados de lo que yo estoy en mi país de marineros, y en Zwolle, Ede y Nijkerk estudié con algunos sabios viejos y alquimistas, de esos que hacen nacer soles en retortas, pero luego mueren de muerte extraña, se van resecando hasta no tener más sustancia que una brizna de paja quebradiza, y entonces arden como la paja, que eso es lo que todos piden a la hora de la muerte, sólo cenizas dejo, por sí mismos se inflaman, y a mí me estaba esperando aquí esta máquina voladora que aún no vuela, éstas son las esferas que tendré que llenar con el éter celeste, la gente cree que sabe de qué habla, miran al cielo y dicen, Éter celeste, yo sí sé qué es, algo al fin tan sencillo como que Dios dijera, Hágase la luz, y la luz se hizo, es un modo de hablar, que entre tanto se ha hecho de noche, enciendo esta vela que Blimunda dejó, apago este sol pequeñísimo que de mí depende atizar o extinguir, a la candela me refiero, no a Blimunda, que ningún ser humano puede tener cuanto desea en esta su única vida terrestre, tal vez soñando, buenas noches.

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