Se ha metido ya Baltasar por los contrafuertes del Monte Junto, busca el casi invisible camino que por el bosque le llevará hasta la máquina de volar, siempre se acerca a ella con el corazón oprimido, por temor de que la hayan descubierto, destruido tal vez, o robado, y cada vez se sorprende al verla como si ahora mismo hubiera acabado de posarse, estremecida aún por el veloz descenso, en su regazo de arbustos y miríficas trepadoras, miríficas se les ha de llamar porque no es esta tierra donde suelen crecer. No fue robada, destruida tampoco, ahí está, en el mismo lugar, con el ala caída, su pescuezo de ave confundido con las ramas más altas, la cabeza oscura como un nido colgando. Baltasar se aproximó, dejó la alforja en el suelo, se sentó a descansar un poco antes de ponerse a trabajar. Comió sobre un pedazo de pan dos sardinas fritas, usando la punta y el filo de la navaja con el arte de quien labra miniaturas en marfil, al terminar, limpió la hoja en las hierbas, la mano en el calzón, y se dirigió a la máquina. El sol brillaba con fuerza, el aire estaba caliente. Sobre el ala, pisando con cautela para no dañar el revestimiento de mimbre, Baltasar entró en la passarola. Se habían podrido algunas tablas del convés. Tendría que sustituirlas, traer los materiales necesarios, estar aquí unos días, o, y sólo entonces se le ocurrió la idea, desmontar la máquina pieza a pieza, llevarla a Mafra, esconderla debajo de un montón de paja, o en uno de los sótanos del convento, si pudiera ponerse de acuerdo con los amigos, confiarles la mitad del secreto, se asombraba de no haber pensado antes en esta solución, cuando volviera hablaría con Blimunda. Iba distraído, no se fijó dónde ponía los pies, de repente dos tablas cedieron, se hundieron. Braceó violentamente para ampararse, para evitar la caída, el gancho del brazo se introdujo en la argolla que servía para separar las velas, y, de golpe, suspendido en todo su peso, Baltasar vio que los paños se apartaban a un lado con estruendo, el sol inundó la máquina, brillaron las bolas de ámbar y las esferas. La máquina giró dos veces, despedazó, desgarró los arbustos que la envolvían, y ascendió. No se veía una nube en el cielo.