Blimunda no durmió en toda la noche. Estuvo esperando que Baltasar regresara al caer el día, como en otras ocasiones ocurriera, y en esa creencia salió del pueblo, anduvo casi media legua por el camino y, durante mucho tiempo, hasta cerrarse el crepúsculo por completo, estuvo sentada en una cerca, viendo pasar la gente que iba a Mafra, de romería a la consagración, no era fiesta que se pudiera perder, habría limosnas y comida para todos, o al menos no iban a faltar para los más listos y pedigüeños, procura el alma sus satisfacciones, y el cuerpo no prescinde de ellas. Al ver a aquella mujer allí sentada, algunos necios venidos de lejos creían que era así como la villa de Mafra recibía a los visitantes machos, con ofrecidas facilidades, y le hacían bromas obscenas, que tenían que tragarse luego ante el rostro de piedra que los miraba. Y uno que se atrevió a experimentar otras aproximaciones, retrocedió asustado cuando Blimunda le dijo, con voz opaca, Tienes un sapo en el corazón, escupo en él, en ti y en toda tu descendencia. Cuando cayó la noche por completo, se acabaron los peregrinos, a estas horas no vendrá ya Baltasar, o llegará tan tarde que lo recibiré acostada, o estará aquí de madrugada, si ha tenido mucho que arreglar, eso fue lo que dijo. Volvió Blimunda a casa, cenó con los cuñados y el sobrino, No ha venido Baltasar, preguntó uno de ellos, Nunca entenderé qué salidas son éstas, dijo el otro, sólo Gabriel no abrió la boca, es aún demasiado joven para hablar cuando lo hacen los mayores, pero, para sí, piensa que sus padres no tienen por qué meterse en la vida de los tíos, es manía de medio mundo la de curiosear en la vida de la otra mitad, que, por otra parte, le paga con la misma moneda, hay que ver, este chico, tan joven y las cosas que ya sabe. Acabada la cena, Blimunda esperó a que todos se acostasen y salió luego al huerto. Estaba serena la noche, limpio el cielo, apenas se sentía el frescor del aire. Tal vez a aquella misma hora viniera Baltasar caminando por la orilla del río de Pedrulhos, con el espigón atado al brazo izquierdo en vez del gancho, que nadie está libre de malos encuentros y de preguntas indiscretas, como ya se ha dicho y comprobado. Salió la luna, así verá mejor el camino, dentro de poco seguro que se oyen ya sus pasos, en el gran silencio premonitorio de la noche empujará la cancela del huerto y allí estará Blimunda recibiéndolo, lo demás no lo veremos, porque nuestra obligación es ser discretos, basta que sepamos que es mucha la inquietud de esta mujer.