Es, pese a todo, tiempo de contrariedades. Ahora saldrán las monjas de Santa Mónica con extrema indignación, insubordinándose contra las órdenes del rey de que sólo pudieran hablar en los conventos a sus padres, hijos, hermanos y parientes hasta el segundo grado, con lo que pretende su majestad poner coto al escándalo que causan los frecuentadores de conventos, nobles y no nobles, que visitan a las esposas del Señor y las preñan en un avemaría, que lo haga Don Juan V, bien, pero no un don nadie. Acudió el provincial de Graça queriendo reducirlas al sosiego y al acatamiento de la voluntad real, bajo pena de excomunión si la quebrantan, pero ellas se amotinaron vehementes, trescientas mujeres católicamente enfurecidas porque así las separaban del mundo, la primera vez lo hicieran, por segunda vez lo intentan, ahora se verá cómo fuerzan puertas frágiles manos femeninas, y salen las monjas, llevan consigo violentamente a la madre prioresa, van con cruz alzada, en procesión por las calles, hasta que al encuentro les sale la comunidad de los frailes de Graça y, por las Cinco Llagas, les ruegan que detengan el motín, y ya tenemos armado ahí un santo coloquio entre frailes y monjas, disputando cada cual sus razones, y fue el caso que corrió el corregidor del crimen hasta el rey por si había o no de suspenderse la orden, y entre ir, llegar y debatir el suceso, pasó la mañana, que, para hacerles empezar el día temprano, de madrugada se habían levantado las protestantes, y mientras corregidor no vuelve, corregidor va, corregidor viene, se quedaron allá las monjas, sentadas en el suelo natural las más vetustas, alertas y vigilantes las de la última zafra, tomando el buen sol de la estación que anima los corazones, mirando a quien iba de paso y por curiosidad se detenía, que platos de éstos no los tenemos todos los días, y hablando con quien les apetece, de modo que allí se fortalecieron lazos con prohibidos visitantes que, sabiéndolo, acudieron, y en acuerdos, requiebros, citas, consignas, señales con los dedos o con el pañuelo, fue pasando el tiempo hasta el mediodía, y como al fin el cuerpo quería alimento, allí mismo comieron de los dulces que llevaban en los saquetes, quien va a la guerra empanadas lleva, y al cabo de esta manifestación llegó contraorden de palacio, que todo volvía a la moralidad primera, oído lo cual se recogieron victoriosas las monjas a Santa Mónica entonando jubilosos cantos, y consoladas además por la absolución del provincial, que la envió por un propio, no en persona, porque bien podía herirlo una bala perdida, que esto de monjas amotinadas es la peor de las batallas. Metes, y cuántas veces a la fuerza, a estas mujeres en reclusión conventual, ahí te quedas, aliviando así particiones de herencias, favoreciendo al mayorazgo y a otros hermanos varones, y, así presas, hasta un simple contacto de dedos en la reja del locutorio quieren prohibirles, el clandestino encuentro, el suave contacto, la dulce caricia, aunque lleve tantas veces consigo el infierno, bendito sea. Porque, en fin, si el sol atrae al ámbar y el mundo a la carne, alguien habrá de ganar algo con eso, aunque sólo sea para aprovechar los restos de aquellos que por nacimiento ya lo tienen todo ganado.

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