La gran tristeza de Baltasar y de Blimunda es no tener una red que pueda ser lanzada hasta las estrellas, y traer acá el éter que las sostiene, conforme afirma el padre Bartolomeu Lourenço, que va a marchar un día de éstos y no se sabe cuándo volverá. La passarola, que parecía un castillo levantándose, es ahora torre en ruinas, una babel cortada a medio vuelo, cuerdas, paños, alambres, hierros confundidos, ni siquiera quedó el consuelo de abrir el arca y contemplar el dibujo, porque el padre lo lleva en su equipaje, mañana partirá, va por mar y sin mayor riesgo que el natural de viajes, porque al fin fueron pregonadas paces con Francia, con solemne procesión de jueces, corregidores y merinos, todos muy bien montados, y atrás los trompeteros, con trompetas bastardas, luego los porteros de palacio con sus mazas de plata al hombro, y por fin siete reyes de armas, con ricas sobrevestes, y el último llevaba en la mano un papel que era el pregón de paces, leído primero en el Terreiro do Paço, bajo las ventanas donde estaban las majestades y altezas, a la vista del mar de pueblo que llenaba la plaza, formada la compañía de la guardia, y, después de echar aquí el pregón, fueron a echarlo otra vez al atrio de la Catedral, y por tercera vez en el Rossío, en el atrio del hospital, al fin están hechas estas paces con Francia, ahora que vengan otras con los demás países, Pero ninguna me va a dar la mano que perdí, dice Baltasar, Qué más da, entre tú y yo, tres manos tenemos, esto es lo que responde Blimunda.
Echó el padre Bartolomeu Lourenço la bendición al soldado y la vidente, le besaron ellos la mano, pero en el último momento se abrazaron los tres, tuvo más fuerza la amistad que el respeto, y el cura dijo, Adiós Blimunda, adiós Baltasar, cuidad uno del otro y cuidad de la passarola, que un día volveré con lo que voy a buscar, que no será oro ni diamante, pero sí el aire que Dios respira, guardarás la llave que te di, y como os vais a Mafra, acuérdate de volver por aquí de vez en cuando, a ver cómo está la máquina, puedes entrar y salir sin recelo, que la quinta me la ha confiado el rey y él sabe lo que en ella hay, y en diciendo esto, montó en la mula y partió.