—Porque no ha habido sangre en ninguno de los lugares anteriores. Es algo deliberado, y resulta vital para lo que se propone hacer. Y en esta ocasión su intención es repetir todas las partes importantes, haciendo hincapié en lo que ya ha hecho antes para echarnos en cara lo que no hemos sabido ver, ¿no lo ves?
—Claro que lo veo. Tiene mucho sentido. ¿Y por qué no vamos a echar un vistazo al Office Depot Center? Tal vez haya vuelto a dejar los cadáveres en la red.
Abrí la boca para emitir alguna réplica maravillosamente inteligente. La pista de hockey ciertamente no era el lugar adecuado; buscar allí sería cometer un error total y obvio. Había sido un experimento, algo distinto, pero sabía que no iba a repetirlo. Empecé a explicárselo a Deb: la única razón por la que repetiría la pista sería... Me quedé paralizado, con la boca abierta. Claro, pensé.
—¿Y ahora quién pone caras raras, eh, Dex?
Me quedé en silencio durante un segundo. Estaba demasiado ocupado intentando enlazar los pensamientos que me rondaban sueltos.
—Oh, Deb —dije, por fin—. Por supuesto. Tienes razón, la pista de hockey. Partes de premisas equivocadas, pero aun así...
—Es bastante mejor que llegar a conclusiones equivocadas —dijo ella, corriendo hacia el coche.
—¿Te das cuenta de que se trata de un tiro al aire? —dije—. Lo más probable es que no encontremos nada de nada.
—Ya lo sé —dijo Deb.
—Y la verdad es que no tenemos jurisdicción aquí. Estamos en Broward. Y los chicos de Broward no nos tienen mucho cariño que digamos, de manera que...
—Dexter, por el amor de Dios —me cortó ella—. Hablas como una colegiala.
Quizá fuera cierto, aunque era muy poco amable por su parte decirlo. Y, por otro lado, Deborah estaba hecha un manojo de tensos nervios de acero. Cuando salimos de la autopista de Sawgrass y entramos en el aparcamiento del centro deportivo, apretó los dientes aún más. Casi pude oír cómo le crujía la mandíbula.
—Harriet la Sucia —dije para mis adentros, pero al parecer Deb me oyó.
—Que te jodan —me dijo.
Llevé la mirada del rostro de granito de Deborah al centro deportivo. Por un breve instante, con el sol de la mañana dándole de lleno, daba la impresión de que un enjambre de platillos volantes rodeaba el edificio. Se trataba, por supuesto, de la instalación de luces externas que brotaban del estadio como si fueran enormes setas de acero. Alguien debió de decirle al arquitecto que el efecto resultaba distinguido. «Juvenil y vigoroso a la vez», seguro. Y estoy convencido de que así era, al menos con la luz adecuada. Esperaba que no tardaran mucho en encontrarla.
Rodeamos el edificio en busca de señales de vida. En la segunda vuelta vimos que un coche, un desvencijado Toyota, se acercaba a una de las puertas. La puerta del copiloto estaba ajustada con una cuerda que cruzaba la ventana y rodeaba la jamba. Abriendo la puerta del coche al mismo tiempo que aparcaba, Deborah se bajó mientras el otro todavía estaba subiendo la ventanilla.
—Perdone, señor —dijo al hombre que se apeaba del Toyota, un tipo bajo de unos cincuenta años vestido con un viejo pantalón verde y una chaqueta de nailon azul que, al ver el uniforme de Deb, se puso nervioso al instante.
—¿Qué pasa? —dijo éste—. Yo no he hecho nada.
—¿Trabaja aquí, señor?
—Siií. Si no, ¿cree que estaría aquí a las ocho de la mañana?
—¿Le importa decirme su nombre?
El hombre sacó la cartera del bolsillo.
—Steban Rodríguez. Tengo la documentación aquí.
Deborah lo despachó con un gesto.
—No es necesario —dijo—. ¿Qué está haciendo aquí a estas horas, señor?
Él se encogió de hombros y devolvió la cartera al bolsillo.
—Bueno, suelo llegar antes la mayoría de días, pero el equipo está de viaje: Vancouver, Ottawa y Los Angeles. Así que hoy he venido un poco más tarde.
—¿Hay alguien más aquí en este momento, Steban?
—No, sólo yo. Todos duermen hasta media mañana.
—¿Qué me dice de anoche? ¿Tienen vigilantes nocturnos?
Él hombre dibujó un círculo con el brazo.
—La gente de seguridad se pasa por el aparcamiento todas las noches, pero no se quedan mucho tiempo. La mayoría de días soy el primero en llegar.
—¿El primero que entra, quiere decir?
—Sí, claro, es lo que le acabo de decir.
Salté del coche y me apoyé en el techo.
—¿Es usted el que se encarga de pasar la Zamboni sobre el hielo? —le pregunté. Deb me miró, preocupada. Steban se volvió hacia mí, observando la camisa hawaiana y los pantalones de chándal.
—¿Qué clase de poli es usted, eh?
—Uno de los tontos —dije—. Trabajo en el laboratorio.
—Aaah, ya —dijo él, asintiendo con la cabeza como si eso le cuadrara.
—¿Pasa usted la Zamboni, Steban? —repetí.