Se puso a escribir otro juego, pero no le salía. Decidió probar los diálogos típicos y buscó el cuaderno donde los iba escribiendo después de inspirarse en el subterráneo, los cafés y los bodegones. Tenía casi terminado un diálogo típico de españoles y le dio algunos toques más, no sin echarse antes un jarro de agua en la camiseta.

DIALOGO TIPICO DE ESPAÑOLES

López.- Yo he vivido un año entero en Madrid. Verá usted, era en 1925, y…

Pérez.- ¿En Madrid? Pues precisamente le decía yo ayer al doctor García…

López.- De 1925 a 1926, en que fui profesor de literatura en la Universidad.

Pérez.- Le decía yo: «Hombre, todo el que haya vivido en Madrid sabe lo que es eso.»

López.- Una cátedra especialmente creada para mí para que pudiera dictar mis cursos de Literatura.

Pérez.- Exacto, exacto. Pues ayer mismo le decía yo al doctor García, que es muy amigo mío…

López.- Y claro, cuando se ha vivido allí más de un ano, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear.

Pérez.- Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros.

López.- Una vergüenza, créame usted, una verdadera vergüenza.

Pérez.-Sí, hombre, ni qué hablar. Pues este doctor García…

Oliveira estaba ya un poco aburrido del diálogo, y cerró el cuaderno. «Shiva», pensó bruscamente. «Oh bailarín cósmico, cómo brillarías, bronce infinito, bajo este sol. ¿Por qué pienso en Shiva? Buenos Aires. Uno vive. Manera tan rara. Se acaba por tener una enciclopedia. De qué te sirvió el verano, oh ruiseñor. Claro que peor sería especializarse y pasar cinco años estudiando el comportamiento del acridio. Pero mirá qué lista increíble, pibe, mirame un poco esto…»

Era un papelito amarillo, recortado de un documento de carácter vagamente internacional. Alguna publicación de la Unesco o cosa así, con los nombres de los integrantes de cierto Consejo de Birmania. Oliveira empezó a regodearse con la lista y no pudo resistir a la tentación de sacar un lápiz y escribir la jitanjáfora siguiente:

U Nu,

U Tin,

Mya Bu,

Thado Thiri Thudama U E Maung,

Sithu U Cho,

Wunna Kyaw Htin U Khin Zaw,

Wunna Kyaw Htin U Thein Han,

Wunna Kyaw Htin U Myo Min,

Thiri Pyanchi U Thant,

Thado Maba Thray Sithu U Chan Htoon.

«Los tres Wunna Kyaw Htin son un poco monótonos», se dijo mirando los versos. «Debe significar algo como ‘Su excelencia el Honorabilísimo’. Che, qué bueno es lo de Thiri Pyanchi U Thant, es lo que suena mejor. ¿Y cómo se pronunciará Htoon?»

– Salú -dijo Traveler.

– Salú -dijo Oliveira-. Qué frío hace, che.

– Disculpa si te hice esperar. Vos sabés, los clavos…

– Seguro -dijo Oliveira-. Un clavo es un clavo, sobre todo si está derecho. ¿Hiciste un paquete?

– No -dijo Traveler, rascándose una tetilla-. Qué barbaridad de día, che, es como fuego.

– Avisa -dijo Oliveira tocándose la camiseta completamente seca-. Vos sos como la salamandra, vivís en un mundo de perpetua piromanía. ¿Trajiste la yerba?

– No -dijo Traveler-. Me olvidé completamente de la yerba. Tengo nada más que los clavos.

– Bueno, andá buscala, me hacés un paquete y me lo revoleás.

Traveler miró su ventana, después la calle, y por último la ventana de Oliveira.

– Va a ser peliagudo -dijo-. Vos sabés que yo nunca emboco un tiro, aunque sea a dos metros. En el circo me han tomado el pelo veinte veces.

– Pero si es casi como si me lo alcanzaras -dijo Oliveira.

– Vos decís, vos decís, y después los clavos le caen en la cabeza a uno de abajo y se arma un lío.

– Tirame el paquete y después hacemos juegos en el cementerio -dijo Oliveira.

– Sería mejor que vinieras a buscarlo.

– ¿Pero vos estás loco, pibe? Bajar tres pisos, cruzar por entre el hielo y subir otros tres pisos, eso no se hace ni en la cabaña del tío Tom.

– No vas a pretender que sea yo el que practique ese andinismo vespertino.

– Lejos de mí tal intención -dijo virtuosamente Oliveira.

– Ni que vaya a buscar un tablón a la antecocina para fabricar un puente.

– Esa idea -dijo Oliveira- no es mala del todo, aparte de que nos serviría para ir usando los clavos, vos de tu lado y yo del mío.

– Bueno, esperá -dijo Traveler, y desapareció.

Oliveira se quedó pensando en un buen insulto para aplastar a Traveler en la primera oportunidad. Después de consultar el cementerio y echarse un jarro de agua en la camiseta se apostó a pleno sol en la ventana. Traveler no tardó en llegar arrastrando un enorme tablón, que sacó poco a poco por la ventana. Recién entonces Oliveira se dio cuenta de que Talita sostenía también el tablón, y la saludó con un silbido. Talita tenía puesta una salida de baño verde, lo bastante ajustada como para dejar ver que estaba desnuda.

– Qué secante sos -dijo Traveler, bufando-. En qué líos nos metés.

Oliveira vio su oportunidad.

– Callate, miriápodo de diez a doce centímetros de largo, con un par de patas en cada uno de los veintiún anillos en que tiene dividido el cuerpo, cuatro ojos y en la boca mandibulillas córneas y ganchudas que al morder sueltan un veneno muy activo -dijo de un tirón.

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