– Esta salida de baño es muy incómoda -dijo-. Sería mejor unos pantalones tuyos o algo así.

– No vale la pena -dijo Traveler. Ponele que te caés, y me arruinás la ropa.

– Vos no te apurés -dijo Oliveira-. Un poco más y ya te puedo tirar la soga.

– Qué ancha es esta calle -dijo Talita, mirando hacia abajo-. Es mucho más ancha que cuando la mirás por la ventana.

– Las ventanas son los ojos de la ciudad -dijo Traveler- y naturalmente deforman todo lo que miran. Ahora estás en un punto de gran pureza, y quizá ves las cosas como una paloma o un caballo que no saben que tienen ojos.

– Dejate de ideas para la N.R.F. y sujetale bien el tablón -aconsejó Oliveira.

– Naturalmente a vos te revienta que cualquiera diga algo que te hubiera encantado decir antes. El tablón lo puedo sujetar perfectamente mientras pienso y hablo.

– Ya debo estar cerca del medio -dijo Talita.

– ¿Del medio? Si apenas te has despegado de la ventana. Te faltan dos metros por lo menos.

– Un poco menos -dijo Oliveira, alentándola-. Ahora nomás te tiro la soga.

– Me parece que el tablón se está doblando para abajo -dijo Talita.

– No se dobla nada -dijo Traveler, que se había puesto a caballo pero del lado de adentro-. Apenas vibra un poco.

– Además la punta descansa sobre mi tablón -dijo Oliveira-. Sería muy extraño que los dos cedieran al mismo tiempo.

– Sí, pero yo peso cincuenta y seis kilos -dijo Talita-. Y al llegar al medio voy a pesar por lo menos doscientos. Siento que el tablón baja cada vez más.

– Si bajara -dijo Traveler yo estaría con los pies en el aire, y en cambio me sobra sitio para apoyarlos en el piso. Lo único que puede suceder es que los tablones se rompan, pero sería muy raro.

– La fibra resiste mucho en sentido longitudinal -convino Oliveira-. Es el apólogo del haz de juncos, y otros ejemplos. Supongo que traés la yerba y los clavos.

– Los tengo en el bolsillo -dijo Talita-. Tirame la soga de una vez. Me pongo nerviosa, creeme.

– Es el frío -dijo Oliveira, revoleando la soga como un gaucho-. Ojo, no vayas a perder el equilibrio. Mejor te enlazo, así estamos seguros de que podés agarrar la soga.

«Es curioso», pensó viendo pasar la soga sobre su cabeza. «Todo se encadena perfectamente si a uno se le da realmente la gana. Lo único falso en esto es el análisis.»

– Ya estás llegando -anunció Traveler-. Ponete de manera de poder atar bien los dos tablones, que están un poco separados.

– Vos fijate lo bien que la enlacé -dijo Oliveira-. Ahí tenés, Manú, no me vas a negar que yo podría trabajar con ustedes en el circo.

– Me lastimaste la cara -se quejó Talita-. Es una soga llena de pinchos.

– Me pongo un sombrero tejano, salgo silbando y enlazo a todo el mundo -propuso Oliveira entusiasmado-. Las tribunas me ovacionan, un éxito pocas veces visto en los anales circenses.

– Te estás insolando -dijo Traveler, encendiendo un cigarrillo-. Y ya te he dicho que no me llames Manú.

– No tengo fuerza -dijo Talita-. La soga es áspera, se agarra en ella misma.

– La ambivalencia de la soga -dijo Oliveira-. Su función natural saboteada por una misteriosa tendencia a la neutralización. Creo que a eso le llaman la entropía.

– Está bastante bien ajustado -dijo Talita-. ¿Le doy otra vuelta? Total hay un pedazo que cuelga.

– Sí, arrollala bien -dijo Traveler-. Me revientan las cosas que sobran y que cuelgan; es diabólico.

– Un perfeccionista -dijo Oliveira-. Ahora pasate a mi tablón para probar el puente.

Tengo miedo -dijo Talita-. Tu tablón parece menos sólido que el nuestro.

– ¿Qué? -dijo Oliveira ofendido-. ¿Pero vos no te das cuenta que es un tablón de puro cedro? No vas a comparar con esa porquería de pino. Pasate tranquila al mío, nomás.

– ¿Vos qué decís, Manú? -preguntó Talita, dándose vuelta.

Traveler, que iba a contestar, miró el punto donde se tocaban los dos tablones y la soga mal ajustada. A caballo sobre su tablón, sentía que le vibraba entre las piernas de una manera entre agradable y desagradable. Talita no tenía más que apoyarse sobre las manos, tomar un ligero impulso y entrar en la zona del tablón de Oliveira. Por supuesto el puente resistiría; estaba muy bien hecho.

– Mirá, esperá un momento -dijo Traveler, dubitativo-. ¿No le podés alcanzar el paquete desde ahí?

– Claro que no puede -dijo Oliveira, sorprendido-. ¿Qué idea se te ocurre? Estás estropeando todo.

– Lo que se dice alcanzárselo, no puedo -admitió Talita-. Pero se lo puedo tirar, desde aquí es lo más fácil del mundo.

– Tirar -dijo Oliveira, resentido-. Tanto lío y al final hablan de tirarme el paquete.

– Si vos sacás el brazo estás a menos de cuarenta centímetros del paquete -dijo Traveler-. No hay necesidad de que Talita vaya hasta allá. Te tira el paquete y chau.

– Va a errar el tiro, como todas las mujeres -dijo Oliveira- y la yerba se va a desparramar en los adoquines, para no hablar de los clavos.

– Podés estar tranquilo -dijo Talita, sacando presurosa el paquete-. Aunque no te caiga en la mano lo mismo va a entrar por la ventana.

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