– Aquí -dijo Remorino, mostrándole un lugar del registro-. Vamos, que se le va a enfriar el café con leche. Antúnez firmó floridamente, saludó a todos y se fue con unos pasitos rosa que encantaron a Talita. El segundo piyama era mucho más gordo, y después de circunnavegar la mesita fue a darle la mano al administrador, que la estrechó sin ganas y señaló el registro con un gesto seco.

– Usted ya está enterado, de modo que firme y vuélvase a su pieza.

– Mi pieza está sin barrer -dijo el piyama gordo.

La Cuca anotó mentalmente la falta de higiene. Remorino trataba de poner la Birome en la mano del piyama gordo, que retrocedía lentamente.

– Se la van a limpiar en seguida -dijo Remorino- Firme, don Nicanor.

– Nunca -dijo el piyama gordo-. Es una trampa.

– Qué trampa ni qué macana -dijo el administrador-. Ya el doctor Ovejero les explicó de qué se trataba. Ustedes firman, y desde mañana doble ración de arroz con leche.

– Yo no firmo si don Antúnez no está de acuerdo -dijo el piyama gordo.

– Justamente acaba de firmar antes que usted. Mire.

– No se entiende la firma. Esta no es la firma de don Antúnez. Ustedes le sacaron la firma con picana eléctrica. Mataron a don Antúnez.

– Andá traelo de vuelta -mandó el administrador a Remorino, que salió volando y volvió con Antúnez. El piyama gordo soltó una exclamación de alegría y fue a darle la mano.

– Dígale que está de acuerdo, y que firme sin miedo dijo el administrador-. Vamos, que se hace tarde.

– Firmá sin miedo, m’hijo -le dijo Antúnez al piyama gordo-. Total lo mismo te la van a dar por la cabeza.

El piyama gordo soltó la Birome -. Remorino la recogió rezongando, y el administrador se levantó como una fiera. Refugiado detrás de Antúnez, el piyama gordo temblaba y se retorcía las mangas. Golpearon secamente a la puerta, y antes de que Remorino pudiera abrirla entró sin rodeos una señora de kimono rosa, que se fue derecho al registro y lo miró por todos lados como si fuera un lechón adobado. Enderezándose satisfecha, puso la mano abierta sobre el registro.

– Juro -dijo la señora-, decir toda la verdad. Usted no me dejará mentir, don Nicanor.

El piyama gordo se agitó afirmativamente, y de pronto aceptó la Birome que le tendía Remorino y firmó en cualquier parte, sin dar tiempo a nada.

– Qué animal -le oyeron murmurar al administrador-. Fijate si cayó en buen sitio, Remorino. Menos mal. Y ahora usted, señora Schwitt, ya que está aquí. Marcale el sitio, Remorino.

– Si no mejoran al ambiente social no firmo nada -dijo la señora Schwitt-. Hay que abrir puertas y ventanas al espíritu.

– Yo quiero dos ventanas en mi cuarto -dijo el piyama gordo-. Y don Antúnez quiere ir a la Franco-Inglesa a comprar algodón y qué sé yo cuántas cosas. Este sitio es tan oscuro.

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