– No son inútiles -dijo Oliveira-. Si querés venir aquí no tenés necesidad de pedirme permiso. Creo que está claro.
– ¿Me jurás que no te vas a tirar?
Oliveira se quedó mirándolo como si Traveler fuera un panda gigante.
– Por fin -dijo-. Se destapó la olla. Ahí abajo la Maga está pensando lo mismo. Y yo que creía que a pesar de todo me conocían un poco.
– No es la Maga -dijo Traveler-. Sabés perfectamente que no es la Maga.
– No es la Maga -dijo Oliveira-. Sé perfectamente que no es la Maga. Y vos sos el abanderado, el heraldo de la rendición, de la vuelta a casa y al orden. Me empezás a dar pena viejo.
– Olvidate de mí -dijo Traveler, amargo-. Lo que quiero es que me des tu palabra de que no vas a hacer esa idiotez.
– Fijate que si me tiro -dijo Oliveira-, voy a caer justo en el Cielo.
– Pasate de este lado, Horacio, y dejame hablar con Ovejero. Yo puedo arreglar las cosas, mañana nadie se va a acordar de esto.
– Lo aprendió en el manual de psiquiatría -dijo Oliveira, casi admirado-. Es un alumno de gran retentiva.
– Escuchá -dijo Traveler-. Si no me dejás asomarme a la ventana voy a tener que abrirles la puerta y va a ser peor.
– Me da igual, una cosa es que entren y otra es que lleguen hasta aquí.
– Querés decir que si tratan de agarrarte vos te vas a tirar.
– Puede ser que de tu lado signifique eso.
– Por favor -dijo Traveler, dando un paso adelante-. ¿No te das cuenta de que es una pesadilla? Van a creer que estás loco de veras, van a creer que realmente yo quería matarte.
Oliveira se echó un poco más hacia fuera, y Traveler se detuvo a la altura de la segunda línea de palanganas acuosas. Aunque había hecho volar dos rulemanes de una patada, no siguió avanzando. Entre los alaridos de la Cuca y Talita, Oliveira se enderezó lentamente y les hizo una seña tranquilizadora. Como vencido, Traveler arrimó un poco la silla y se sentó. Volvían a golpear la puerta, menos fuerte que antes.
– No te rompás más la cabeza -dijo Oliveira-. ¿Por qué le buscás explicaciones, viejo? La única diferencia real entre vos y yo en este momento es que yo estoy solo. Por eso lo mejor es que bajes a reunirte con los tuyos, y seguimos hablando por la ventana como bueno amigos. A eso de las ocho me pienso mandar mudar, Gekrepten quedó en esperarme con tortas fritas y mate.
– No estás solo, Horacio. Quisieras estar solo por pura vanidad, por hacerte el Maldoror porteño. ¿Hablabas de un
– Es una lástima -dijo Oliveira- que te hagas una idea tan pacata de la vanidad. Ahí está el asunto, hacerte una idea de cualquier cosa, cueste lo que cueste. ¿No sos capaz de intuir un solo segundo que esto puede no ser así?
– Ponele que lo piense. Lo mismo estás hamacándote al lado de la ventana abierta.
– Si realmente sospecharas que esto puede no ser así, si realmente llegaras al corazón del alcaucil… Nadie te pide que niegues lo que estás viendo, pero si solamente fueras capaz de empujar un poquito, comprendés, con la punta del dedo…
– Si fuera tan fácil -dijo Traveler-, si no hubiera más que colgar piolines idiotas… No digo que no hayas dado tu empujón, pero mirá los resultados.
– ¿Qué tienen de malo, che? Por lo menos estamos con la ventana abierta y respiramos este amanecer fabuloso, sentí el fresco que sube a esta hora. Y abajo todo el mundo se pasea por el patio, es extraordinario, están haciendo ejercicio sin saberlo. La Cuca, fijate un poco, y el Dire, esa especie de marmota pegajosa. Y tu mujer que es la haraganería misma. Por tu parte no me vas a negar que nunca estuviste tan despierto como ahora. Y cuando digo despierto me entendés, ¿verdad?
– Me pregunto si no será al revés, viejo.