– Oh, esas son las soluciones fáciles, cuentos fantásticos para antologías. Si fueras capaz de ver la cosa por el otro lado a lo mejor ya no te querrías mover de ahí. Si te salieras del territorio, digamos de la casilla una a la dos, o de la dos a la tres… Es tan difícil,
– Déjense de joder -les gritó Traveler a los que golpeaban otra vez la puerta-. Che, en este loquero no se puede hablar tranquilo.
– Sos grande, hermano -dijo Oliveira conmovido.
– De todas maneras -dijo Traveler acercando un poco la silla- no me vas a negar que esta vez se te está yendo la mano. Las transustanciaciones y otras yerbas están muy bien pero tu chiste nos va a costar el empleo a todos, y yo lo siento sobre todo por Talita. Vos podrás hablar todo lo que quieras de la Maga, pero a mi mujer le doy de comer yo.
– Tenés mucha razón -dijo Oliveira-. Uno se olvida de que está empleado y esas cosas. ¿Querés que le hable a Ferraguto? Ahí está al lado de la fuente. Disculpame, Manú, yo no quisiera que la Maga y vos…
– ¿Ahora es a propósito que le llamás la Maga? No mientas, Horacio.
– Yo sé que es Talita, pero hace un rato era la Maga. Es las dos, como nosotros.
– Eso se llama locura -dijo Traveler.
– Todo se llama de alguna manera, vos elegís y dale que va. Si me permitís voy a atender un poco a los de afuera, porque están que no dan más.
– Me voy -dijo Traveler, levantándose.
– Es mejor -dijo Oliveira-. Es mucho mejor que te vayas y desde aquí yo hablo con vos y con los otros. Es mucho mejor que te vayas y que no dobles las rodillas como lo estás haciendo, porque yo te voy a explicar exactamente lo que va a suceder, vos que adorás las explicaciones como todo hijo de los cinco mil años. Apenas me saltés encima llevado por tu amistad y tu diagnóstico, yo me voy a hacer a un lado, porque no sé si te acordás de cuando practicaba judo con los muchachos de la calle Anchorena, y el resultado es que vas a seguir viaje por esta ventana y te vas a hacer moco en la casilla cuatro, y eso si tenés suerte porque lo más probable es que no pases de la dos.
Traveler lo miraba, y Oliveira vio que se le llenaban los ojos de lágrimas. Le hizo un gesto como si le acariciara el pelo desde lejos.
Traveler esperó todavía un segundo, y después fue a la puerta y la abrió. Apenas quiso entrar Remorino (detrás se veía a otros dos enfermeros) lo agarró por los hombros y lo echó atrás.
– Déjenlo tranquilo -mandó-. Va a estar bien dentro de un rato. Hay que dejarlo solo, qué tanto joder.
Prescindiendo del diálogo rápidamente ascendido a tetrálogo, exálogo y dodecálogo, Oliveira cerró los ojos y pensó que todo estaba tan bien así, que realmente Traveler era su hermano. Oyó el golpe de la puerta al cerrarse, las voces que se alejaban. La puerta se volvió a abrir coincidiendo con sus párpados que trabajosamente se levantaban.
– Metele la falleba -dijo Traveler-. No les tengo mucha confianza.
– Gracias -dijo Oliveira-. Bajá al patio, Talita está muy afligida.