Pero ¿por qué? ¡Quedaba tan poca gente de los viejos tiempos! Y no sólo eran los antiguos clichés (cárcel, drogas o policías) los que se los habían llevado. Las afueras, al igual que otros estados, también habían traído a una buena cantidad de ellos; el aliciente de encajar con el resto de la humanidad, de convertirse en un gran país de jugadores de golf, de asiduos a los centros comerciales y de propietarios de pequeños negocios con mujeres rubias y grandes pantallas de televisión.

No, la verdad es que no quedaban muchos. Dave sintió una pizca de orgullo, de felicidad y de extraña aflicción mientras le daba la mano a Sean y recordaba aquel día en el andén del metro en el que Jimmy había saltado a los raíles del tren, y los sábados en general, aquella época en la que sentían que todo era posible.

– Muy bien -respondió Sean y, aunque lo dijo con convicción, Dave se percató de que algo diminuto le malograba la sonrisa-. ¿Y este quién es?

Sean se agachó junto a Michael.

– Es mi hijo -contestó Dave-. Michael.

– ¡Hola, Michael! Encantado de conocerte.

– iHola!

– Me llamo Sean. Tu padre y yo habíamos sido amigos hace un montón de años.

Dave se percató de que a Michael le complacía la voz de Sean. Sin lugar a dudas, Sean tenía una voz muy especial, parecida a la del tipo que hacía la voz en off de los avances cinematográficos de la temporada, y Michael se alegró al oirla, viendo la leyenda, tal vez, de su padre y de aquel desconocido alto y seguro de si mismo cuando eran niños y jugaban en las mismas calles, y con los mismos sueños que los de Milchael y sus amigos.

– Encantado de conocerle -dijo Michael.

– El placer es mío, Michael. -Sean estrechó la mano de Michael y después se levantó y miró a Dave-. ¡Un chico muy majo, Dave! ¿Cómo está Celeste?

– Muy bien.

Dave intentó recordar el nombre de la mujer con la que Sean se había casado, pero sólo recordaba que la había conocido en la universidad. ¿Laura? ¿Erin?

– Salúdala de mi parte, ¿quieres?

– Por supuesto. ¿Aún sigues en la policía estatal?

Dave entornó los ojos en el momento en que el sol salía de detrás de una nube y reverberaba con fuerza en el resplandeciente maletero negro del sedán oficial.

– Sí -contestó Sean-. De hecho, te presento al sargento Powers, Dave. Mi jefe. Del Departamento de Homicidios de la Policía del Estado.

Dave estrechó la mano del sargento Powers, y la palabra quedó entre ellos, flotando en el aire. Homicidio.

– ¿Cómo está?

– Bien, señor Boyle. ¿Y usted?

– Bien.

– Dave -dijo Sean-, si tienes un momento libre, nos encantaría hacerte un par de preguntas rápidas.

– Por supuesto. ¿Qué pasa?

– ¿Qué le parece si vamos dentro?

El sargento Powers inclinó la cabeza hacia la puerta principal de la casa de Dave.

– ¡Sí, claro! -Dave volvió a coger a Michael de la mano-. Síganme.

Cuando pasaban por delante de la casa de McAllister en dirección a las escaleras, Sean comentó:

– He oído decir que, incluso aquí, los precios del alquiler han subido mucho.

– Incluso aquí -repitió Dave-. Parece que quieran convertirlo en un barrio similar al de la colina, con una tienda de antigüedades en cada esquina.

– Si, la colina -dijo Sean con una risa sofocada- ¿Recuerdas la casa de mi padre? Ahora es un bloque de pisos.

– ¡No puede ser! -exclamó Dave-. ¡Con lo bonita que era!

– Evidentemente la vendió antes de que los precios se pusieran por las nubes.

– ¡Y ahora es un bloque de pisos! -se lamentó Dave, mientras la voz le resonaba en la estrecha escalera. Negó con la cabeza-. Estoy seguro de que los ejecutivos que lo compraron sacan por cada piso la misma cantidad por la que se la vendió tu padre.

– Sí, más o menos -respondió Sean-. Pero ¿qué se puede hacer?

– No lo sé. Pero debe de haber alguna manera de detener a esa gente. Devolverles al lugar que les corresponde a ellos y a sus malditos teléfonos móviles. Sean, el otro día un amigo mío me dijo: «Lo que este barrio necesita es una buena oleada de delitos, joder». -Dave se rió-. «Eso haría que los precios de compra, y con ello también los de alquiIer, volvieran al nivel que les pertenece.»

– Si siguen asesinando a chicas en el Pen Park, señor Boyle, es posible que su deseo se haga realidad -apuntó el sargento Powers.

– No es mi deseo en absoluto -replicó Dave.

– Ya me lo imagino -dijo el sargento Powers.

– Papá, has dicho la palabra esa que empieza por «j» -dijo Michael.

– Lo siento, Mike. No volverá a suceder -guiñó el ojo a Sean por encima del hombro mientras abría la puerta de la casa.

– ¿Está su mujer en casa, señor Boyle? -le preguntó el sargento Powers mientras entraban.

– ¿Eh? No, no está. Mike, ahora vete a hacer los deberes, ¿de acuerdo? De aquÍ a un rato tenemos que ir a casa del tío Jimmy y de la tía Annabeth.

– ¡Venga! Yo…

– Mike -repitió Dave mirando a su hijo-. Haz el favor de irte arriba. Estos hombres y yo tenemos que hablar.

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