Michael adoptó esa expresión de abandono que los niños suelen poner cada vez que se sienten excluidos de las conversaciones de los mayores; se dirigió hacia las escaleras, con los hombros caídos y arrastrando los pies como si tuviera bloques de hielo atados a los tobillos. Soltó el suspiro que había aprendido de su madre y comenzó a subir las escaleras.

– Debe ser algo generalizado -comentó el sargento powers mientras tomaba asiento en el sofá de la sala de estar.

– ¿El qué?

– Ese gesto de los hombros. Cuando tenía su edad, mi hijo solía hacer lo mismo cada vez que lo mandábamos a dormir.

– ¿De verdad? -exclamó Dave; luego se sentó en el canapé que había al otro lado de la mesa auxiliar.

Durante un minuto más o menos, Dave observó a Sean y al sargento Powers, mientras éstos le miraban a él; los tres tenían las cejas alzadas y estaban a la espera.

– ¿Te has enterado de lo de Katie Marcus? -le preguntó Sean.

– Por supuesto -contestó Dave-. Esta misma mañana he estado en su casa y Celeste aún está allí. ¡Santo cielo, Sean! ¿Qué puedo decir? Es el más terrible de los crímenes.

– Lo ha definido muy bien -apuntó el sargento Powers.

– ¿Ya han cogido al responsable? -preguntó Dave.

Se frotó el puño derecho hinchado con la palma de su mano izquierda, y al darse cuenta de lo que estaba haciendo, se inclinó hacia atrás y se metió ambas manos en los bolsillos, intentando parecer tranquilo.

– En ello estamos. No le quepa ninguna duda, señor Boyle.

– ¿Cómo lo lleva Jimmy? -preguntó Sean.

– Es difícil de decir.

Dave miró a Sean, contento de desviar la mirada de la del sargento Powers; había algo en el rostro de aquel hombre que no le gustaba: la forma que tenía de observar, como si pudiera verte las mentiras, todas y cada una de ellas desde la primera que uno había dicho en esta maldita vida.

– Ya sabes cómo es Jimmy -apuntó Dave.

– Realmente, no. Ya no lo sé.

– Bien, aún se lo guarda todo para él -dijo Dave-. No hay forma de adivinar lo que en realidad le pasa por la cabeza.

Sean hizo un gesto de asentimiento y añadió:

– El motivo de nuestra visita, Dave…

– La vi -declaró Dave-. No sé si lo sabíais.

Miró a Sean y éste separó las manos, expectante.

– La noche -prosiguió Dave-, supongo que fue la misma noche en que murió, la vi en el McGills.

Sean y el policia intercambiaron una mirada; luego Sean se inclinó hacia delante y, mirando a Dave con una expresión amistosa, le dijo:

– Sí, bien, Dave, en realidad eso es lo que nos ha traído hasta aquí. Tu nombre aparecía en la lista de gente que se encontraba esa noche en el McGills; nos la facilitó el camarero, que hizo un esfuerzo por recordar lo que había visto. Nos han dicho que Katie montó un buen espectáculo.

Dave asintió con la cabeza y dijo:

– Ella y una amiga suya se pusieron a bailar encima de la barra.

– Iban bastante borrachas, ¿no es verdad? -preguntó el policía.

– Sí, pero…

– Pero ¿qué?

– Era una borrachera inofensiva. Bailaban, pero no se estaban quitando la ropa ni nada de eso. No sé, supongo que con diecinueve años… ¿Entienden lo que les quiero decir?

– El hecho de que tuvieran diecinueve años y que les sirvieran en un bar implica que ese bar pierde el permiso de vender bebidas alcohólicas durante una temporada -dijo el sargento Powers.

– ¿Usted nunca lo hizo?

– ¿El qué?

– ¿Beber antes de los veintiuno?

El sargento Powers sonrió, y la sonrisa se quedó grabada en el cerebro de Dave de la misma forma que lo habían hecho sus ojos, como si cada milímetro de aquel tipo le estuviera escudriñando.

– ¿A qué hora cree que se marchó del McGills, señor Boyle?

Dave se encogió de hombros y respondió:

– A eso de la una.

El sargento Powers lo apuntó en la libreta que sostenía encima de las rodillas.

Dave miró a Sean.

– Sólo intentamos poner los puntos sobre las íes, Dave -aclaró Sean-. Estabas con Stanley Kemp, ¿no es así? ¿Stanley el Gigante?

– Así es.

– A propósito, ¿cómo está? Me han dicho que su hijo contrajo alguna especie de cáncer.

– Leucemia -contestó Dave-. Hará un par de años. Murió a los cuatro años de edad.

– ¡Qué horror! -exclamó Sean-. ¡Mierda! ¡Nunca se sabe! Es como si en un momento dado todo fuera viento en popa, y un minuto después, al doblar la esquina, uno pudiera contraer una extraña enfermedad en el pecho y morir cinco meses después. ¡Este mundo en el que vivimos!

– ¡Este mundo! -asintió Dave-. Sin embargo, Stan está bien, teniendo en cuenta las circunstancias. Tiene un buen trabajo en Edison. Y sigue jugando al croquet todos los martes y jueves por la noche para entrenarse para la Liga del Parque.

– ¿Aún sigue siendo tan malo jugando al ajedrez?

Sean soltó una risita.

– ¡Y mira que llega a darle a los codos! -exclamó Dave con una risa sofocada.

– ¿A qué hora dirías que las chicas se marcharon del bar? -le preguntó Sean, con los ecos de su risa resonando aún en al aire.

– No lo sé -contestó Dave-. Estaba finalizando el partido de los Sox.

Перейти на страницу:

Похожие книги