– Había un tipo que me caía muy mal. El porqué no importa. Pues bien, una vez al mes más o menos, introducía su número de matrícula en el Registro de Vehículos por haber cometido alguna infracción; iba cambiando de infracción: un día por haber aparcado demasiado tiempo en una zona azul, otro día por haber dejado el coche en una zona de carga y descarga, etc. Bien, la cuestión es que el tipo estaba fichado, pero él no lo sabía.

– Porque nunca recibió ninguna multa -aclaró Annabeth.

– Correcto. Además, cada veintiún días le recargaban cinco dólares más por falta de pago; en fin, que las facturas se le fueron amontonando hasta que un día recibió una citación judicial.

– Y se enteró de que debía unos mil doscientos dólares al Estado -recalcó Whitey.

– ¡Mil doscientos! -repitió Sean-. Él insistió en que nunca había recibido ninguna multa, pero el tribunal no le creyó. Todo el mundo les va con el mismo cuento. Total, que el tipo está jodido. Después de todo, su nombre aparece en el ordenador, y los ordenadores no mienten.

– ¡Es genial! -exclamó Dave-. ¿Lo haces muy a menudo?

– ¡No! -contestó Sean, y Annabeth y Jimmy empezaron a reírse-. No, de verdad que no, David.

– ¡Ten cuidado! -le advirtió Jimmy-. Ahora te llama «David».

– Sólo lo he hecho una vez y al tipo ése.

– ¿Cómo te descubrieron?

– Su tía trabajaba para el Registro de Vehículos -contestó Whitey-. ¿No os parece increíble?

– ¡Y tanto! -exclamó Annabeth. Sean asintió con la cabeza y añadió:

– ¿Y yo cómo iba a saberlo? Total, que el tipo pagó las multas, pero se lo contó a su tía y ésta siguió la pista y se enteró de que había sido alguien de mi comisaría; como yo ya había tenido algún que otro percance con el caballero en cuestión, fue muy fácil para el comandante jefe atar cabos y reducir la lista de sospechosos; así es como me pillaron.

– ¿Qué marrón te cayó exactamente por esto? -preguntó Jimmy.

– ¡Uno bueno! -admitió Sean, y esa vez se rieron los cuatro.

– ¡Un marrón enorme, interminable y espantoso!

Sean se percató de que a Jimmy le brillaban los ojos, y también empezó a reírse.

– No ha sido un año muy bueno para el pobre agente Devine -declaró Whitey.

– Tuvo suerte de que no se enterara nadie de la prensa -apuntó Annabeth.

– ¡Ya nos ocupamos nosotros mismos de castigarle! -repuso Whitey-. Y en realidad, la mujer que trabajaba en el Registro de Vehículos sólo averiguó la comisaría en la que fueron expedidas las multas, pero no sabía quién lo había hecho. ¿Qué podíamos alegar? ¿Un error administrativo?

– Fallo técnico del ordenador -dijo Sean-. El comandante jefe me obligó a indemnizarle, bla, bla, bla, me suspendió una semana sin paga y me ha puesto a prueba por un período de tres meses. No obstante, podría haber sido mucho peor.

– Podrían haberle degradado -explicó Whitey.

– ¿Por qué no lo hicieron? -preguntó Jimmy.

Sean apagó el cigarrillo, alargó los brazos y contestó: -Porque soy Superpoli. ¿No lees los periódicos, Jim?

– Lo que el egocéntrico éste les está intentando decir es que, en los últimos meses, ha resuelto unos cuantos casos importantes -dijo Whitey-. Es la persona que ha resuelto más casos en mi unidad. Antes de echarle, tenemos que esperar a que alguien le supere.

– ¡Aquel caso de violencia en la carretera! -exclamó Dave-. Una vez vi tu nombre en el periódico.

– Dave sí que lee -dijo Sean a Jimmy.

– Sin embargo, no creo que lea libros sobre cómo jugar bien al billar -dijo Whitey con una sonrisa-. ¿Cómo tiene esa mano?

Jimmy se volvió hacia Dave, y sus miradas se cruzaron en el instante en el que Dave bajaba los ojos; Jimmy tuvo la sensación de que el poli grande se estaba metiendo con Dave, presionándole. Jimmy había tenido suficientes experiencias de ese tipo para saber que, por el tono de voz que utilizaba, le estaba tomando el pelo a Dave por lo de la mano. ¿Qué habría querido decir con lo del billar?

Dave abrió la boca para hablar, pero se quedó paralizado al ver algo por encima del hombro de Sean. Jimmy le siguió la mirada y se puso rígido de la cabeza a los pies.

Sean volvió la cabeza y vio a Celeste Boyle con un vestido azul oscuro en la mano; sostenía la percha a la altura del hombro, por lo que el vestido se balanceaba a su lado, como si cubriera un cuerpo que nadie alcanzaba a ver.

Celeste vio la expresión del rostro de Jimmy y le dijo:

– Ya lo llevaré yo a la funeraria, Jim. No hay ningún problema. Daba la impresión de que Jimmy había olvidado cómo moverse.

– No tienes por qué hacerlo -repuso Annabeth.

– Me gustaría hacerlo -respondió Celeste con una sonrisa extraña y desesperada-. De verdad. Me gustaría. Así me dará el aire un rato. Quiero hacerlo, Anna.

– ¿Estás segura? -preguntó Jimmy, y la voz le salió de la boca con un suave gruñido.

– ¡Claro que sí! -contestó Celeste.

Sean era incapaz de recordar cuándo había sido la última vez que viera a alguien tan desesperado por salir de una habitación. Se levantó de la silla, se dirigió y hacia ella y alargó la mano.

– Nos hemos visto unas cuantas veces. Soy Sean Devine.

– ¡Ah, sí!

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