– Me retiré de la partida, ya que era incapaz de seguir jugando.
– ¡Por supuesto! -apuntó Whitey.
– Sí, la verdad es que me fastidió bastante porque hasta ese momento iba ganando -dijo Dave.
Whitey hizo un gesto de asentimiento, se volvió hacia el coche de Dave, y le dijo:
– Tiene el mismo problema que yo he tenido con el mío.
Dave se volvió para mirar su coche y respondió:
– No creo. Nunca he tenido ningún problema con este coche.
– ¡Mierda! El dispositivo de encendido de mi Accord me costó un ojo de la cara, sesenta y cinco mil dólares. Luego me enteré de que a un amigo mío le había pasado lo mismo. Con lo que me he gastado arreglándolo y lo que pagué por el examen de conducir, el coche me ha salido bien caro, ¿sabe?
– Sin embargo, mi coche es estupendo. -Se dio la vuelta y luego se volvió de nuevo hacia ellos-. Bien, me voy a buscar esos cigarrillos.
– Ya nos veremos en la casa.
– Sí, hasta luego -respondió Sean saludándole con la mano antes de que Dave bajara de la acera y cruzara la avenida.
Whitey echó un vistazo al Honda y dijo:
– Tiene una buena abolladura en la parte delantera.
– ¡Ostras, sargento, creía que no se había dado cuenta! -exclamó Sean.
– ¡Y la historia que nos ha contado del taco de billar! -Whitey profirió un silbido-. ¿Qué hacía…? ¿Sostener el extremo del palo con la palma de la mano?
– No obstante, tenemos un problema -declaró Sean, mientras observaban cómo Dave entraba en Eagle Liquors.
– ¿Ah, sí? ¿Cuál, superpoli?
– Si cree que Dave fue el tipo que Souza vio en el aparcamiento del Last Drop, entonces estaba aplastándole la cabeza a otra persona mientras asesinaban a Katie Marcus.
Whitey le dedicó una mueca de desaprobación y añadió:
– ¿Es eso lo que piensa? Pues yo creo que fue el tipo que estaba sentado en el aparcamiento en el preciso instante en que salía del bar la chica que iba a morir media hora después. Creo que no estaba en casa a las dos menos diez, como quiso hacernos creer.
A través del
– Cabe la posibilidad de que la sangre que la Policía Científica encontró en el suelo del aparcamiento llevara varios días allí -apuntó Whitey-. No tenemos ninguna prueba de que esa noche se produjera una pelea en el bar. ¿Que la gente del bar dice que esa noche no hubo ninguna pelea en el bar? ¿Y qué? Podría haber pasado el día anterior o esa misma tarde. No hay ninguna relación causal entre la sangre del aparcamiento y el hecho de que Dave Boyle estuviera sentado dentro de su coche a la una y media. Pero, desde luego, sí que la hay con respecto a que estuviera sentado en ese coche en el momento en que Katie Marcus salió del bar -le dio un golpecito a Sean en el hombro-. ¡Venga, vamos a entrar!
Sean miró por última vez a Dave mientras éste pagaba al dependiente de la tienda. Dave le daba lástima. Al margen de lo que pudiera haber hecho, Dave provocaba ese sentimiento en la gente: lástima, en su estado más puro y un poco desagradable, tan afilada como una roca.
Celeste, que estaba sentada en la cama de Katie, oyó a los policías que subían por la escalera; sus zapatos pesados pisoteaban los viejos escalones al otro lado de la pared. Annabeth la había mandado allí, unos minutos antes, para que cogiera un vestido de Katie que Jimmy quería llevar a la funeraria; Annabeth se había disculpado por no ser lo bastante fuerte para entrar ella misma en la habitación. Era un vestido azul con un corte en los hombros, y Celeste recordó a Katie con él en la boda de Carla Eigen, con una flor azul y amarilla prendida a un lado de su peinado alto, justo encima de la oreja. Ese día había causado literalmente unas cuantas exclamaciones de admiración; Celeste pensó que ella misma nunca estaría así de guapa en toda su vida, mientras que Katie no se daba cuenta de lo deslumbrante que su belleza podía llegar a ser. Cuando Annabeth mencionó un vestido azul, Celeste supo de inmediato a cuál se refería.