– Sí, claro -contestó Dave-. El único problema es que tendré que volver a casa a pie.

Sean se rió y le preguntó:

– ¿A cuánta distancia está tu casa? ¿ A unas cinco manzanas?

– Casi a seis, si uno lo cuenta bien -respondió Dave.

– Más vale que os vayáis -advirtió Sean-, mientras aún quede un poco de luz. Que vaya bien, Michael.

– ¡Adiós! -contestó Michael.

– ¡Cuídate! -exclamó Dave, y dejaron a Sean junto a las escaleras.

Dave andaba con dificultad debido, con toda probabilidad, a las cervezas que se habría bebido de un trago en casa de Jimmy. Sean empezó a pensar: «Si de verdad lo hiciste, Dave, más te valdría dejar de beber ahora mismo, porque si Whitey y yo decidimos ir a por ti, vas a necesitar todas las células de tu cerebro. ¡Hasta la última!».

El Pen Channel se veía plateado a aquella hora de la noche; aunque el sol ya se había puesto, todavía quedaba un poco de luz en el cielo. Sin embargo, las cimas de los árboles del parque se habían vuelto negras y, desde allí, la pantalla del autocine tan sólo era una penosa sombra. Celeste estaba sentada dentro del coche en la zona de Shawmut, contemplando el canal, el parque y el barrio de East Bucky que se alzaba, cual vertedero de basuras, detrás de él. Las marismas quedaban casi ocultas por el parque, a excepción de algunos campanarios y de los tejados más altos. No obstante, las casas de la colina se elevaban por encima de las marismas y lo contemplaban todo desde lomas pavimentadas y onduladas.

Celeste ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta allí. Había entregado el vestido a uno de los hijos de Bruce Reed; éste vestía de negro de pies a cabeza, pero tenía las mejillas tan bien afeitadas y unos ojos tan joviales que más bien parecía que estuviera a punto de irse al baile de final de curso. Se había marchado de la funeraria y lo siguiente que recordaba es que se había detenido en la parte trasera de la planta siderúrgica Isaak, que llevaba mucho tiempo cerrada. Había atravesado las naves vacías de unos edificios de dimensiones gigantescas y se había estacionado en un extremo del aparcamiento; había rozado los barrotes putrefactos con el parachoques del coche y había seguido con la mirada el lento fluir del canal, a medida que éste avanzaba hacia las esclusas del puerto.

Desde que oyera hablar a los dos policías del coche de Dave, de su coche, del mismo coche en el que estaba sentada en ese momento, se había sentido ebria. Pero no ebria de un modo divertido: suelta, relajada y con un suave zumbido. No, se sentía como si hubiera estado bebiendo vino barato toda la noche, para luego ir a casa y caer redonda; como si después se hubiera despertado, todavía con la cabeza espesa y la lengua seca, agotada por el veneno, torpe, dura de mollera e incapaz de concentrarse.

«Estás asustada», le había dicho el policía, y le había acertado en pleno corazón, de modo que lo único que había sido capaz de hacer era negarlo con rotundidad. «No, no lo estoy. Sí, sí que lo estás. No, no lo estoy. Sí que lo estás. Sé que lo estás. No, no, no.»

Estaba asustada. En realidad, estaba aterrorizada. Tenía tanto miedo que se sentía desfallecer.

Se decía a sí misma que hablaría con él. Después de todo, seguía siendo Dave: un buen padre, un hombre que nunca le había levantado la mano o mostrado predisposición alguna a la violencia en todos los años que hacía que le conocía. Nunca había llegado a dar una patada a la puerta ni a golpear una pared. Estaba convencida de que aún podría hablar con él.

Le diría: «Dave, ¿de quién era la sangre que lavé de tu ropa? ¿Qué sucedió en realidad el sábado por la noche?».

«Puedes contármelo. Soy tu mujer. Puedes explicármelo todo.» Eso es lo que haría. Hablaría con él. No tenía ningún motivo para tenerle miedo. Era Dave. Se amaban y todo se arreglaría de un modo u otro. Estaba segura.

Con todo, seguía allí, en el extremo más alejado del canal, al amparo de una planta siderúrgica abandonada que hacía poco había sido comprada por un inversor, con la supuesta intención de convertirlo en un aparcamiento si seguían adelante con los planes de construir un estadio al otro lado del río. Se quedó mirando el parque en el que Katie Marcus había sido asesinada. Esperaba que alguien le dijera cómo ponerse en marcha otra vez.

Jimmy se sentó con el hijo de Bruce Reed, Ambrose, en la oficina de su padre, para repasar los detalles, y deseó poder hablar con Bruce en persona en vez de con aquel chico que parecía recién salido de la universidad. Era más fácil imaginárselo jugando al Frisbee que levantando un féretro, y Jimmy era incapaz de imaginarse sus manos lisas y suaves en la sala de embalsamamiento, tocando a los muertos.

Había dicho a Ambrose la fecha de nacimiento y el número de la Seguridad Social de Katie, y el chico lo había apuntado con un bolígrafo de oro en un formulario que tenía encima de una carpeta; después, con una voz aterciopelada que era una versión más juvenil de la de su padre, le había dicho:

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