– Bien, bien. Veamos, señor Marcus, ¿ desea una ceremonia católica? ¿Con velatorio y misa?
– Sí.
– Entonces, creo que el velatorio debería ser el miércoles.
Jimmy asintió con la cabeza y añadió:
– Ya hemos reservado la iglesia para las nueve de la mañana del Jueves.
– Las nueve de la mañana -repitió el chico, a medida que lo anotaba-o ¿A qué hora quiere que se celebre el velatorio?
– Queremos dos -contestó Jimmy-. Uno de tres a cinco, y otro de siete a nueve.
– De siete a nueve -iba apuntando el chico-o Bien, veo que ha traído las fotografías.
Jimmy contempló la pila de fotografías enmarcadas que tenía en el regazo: Katie en la fiesta de su graduación, Katie y sus hermanas en la playa. Katie y él en la inauguración de la tienda cuando Katie tenía ocho años, Katie con Eve y Diane; Katie, Annabeth, Jimmy, Nadine y Sara en el parque temático Six Flags. Katie el día que cumplió dieciséis años.
Colocó la pila de fotografías en una silla que había junto a él; sintió un ligero resquemor en la garganta que desapareció tan pronto como tragó saliva.
– ¿Se ha encargado de las flores? -preguntó Ambrose Reed.
– Esta misma tarde he hecho un pedido en la floristerÍa Knopfler's -respondió.
– ¿ Y la esquela?
Jimmy, mirando al chico a los ojos por primera vez, exclamó: -¡La esquela!
– Sí -contestó el chico mientras miraba la carpeta-. Con lo que quiere que aparezca en el periódico. Podemos ocuparnos nosotros mismos si nos informa un poco de lo que quiere que ponga. Si prefieren donativos en vez de flores, cosas de ese estilo.
Jimmy apartó la mirada de los reconfortantes ojos del chico y se quedó mirando al suelo. Debajo de ellos, en algún lugar del sótano de aquel blanco edificio victoriano, Katie yacía en la sala de embalsamamiento. Estaría desnuda mientras que Bruce Reed, y el chico aquél y sus dos hermanos se disponían a trabajar; a lavarla, retocarla y mantenerla en buen estado. Sus manos serenas y bien cuidadas le recorrerían el cuerpo. Le levantarían algunas partes. Le cogerían la barbilla con el dedo pulgar y el índice y se la girarían. Le pasarían peines por el pelo.
Pensaba en su hija, desnuda y desprotegida, con la carne pálida, a la espera de que aquellos extraños la tocaran por última vez; sin lugar a dudas, con cuidado, pero un cuidado insensible, aséptico. Después, una vez en el féretro, le pondrían cojines de raso tras la cabeza, y la llevarían sobre ruedas hasta la sala del velatorio, con un rostro helado de muñeca y su vestido favorito de color azul. La gente la miraría de cerca, rezaría por ella, hablaría de ella y lamentaría su pérdida; y luego, finalmente, sería enterrada. La meterían en un agujero que habría sido cavado por hombres que tampoco la conocían, y Jirnmy oiría el ruido sordo y distante de la tierra al caer, como si él mismo estuviera dentro del ataúd con ella.
Yacería en la oscuridad dos metros bajo tierra, hasta que se convirtiera en hierba y en aire que ella nunca podría ver ni sentir ni oler ni tocar. Permanecería allí miles de años, incapaz de oír las pisadas de la gente que iba a visitar su lápida, incapaz de oír ningún sonido procedente del mundo que había abandonado a causa de esos metros de tierra que les separaban.
«Voy a matarle, Katie. Haré todo lo posible por encontrarle antes que la policía y le mataré. Le meteré en un agujero mucho peor del que te van a meter a ti. No dejaré nada para embalsamar, nada para lamentar. Voy a hacerle desaparecer como si nunca hubiera existido, como si su nombre y todo lo que fue, o lo que piensa que es en este preciso momento, fuera tan sólo un sueño que cruzó la mente de alguien por un instante y fue olvidado antes de que se despertara.
»Encontraré al hombre que te ha puesto en esa mesa de ahí abajo, y le borraré de la faz de la tierra. Y la gente que le ama, si es que hay alguien, sufrirá mucho más que nosotros, Katie, porque nunca sabrán a ciencia cierta lo que le ha sucedido.
»Y no te preocupes por si seré capaz de hacerlo, nena. Papá puede hacerlo. Nunca lo supiste, pero papá ya ha matado antes. Papá siempre ha hecho lo que tenía que hacer, y puede volver a hacerlo.»
Se volvió de nuevo hacia el hijo de Bruce, que aún era demasiado nuevo en el oficio para que las largas pausas le pusieran nervioso. -Me gustaría que pusiera: «Marcus, Katherine Juanita, amada hija de James y Marita, difunta, hijastra de Annabeth, hermana de Sara y Nadine…».