A menudo, cuando pasaba por delante de la caseta del vigilante y seguía carretera arriba, con bandas de frenado amarillas cada diez metros que le hacían vibrar el eje del coche, Sean casi alcanzaba a ver las calles fantasma, los barrios fantasma y las vidas fantasma que los residentes de Wingate habían dejado atrás, como si los pisos con agua fría y pequeñas habitaciones blancas y sombrías, las escaleras de incendios de hierro forjado y los ruidosos niños flotaran a través de ese paisaje de estuco de cáscara de huevo y jardines puntiagudos, cual niebla matinal más allá de los límites de su visión periférica. Le invadía un sentimiento irracional de culpa: la culpa del hijo que ha llevado a sus padres a una residencia. Irracional, porque Wingate Estates no era, en realidad, una urbanización para mayores de sesenta años (aunque, a decir verdad, Sean nunca había visto a un residente que fuera más joven), y sus padres se habían trasladado allí por voluntad propia, empaquetando todas sus eternas quejas sobre la ciudad, el ruido, los actos violentos y los atascos para mudarse allí; tal y como decía su padre: «Allí podían salir de noche sin tener que darse la vuelta continuamente para comprobar si les seguían».

Con todo, Sean sentía que les había fallado, como si ellos hubieran esperado que él hubiera luchado más para tenerlos cerca. Sean observaba el lugar y lo único que veía era muerte, o como mínimo un lugar en el que esperarla, pero no sólo odiaba el hecho de que sus padres estuvieran allí, esperando el momento en que otra gente tuviera que llevarlos a ellos al médico, sino que también detestaba imaginarse a él mismo allí o en lugar parecido. Aunque sabía que las probabilidades de no acabar en un sitio así eran ínfimas: aún más en aquel preciso momento en que no tenía ni mujer ni hijos. Tenía treinta y seis años, a más de medio camino de tener un piso en Wingate, y con toda probabilidad la segunda mitad de su vida pasaría mucho más rápido que la primera.

Su madre sopló las velas del pastel que habían colocado sobre una mesita que ocupaba un hueco entre la diminuta cocina y una sala de estar rnás espaciosa; lo comieron en silencio y sorbieron el té al ritmo de las agujas del reloj de pared que había sobre ellos y del zumbido del aire acondicionado.

Cuando hubieron acabado, su padre se puso en pie y dijo: -Voy a lavar los platos.

– No, ya lo haré yo.

– No, tú siéntate.

– No, deja que lo haga yo.

– Siéntate, hoy es tu cumpleaños.

Su madre se sentó de nuevo y esbozó una ligera sonrisa, mientras su padre apilaba los platos y doblaba la esquina para llevarlos a la cocina.

– jTen cuidado con las migas! -le advirtió la madre.

– Ya lo tengo.

– Si no limpias bien el fregadero, volveremos a tener hormigas.

– Sólo hemos tenido una hormiga. Una.

– No, había más -explicó a Sean.

– De eso hace seis meses -se oyó a su padre decir entre el sonido del agua.

– y ratones.

– Nunca hemos tenido ratones.

– Pero la señora Feingold sí que tuvo. Dos. Y tuvo que poner trampas.

– Nunca hemos tenido ratones en casa.

– Porque yo me aseguro de que no dejes migas en el fregadero.

– jSanto cielo! -exclamó el padre de Sean.

La madre de Sean se bebió el té y se quedó mirando a su hijo por encima de la taza.

– He recortado un artículo para Lauren -anunció después de colocar la taza encima del platillo-. Lo tengo guardado en alguna parte.

La madre de Sean siempre recortaba artículos de periódico y se los daba cada vez que iba a visitarles. Si no, se los mandaba por correo en pilas de nueve o diez; Sean abría el sobre y se los encontraba perfectamente doblados, como un recordatorio del tiempo que había pasado desde que los visitara por última vez. Los artículos iban de temas diferentes, pero casi siempre trataban de cuestiones domésticas o de autoayuda: métodos para prevenir que se incendiara la secadora, cómo evitar que se quemara el congelador, las ventajas e inconvenientes de hacer el testamento en vida, cómo evitar los robos cuando uno estaba de vacaciones, consejos de salud para hombres con trabajos que producían mucho estrés (¡Lleva tu corazón a lo más alto!). Sean sabía que era la forma que tenía su madre para expresarle su amor, algo similar a abrocharle el abrigo y a ponerle bien la bufanda antes de que se fuera a la escuela en una mañana de enero; a Sean aún le hacía gracia el recorte que le había mandado dos días antes de que Lauren se fuera:

Atrévase con la fecundación in vitro. Sus padres nunca habían comprendido que el hecho de que Lauren y él no tuvieran hijos era por propia elección, si cabe, provocada por un miedo compartido (aunque nunca comentado) de que serían unos padres terribles.

Перейти на страницу:

Похожие книги