– Jimmy la tuvo cuando tenía, no sé, unos diecisiete años, un par de años antes de que le mandaran a Deer Island.
– ¡Dios mío! -exclamó su padre-. ¡Ese pobre desgraciado! ¿Su padre aún sigue en la cárcel?
– Está muerto, papá -respondió Sean.
Sean se dio cuenta de que la respuesta había afectado a su padre, de que le había transportado de repente a la cocina de la calle Gannon, en la que él y el padre de Jimmy habían pasado las tardes de los sábados bebiendo cervezas, mientras sus hijos jugaban en el patio trasero, el estruendo de sus risas estallando en el aire.
– ¡Mierda! -exclamó su padre-. Al menos, debió de morir fuera de la cárcel.
Sean contempló la posibilidad de mentirle, pero ya estaba haciendo un gesto negativo con la cabeza:
– No. Murió en la cárcel de Walpole, de cirrosis.
– ¿Cuándo?
La boca de su padre se ensanchó al pronunciar un «siete» silencioso. Tomó un trago de cerveza, y las manchas del dorso de las manos le parecieron más pronunciadas bajo la luz amarillenta que les iluminaba.
– Es tan fácil perder la pista de la gente, perder el concepto del tiempo…
– Lo siento, papá.
Su padre hizo una mueca. Era su única forma de responder a la amabilidad o a los cumplidos.
– ¿Por qué lo sientes? Tú no has hecho nada. Tim se sentenció a sí mismo el día que mató a Sonny Todd.
– Y todo por una partida de billar, ¿ no es verdad? Su padre se encogió de hombros y respondió:
– Los dos estaban borrachos. ¿Quién sabe? Habían bebido y los dos eran unos bocazas y tenían muy mal genio. Tim incluso tenía peor carácter que Sonny Todd. -Su padre tomó otro trago de cerveza-. ¿Qué tiene que ver el secuestro de Dave Boyle con la muerte de… córno se llamaba? Katherine, Katherine Marcus.
– Eso es.
– ¿ Qué tiene que ver una cosa con la otra?
– En ningún momento he dicho que los dos casos estén relacionados.
– Tampoco has afirmado lo contrario.
Sean sonrió a su pesar. Prefería tener que vérselas con cualquier violador reincidente, con cualquier tipo que se vanagloriara de saber más del sistema judicial que los mismísimos jueces, ya que Sean sabía cómo tratarles. Sin embargo, con cualquiera de esos viejos cabrones desconfiados y resistentes de la generación de su padre, gente inflexible de clase trabajadora con mucho orgullo, pero sin ningún respeto por las instituciones estatales o municipales, uno podría insistir la noche entera, y si no te querían contar una cosa, a la mañana siguiente aún estarías allí sin nada, a excepción de las mismísimas preguntas sin responder.
– Padre, ¿por qué no dejamos de preocuparnos por la posible relación entre los dos casos?
– ¿Por qué?
Sean alzó una mano y respondió: -Porque me complacería mucho.
– Claro, es precisamente eso lo que me mantiene vivo: la posibilidad de poder complacer a mi hijo algún día.
Sean, notando que tensaba la mano alrededor del asa de la jarra, explicó:
– He echado un vistazo al archivo del caso del secuestro de Dave.
El agente que se encargó de la investigación está muerto. Nadie más recuerda el caso y aún está en la lista de casos por resolver.
– ¿Y?
– Pues que recuerdo que un día, debía de ser un año después de que Dave regresara a casa, entraste a mi habitación y me dijiste: «Todo ha terminado. Han cogido a esos tipos».
Su padre se encogió de hombros y replicó:
– Sólo pillaron a uno.
– Entonces, por que no…
– En Albany -prosiguió su padre-. Vi la fotografía en el periódico. El tipo confesó haber perpetrado abusos un par de veces en Nueva York y afirmó que había realizado unos cuantos más en Massachusetts y Vermont. Se ahorcó en la celda antes de explicar los detalles. Pero reconocí el rostro de ese hombre a partir del esbozo que la policía dibujó en nuestra cocina.
– ¿ Estás seguro?
Hizo un gesto de asentimiento y contestó:
– Del todo. El detective encargado del caso se llamaba…
– Flynn -afirmó Sean.
Su padre asintió y añadió:
– Mike Flynn, así se llamaba. Seguí en contacto con él durante un tiempo, y le llamé después de ver la fotografía en el periódico, y me dijo que sí, que era el mismo tipo. Además, Dave se lo había confirmado.
– ¿Cuál?
– ¿Cómo dices?
– ¿Cuál de los dos?
– El… ¿Cómo lo describíais? El grasiento que parecía estar dormido.
Las palabras que Sean había pronunciado de niño le parecieron extrañas al salir de boca de su padre.
– El que iba en el asiento del copiloto.
– Eso es.
– ¿ y su compañero? -preguntó Sean.
Su padre negó con la cabeza y respondió:
– Murió en un accidente de coche. O como mínimo, eso es lo que nos contó su compañero. Eso es todo lo que recuerdo, pero no te lo tomes muy en serio. ¡Deberías haberme dicho que Tim Marcus había muerto!
Sean apuró lo que le quedaba en la jarra, señaló la copa vacía de su padre y le preguntó: -¿ Quieres otra?
Su padre se quedó mirando la copa por un instante y respondió: ~¡Qué caramba! ¡Pues claro!