Subieron a Jimmy al andén y sin soltarlo, apretándole los hombros con los dedos, miraban a su alrededor en busca de alguien que les dijera qué tenían que hacer. El tren atravesó el túnel y alguien gritó, aunque luego otra persona empezó a reír (una risotada ensordecedora que le hizo pensar a Sean en las brujas alrededor de un caldero), pues el tren apareció de repente al otro lado de la estación, en dirección norte; Jimmy miró los rostros de toda aquella gente que lo sujetaba, como diciéndoles: «¿Lo ven?».

Dave, que estaba junto a Sean, soltó su risilla aguda y vomitó en las manos.

Sean apartó la mirada, preguntándose qué pintaba él en todo aquello.

Esa noche el padre de Sean le obligó a sentarse en el cuarto de herramientas del sótano. Era un lugar repleto de tornos de banco negros y de Iatas de café llenas de clavos y tuercas; había montones de madera perfectamente apilados debajo del deteriorado tablero que dividía la habitación en dos; los martillos colgaban de los cinturones de carpintero, cual pistolas en sus fundas, y la correa de una sierra colgaba de un gancho y se bamboleaba. El padre de Sean, que a menudo hacía trabajos de carpintería para los del barrio, bajaba allí a construir sus jaulas de pájaros y las repisas que colocaba en las ventanas para las flores de su mujer. Allí había ideado el porche trasero, que él y sus amigos construyeron a toda prisa un verano abrasador, cuando Sean tenía cinco años; también iba allí si buscaba paz y tranquilidad o cuando estaba enfadado con Sean, como bien sabía éste, o enfadado con la madre de Sean, o si tenía problemas de trabajo. Las jaulas de pájaros (maquetas de casas estilo Tudor, coloniales, victorianas y chalets suizos) acababan amontonadas en una esquina del sótano, y había tantas que habrían tenido que vivir en el Amazonas para encontrar suficiente cantidad de pájaros que las pudieran usar.

Sean se sentó en el viejo taburete rojo y se dedicó a manosear el torno negruzco, sintiendo la mezcla de aceite y de serrín, hasta que su padre le preguntó:

– Sean, ¿cuántas veces te lo tendré que repetir?

Sean sacó el dedo y se limpió la grasa con la palma de la mano.

Su padre cogió unos cuantos clavos sueltos que había encima del tablero y los colocó en una lata de café de color amarillo.

– Ya sé que Jimmy Marcus te cae bien, pero si queréis jugar juntos, a partir de ahora tendréis que hacerlo cerca de casa; de la tuya, no de la suya.

Sean asintió con la cabeza. Era inútil discutir con su padre cuando hablaba de forma tan lenta y pausada como lo estaba haciendo en aquel momento; cada una de sus palabras le salía de la boca como si tuviera una piedrecita enganchada.

– ¿Ha quedado claro?

Su padre empujó la lata de café a su derecha y bajó los ojos hacia Sean.

Sean volvió a asentir. Observó cómo su padre se frotaba los gruesos dedos para quitarse el serrín.

¿Hasta cuándo?

Su padre levantó las manos y quitó una brizna de polvo de un gancho clavado en el techo. La amasó entre los dedos y luego la tiró a la papelera que había colocado debajo del tablero.

– Yo diría que durante mucho tiempo. Además, Sean…

– ¿Sí, señor?

– No creas que esta vez puedes ir a pedírselo a tu madre; después del circo que habéis montado hoy, no quiere que vuelvas a ver a Jimmy nunca más.

– No es tan malo. Sólo…

– No he dicho que lo sea. Sólo es un insensato, y tu madre ya ha tenido que aguantar bastantes locuras en su vida.

Sean divisó cierto destello en el rostro de su padre al pronunciar «insensato», y supo que era al otro Billy Devine al que vio por un instante, ese que había tenido que reconstruir por medio de algunos fragmentos de conversaciones que había acertado a oír de sus tíos y de sus tías. Le llamaban el viejo Billy; El peleón le llamó una vez su tío Colm con una sonrisa. Era el Billy Devine que había desaparecido antes de que Sean naciera y que había sido reemplazado por aquel hombre tranquilo y cuidadoso, de gruesos y diestros dedos, que construía demasiadas jaulas.

– ¿Te acordarás de lo que hemos estado hablando? -le preguntó su padre; después le dio una palmadita en el hombro para indicarle que ya se podía ir.

Sean salió del cuarto de las herramientas y atravesó el frío sótano mientras se preguntaba si lo que hacía que disfrutara de la compañía de Jimmy era lo mismo que hacía que a su padre le gustara pasar el rato con el señor Marcus, beber juntos los sábados por la noche hasta altas horas de la madrugada, reírse demasiado fuerte y bruscamente, y si era aquello lo que su madre temía.

Unos cuantos sábados más tarde, Jimmy y Dave Boyle fueron a casa de los Devine un día en que el padre estaba fuera. Llamaron a la puerta trasera cuando Sean estaba acabando de almorzar. Sean oyó a su madre abrir la puerta y decir: «Buenos días, Jimmy. Buenos días, Dave», con el tono de voz muy educado que usaba con la gente a la que no tenía muy claro que deseara ver.

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