– Esta noche no puedo -confesó Sean-. Estoy cansado a más no poder, sufro, y tú ni siquiera me dejas oír tu voz.

De pie en la cocina, le dio un irremediable plazo de treinta segundos para que reaccionara. Le llegaba el tilín de una campana mientras alguien llenaba un neumático de aire.

– Adiós, cariño -dijo, pero las palabras se le quedaron atravesadas en la flema de la garganta; luego colgó.

Permaneció inmóvil durante un momento, escuchando cómo el eco de la tintineante bomba de aire se confundía con el silencio resonante que descendía por la cocina y le aporreaba el corazón.

Estaba convencido de que le atormentaría. Tal vez toda la noche y parte del día siguiente. Quizá toda la semana. Había puesto fin al ritual. Había sido él el que había colgado. ¿ y si mientras lo hacía ella había entreabierto la boca para hablar y pronunciar su nombre?

¡Santo cielo!

Esa imagen le hizo dirigirse hacia la ducha, aunque sólo fuera para poder alejarse de ella y del hecho de imaginársela allí de pie junto a las cabinas telefónicas, con la boca abierta, y las palabras subiéndole por la garganta.

Podría haber estado a punto de decir: «Sean, vuelvo a casa».

<p>III. ANGELES DE LOS SILENCIOS</p><p>15. UN TIPO PERFECTO</p>

El lunes por la mañana, Celeste se encontraba en la cocina con su prima Annabeth, mientras la casa se llenaba de plañideros. Annabeth estaba de pie junto a los fogones, cocinando sin demasiada convicción en el momento en que Jimmy, recién salido de la ducha, asomaba la cabeza para preguntar si podía ayudar en algo.

Cuando eran niñas, Celeste y Annabeth habían sido como hermanas. Annabeth había sido la única chica en una familia de varones, y Celeste era hija única de unos padres que no se soportaban; por lo tanto, habían pasado mucho tiempo juntas y, en la época del instituto, se llamaban por teléfono casi todas las noches. A lo largo de los años, esa situación había cambiado de forma casi imperceptible, a medida que el distanciamiento entre la madre de Celeste y el padre de Annabeth se hacía cada vez más patente; habían pasado de la cordialidad a la frialdad, y luego a la hostilidad. y en cierto modo, ese distanciamiento entre hermano y hermana había repercutido en sus hijas, hasta el punto en que llegó un momento en que Celeste y Annabeth sólo se veían por formalidad: en las bodas, en los nacimientos y posteriores bautizos, y de vez en cuando en navidades y en Semana Santa. Lo que más le dolía a Celeste es que aquello hubiera sucedido sin ningún motivo aparente, y le dolía que una relación, antes inquebrantable, pudiera debilitarse con tanta facilidad por el paso del tiempo, por problemas familiares y por los esfuerzos propios del crecimiento.

Sin embargo, las cosas habían mejorado un poco desde que su madre muriera. El verano anterior, ella y Dave se habían reunido con Annabeth y Jímmy para comer y, durante el invierno, habían salido a cenar y a tomar algo un par de veces. Las conversaciones eran cada vez menos tensas y Celeste tenía la sensación de que los diez años de distanciamiento tocaban a su fin y encontraban un nombre: Rosemary.

Annabeth había estado a su lado cuando Rosemary murió. Había ido a su casa cada mañana y se había quedado con ella hasta el anochecer durante tres días seguidos. Había cocinado, la había ayudado con los preparativos del funeral y le había hecho compañía mientras Celeste lloraba por la pérdida de una madre que, a pesar de que nunca le había demostrado mucho cariño, no dejaba de ser su madre.

Y en ese momento Celeste estaba dispuesta a ayudar a Annabeth, una persona aparentemente muy independiente que para sorpresa de la mayoría de la gente, Celeste incluida, necesitaba apoyo.

Estuvo junto a su prima; la dejaba cocinar, iba a buscarle la comida al frigorífico cuando ésta se lo pedía y contestaba casi todas las llamadas.

Y allí estaba Jimmy; no habían pasado ni veinticuatro horas de la noticia de la muerte de su hija, y le preguntaba si necesitaba ayuda. Aún llevaba el pelo mojado y no se había acabado de peinar. La camisa, todavía húmeda, se le adhería al pecho. Iba descalzo, y el intenso dolor y la falta de sueño se manifestaban en las bolsas de debajo de sus ojos.

Celeste no pudo evitar pensar: «¡Santo cielo, Jimmy! ¿Y tú, qué? ¿Alguna vez piensas en ti?».

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