Lena esperó unos momentos, pero Richard permaneció inusitadamente silencioso. Lena sólo llevaba unos meses trabajando en el campus, pero ya se imaginaba cómo la universidad se libraría de un profesor que no cumplía con sus obligaciones. Richard, que se pasaba el día enseñando repaso de biología a los alumnos de primero más torpes, era un perfecto ejemplo de cómo la administración podía castigar a los profesores sin llegar a despedirlos. La única diferencia era que alguien como Richard nunca se marcharía.
– ¿Era inteligente? -preguntó Lena.
– ¿Andy? -Richard se encogió de hombros-. Estaba aquí, ¿no?
Lena sabía que esa frase se podía entender de muchas maneras. Grant Tech era una buena universidad, pero que cualquiera que tuviera talento quería ir a la Georgia Tech de Atlanta. Al igual que la Universidad Emory de Decatur, Georgia Tech se consideraba una de las universidades más prestigiosas del sur. Sibyl había estudiado en Georgia Tech con una beca completa, lo que enseguida la había hecho sobresalir entre los demás. Podría haber dado clases en cualquier parte, pero en Grant encontró algo que la atrajo.
Richard parecía pensativo.
– Yo quería ir a Georgia Tech, ya lo sabes. Desde siempre. Iba a ser mi pasaporte de salida de Perry. -Sonrió, y durante un segundo pareció un ser humano como cualquier otro-. Cuando era niño tenía todas las paredes cubiertas de pósteres. Yo era un Náufrago Errante -dijo, citando el famoso himno de Georgia Tech-. Iba a enseñarles todo lo que valía.
– ¿Por qué no fuiste? -preguntó Lena, pensando que le incomodaría.
– Oh, me aceptaron -dijo Richard, esperando que eso la impresionara-. Pero mi madre acababa de morir, y… -No acabó la frase-. Bueno. Ahora ya no se puede hacer nada. -Señaló a Lena con el dedo-. Aprendí mucho de tu hermana. Era muy buena profesora. Para mí era un modelo a seguir.
Lena dejó que ese cumplido flotara entre ambos. No quería hablar de Sibyl con Richard.
– Oh, Dios -dijo Richard poniéndose en pie-. Ahí está Jill. Rosen estaba en la puerta, buscando a Lena con la mirada. La mujer parecía perdida, y Lena estaba pensando si debía decirle algo cuando Richard le dedicó uno de sus saluditos de nena.
Jill Rosen le saludó sin mucha convicción, avanzando hacia ellos.
Richard se puso en pie y dijo:
– Oh, cariño -mientras le cogía las manos a Rosen.
– Brian ya está en camino -le explicó-. Intentarán conseguirle plaza en el primer avión que salga de Washington.
Richard frunció el ceño y ofreció su ayuda.
– Si puedo hacer algo por ti o por Brian…
– Gracias -contestó Rosen, mirando a Lena.
– Te veré luego -dijo Lena a Richard.
Richard arqueó las cejas e inició una elegante retirada, insistiendo en su disponibilidad:
– Lo que necesites -le dijo a Jill Rosen.
Ésta le dirigió una tensa sonrisa de agradecimiento cuando se fue.
– ¿Ya ha llegado el jefe Tolliver? -preguntó a Lena.
– Todavía no.
Rosen la miró, probablemente intentando comprobar si Lena mantenía su parte del trato. Y así había sido. Lena estaba sobria. Las dos copas que se había tomado en su apartamento después de contarle a Rosen lo de su hijo no bastaban para emborracharla.
– Antes tenía que hacer un par de cosas -dijo Lena.
– ¿Te refieres a lo de la muchacha? -preguntó Rosen, y Lena imaginó que le habrían contado lo de Tessa Linton al menos veinte veces entre el centro de orientación y la biblioteca.
– No quise contárselo -le explicó Lena.
La mujer le habló en tono cortante.
– Desde luego que no.
– No por eso -dijo Lena-. No estamos seguros de que guarde relación con lo ocurrido a Andy. No quería que pensara que…
– ¿Era la sangre de la chica la que había en la nota?
– Eso fue después -dijo Lena-. Acababan de cogerla y…
Los ojos de Rosen se llenaron de lágrimas. Apoyó las manos en la mesa, como si necesitara ayuda para sostenerse.
– Puedo dejarla sola, si quiere -dijo Lena, deseando con todas sus fuerzas que la mujer le tomara la palabra.
– No -dijo Rosen, sonándose otra vez la nariz.
No le dio ninguna explicación acerca de por qué no quería que Lena se fuera.
Las dos permanecieron de pie, mirando sin interés a la gente de la biblioteca. Lena se dio cuenta de que se estaba frotando las cicatrices de las manos y se obligó a detenerse.
– Siento lo de su hijo. Sé lo que es perder a alguien.
Rosen asintió, aún mirando a otro lado.
– Después del primer intento -se señaló el brazo, y Lena sé dio cuenta de que se refería al anterior intento de suicidio de Andy-, mejoró. Habíamos encontrado la medicación adecuada. Parecía que le iba mejor. -Sonrió-. Acabábamos de comprarle un coche.
– ¿Estaba matriculado en la universidad? -preguntó Lena.
– Richard ya se lo habrá contado, supongo -dijo, pero no había resentimiento en su voz-. Lo sacamos el último trimestre para que pudiera ponerse mejor. Ayudaba a su padre en el laboratorio, y también a mí en la clínica. -Sonrió al recordar-. Los jueves iba a clases de arte. Era muy bueno.