Lena lo desconectó la primera semana que vivió en el campus. Las únicas personas que la llamaban eran Nan y Hank, y ambos dejaban los mismos mensajes de preocupación, interesándose por cómo le iba. Ahora Lena tenía conectado el identificador de llamadas, y eso era todo lo que necesitaba para filtrar las pocas que tenía.

– Richard ha estado aquí -dijo.

– Oh, Lena. -Nan frunció el ceño-. Espero que no fuera grosero.

– Intentaba sacar los trapos sucios.

Como siempre, Nan intentó defender a Richard.

– Brian trabaja en su departamento. Estoy segura de que Richard sólo quería saber qué había pasado.

– ¿Le conocías? Al chico, quiero decir.

Nan negó con la cabeza.

– Vi a Jill y a Brian en la fiesta de la facultad de las navidades pasadas, pero no nos tratábamos. Quizá deberías hablar con Richard -sugirió-. Trabajaban en el mismo laboratorio.

– Richard es un gilipollas.

– Se portó muy bien con Sibyl.

– Sibyl sabía cuidarse sola -insistió Lena, aunque las dos sabían que eso no era cierto.

Sibyl era ciega. Richard había sido sus ojos en el campus, haciendo su vida mucho más fácil.

Nan cambió de tema y dijo:

– Me gustaría que aceptaras parte del dinero del seguro…

– No -la cortó Lena.

Sibyl había suscrito un seguro de vida a través de la universidad, con doble indemnización en caso de muerte accidental. Nan había sido la beneficiaria, y desde que cobrara el cheque le había estado ofreciendo la mitad del dinero a Lena.

– Sibyl te lo dejó a ti -le repitió Lena por millonésima vez-. Quería que tú lo tuvieras.

– Ni siquiera hizo testamento -le replicó Nan-. No le gustaba pensar en la muerte, por no hablar de hacer planes para cuando ocurriera. Ya sabes cómo era.

Lena sintió cómo las lágrimas le humedecían los ojos.

– La única razón por la que suscribió ese seguro -explicó Nan- fue porque la universidad se lo ofreció gratis con la póliza sanitaria. Y me hizo beneficiaria sólo porque…

– … porque quería que tú te quedaras el dinero -acabó la frase Lena, utilizando el dorso de la mano para secarse los ojos. Había llorado tanto durante el último año que ya no la avergonzaba hacerlo en público-. Escucha, Nan, te lo agradezco, pero es tu dinero. Sibyl quería que te lo quedaras.

– No habría querido que trabajaras para Chuck. Le habría parecido horrible.

– A mí tampoco me entusiasma -admitió Lena, aunque a la única persona a quien se lo había dicho era a Jill Rosen-. Es sólo algo para ir tirando hasta que decida qué quiero hacer con mi vida.

– Podrías volver a la universidad.

Lena se rió.

– Soy un poco mayor para volver a estudiar.

– Sibyl siempre decía que preferirías sudar la gota gorda corriendo un maratón en pleno agosto que pasarte diez minutos dentro de un aula con aire acondicionado.

Lena sonrió, y sintió cómo se aliviaba su dolor cuando su mente evocó la voz de Sibyl diciendo exactamente lo mismo. A veces se producía un chasquido en el cerebro de Lena, y las cosas malas desaparecían y sólo quedaba lo bueno.

– Es difícil creer que ha pasado un año -dijo Nan.

Lena miró por la ventana, pensando en lo curioso que era estar hablando así con Nan. De no haber sido por Sibyl, Lena se habría mantenido lo más alejada posible de alguien como Nan Thomas.

– Esta semana he pensado mucho en ella -dijo Lena. Había visto algo en la cara de Sara Linton mientras subían a su hermana en el helicóptero que le había afectado más que ninguna otra cosa en mucho tiempo-. A Sibyl le encantaba esta época del año.

– Le encantaba pasear por el bosque -dijo Nan-. Los viernes siempre procuraba salir del trabajo un poco antes para que pudiéramos dar un paseo antes de que anocheciera.

Lena tragó saliva, temiendo que, si abría la boca, se le escapara un sollozo.

– De todos modos -dijo Nan, apoyando las palmas planas sobre la mesa al ponerse en pie-, será mejor que empiece a catalogar algunos libros antes de que vuelva Chuck y me invite a cenar.

Lena también se puso en pie.

– ¿Por qué no le dices simplemente que eres lesbiana?

– ¿Para que le dé más morbo? -contestó Nan-. No, gracias.

Lena estuvo de acuerdo. A ella tampoco le había hecho ninguna gracia imaginarse a Chuck leyendo en el periódico los escabrosos detalles de su agresión.

– Además -dijo Nan-, alguien como él diría que la única razón por la que no quiero salir con él es que soy lesbiana, y que ya se sabe que las lesbianas odian a los hombres. -Nan se inclinó hacia delante y le dijo en tono cómplice-. Cuando la verdad es que no odio a todos los hombres. Sólo a él.

Lena negó con la cabeza, y se dijo que, si ése era el criterio, todas las mujeres del campus eran lesbianas.

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