Sara no dijo nada mientras salían del aparcamiento. En la calle apoyó la cabeza en la mano, contemplando el centro de la ciudad, pensando en lo distinto que era todo ahora. Los edificios resultaban más altos, y los coches del carril de al lado parecían discurrir demasiado cerca. Sara ya no era una mujer de ciudad. Quería volver a su pequeña población, donde todos se conocían… o al menos eso creían.
– Siento haber llegado tarde -dijo Jeffrey.
– No pasa nada -contestó Sara.
– Ellen Schaffer. La testigo de ayer.
– ¿Te ha dicho algo?
– No -dijo Jeffrey. Hizo una pausa antes de continuar-: Se suicidó esta mañana.
– ¿Qué? -exclamó Sara. Y antes de que él pudiera responderle, añadió-: ¿Por qué no me lo has dicho?
– Te lo estoy diciendo ahora.
– Deberías haberme llamado.
– ¿Y qué habrías hecho?
– Volver a Grant.
– Eso es lo que estamos haciendo ahora.
Sara intentó controlar su irritación. No le gustaba que la protegieran.
– ¿Quién dictaminó la muerte?
– Hare.
– ¿Hare? -Parte de su irritación se dirigió contra su primo por no habérselo dicho por teléfono-. ¿Averiguó algo? ¿Qué te dijo?
Jeffrey se llevó el dedo a la barbilla e imitó la voz de Hare, que era unas cuantas octavas más aguda que la de Jeffrey. -«No me lo digas, falta algo.»
– ¿Qué faltaba?
– La cabeza de la chica.
Sara soltó un largo gruñido. Detestaba las heridas en la cabeza.
– ¿Estás seguro de que fue un suicidio?
– Eso es lo que debemos averiguar. Había cierta discrepancia con la munición.
Jeffrey le contó todo lo acontecido aquella mañana, desde su entrevista con los padres de Andy Rosen hasta el hallazgo de Ellen Schaffer. Sara le interrumpió mientras le explicaba que Matt había encontrado una flecha dibujada en el suelo, delante de la ventana de Schaffer.
– Eso es idéntico a lo que yo hice -dijo Sara-. Marcar el camino mientras buscaba a Tessa.
– Lo sé -contestó Jeffrey, pero no añadió nada más.
– ¿Por eso no querías contármelo? -preguntó Sara-. No me gusta que te guardes información. No es decisión tuya…
– Quiero que vayas con cuidado, Sara -dijo Jeffrey con repentina vehemencia-. No quiero que te pasees sola por el campus. No quiero verte por las escenas de los crímenes. ¿Me has entendido?
Sara no contestó, estaba demasiado atónita para hacerlo.
– Y no te vas a quedar en casa sola.
Sara no pudo reprimirse.
– Un momento…
– Dormiré en el sofá de tu casa si hace falta -la interrumpió Jeffrey-. No pretendo que te acuestes conmigo. Pero en este momento no quiero tener que preocuparme de otra persona.
– ¿Crees que debes preocuparte por mí?
– ¿Pensabas que debías preocuparte por Tessa?
– No es lo mismo.
– Esa flecha podría significar algo. Podría señalarte a ti.
– La gente acostumbra a dibujar marcas en el suelo con el zapato.
– ¿Crees que es una coincidencia? A Ellen Schaffer le han volado la cabeza…
– A menos que se lo hiciera ella misma.
– No me interrumpas -la advirtió, y Sara se habría reído si sus palabras no hubieran estado teñidas de interés por su seguridad-. Te digo que no pienso dejarte sola.
– Ni siquiera estamos seguros de que haya habido ningún asesinato, Jeffrey. Que haya unas cuantas cosas que no encajen (y que, de hecho, se podrían explicar fácilmente), no prueba que no se trate de un suicidio.
– ¿Así que crees que el suicidio de Andy, el apuñalamiento de Tessa y lo de la chica de esta mañana no guardan ninguna relación?
Sara sabía que eso era improbable, pero dijo:
– A lo mejor no.
– Sí, bueno -afirmó Jeffrey-, todo es posible, pero esta noche no te vas a quedar sola. ¿Entendido?
Sara sólo pudo dar la callada por respuesta.
– No sé qué otra cosa hacer, Sara -aseguró Jeffrey-. No puedo estar todo el día preocupado por ti. No soporto pensar que tu vida peligra. Si no estás a salvo no podré seguir haciendo mi trabajo.
– De acuerdo -dijo Sara por fin, queriendo dar a entender que lo comprendía.
Se dio cuenta de que lo que más deseaba era volver a su casa, dormir en su cama, sola.
– Si los tres incidentes no guardan relación entre sí, ya tendrás tiempo de llamarme capullo -dijo Jeffrey.
– No eres ningún capullo -contestó Sara, pues sabía que su preocupación era real-. Dime por qué has llegado tarde. ¿Averiguaste algo?
– Hice una parada en la tienda de tatuajes que hay saliendo de Grant y hablé con el propietario.
– ¿Hal?
Jeffrey le lanzó una mirada de soslayo cuando desembocaron en la interestatal.
– ¿De qué conoces a Hal?
– Fue paciente mío hace mucho tiempo -dijo Sara, ahogando un bostezo. A continuación, para demostrarle a Jeffrey que no lo sabía todo de ella, añadió-: Hace un par de años, Tessa y yo quisimos hacernos un tatuaje.
– ¿Un tatuaje? Jeffrey se mostró escéptico-. ¿Ibais a haceros un tatuaje?
Le lanzó, o eso pretendía, una maliciosa sonrisa.
– ¿Y por qué no os lo hicisteis?
Sara se volvió para poder mirar a Jeffrey.
– Has de estar unos días sin mojártelo, y al día siguiente nos íbamos a la playa.
– ¿Qué ibais a tatuaros?
– Oh, no me acuerdo -dijo Sara, aunque la verdad es que sí se acordaba.
– ¿Dónde os lo ibais a hacer?
Sara se encogió de hombros.