– De acuerdo -dijo Jeffrey, sin acabar de creérselo.

– ¿Y qué te ha dicho Hal? -preguntó Sara.

Jeffrey esperó unos momentos antes de responder.

– Que no les hace tatuajes a los menores de veintidós años si no habla primero con los padres.

– Una medida inteligente -contestó Sara.

Se dijo a sí misma que Hal debió de tomar esa precaución ante el alud de llamadas telefónicas de padres coléricos que habían enviado a sus hijos a estudiar una carrera, no a hacerse un tatuaje.

Sara reprimió otro bostezo. El movimiento del coche la estaba amodorrando.

– Podría haber alguna relación -aseguró Jeffrey, pero no se le veía convencido-. Andy llevaba piercings. Schaffer, un tatuaje. Podrían habérselo hecho juntos. Hay tres mil tatuadores entre aquí y Savannah.

– ¿Qué te han dicho sus padres?

– Fue duro preguntar directamente. Al parecer no sabían nada.

– Los chavales no suelen pedir permiso para tatuarse.

– Ya lo supongo -asintió Jeffrey-. Si Andy Rosen estuviera vivo, sería mi sospechoso número uno de la muerte de Schaffer. Es obvio que el chico estaba obsesionado con ella. -En su rostro se dibujó una expresión de amargura-. Espero que nunca tengas que ver ese cuadro.

– ¿Estás seguro que no se conocían?

– Eso dicen las amigas de ella -le explicó Jeffrey-. Según todas las residentes del colegio mayor, Schaffer estaba acostumbrada a que los chicos se colaran por ella. Era el pan nuestro de cada día, y ella ni se enteraba. Hablé con el profesor de arte. Incluso él se dio cuenta. Andy estaba en la luna pensando en Ellen, y ella no se daba cuenta.

– Era una chica atractiva.

Sara no recordaba gran cosa anterior al apuñalamiento de Sara, pero Ellen Schaffer era lo bastante guapa como para dejar huella.

– A lo mejor era un rival celoso -dijo Jeffrey, aunque con poca convicción-. Quizás algún chaval se quedó prendado de Schaffer y quitó a Andy de en medio. -Hizo una pausa para madurar su teoría-. Y luego, como Schaffer no le abrió los brazos al pretendiente, también la mató a ella.

– Es posible -dijo Sara, preguntándose dónde encajaba el apuñalamiento de Tessa.

– A lo mejor Schaffer vio algo -prosiguió Jeffrey-. Tal vez vio a alguien en el bosque, alguien que estaba allí.

– O a lo mejor quienquiera que estuviera en el bosque creyó que ella había visto algo.

– ¿Crees que Tessa llegará a recordar lo que pasó?

– La amnesia es muy corriente cuando hay lesiones craneales. Dudo que llegue a recordarlo todo y, aunque lo hiciera, no se sostendría en un contrainterrogatorio.

Sara no añadió que deseaba que su hermana no recordara nunca. El recuerdo de Tessa perdiendo a su bebé ya era bastante duro para Sara. No imaginaba lo que sería para Tessa vivir con esos hechos siempre presentes en su mente.

Sara pasó de nuevo a Ellen Schaffer.

– ¿Alguien vio algo?

– Todo el mundo estaba fuera.

– ¿No había nadie en el colegio mayor, nadie estaba enfermo? -preguntó Sara.

Pensaba que el hecho de que las cincuenta chicas de un colegio mayor estuvieran todas en clase era algo tan raro que lo hacía merecedor de un titular de periódico.

– Interrogamos a toda la residencia -dijo Jeffrey-. No nos dejamos a nadie.

– ¿Qué residencia era?

– Keyes.

– La de las listas -dijo Sara, sabiendo que eso explicaba por qué todas estaban en clase-. ¿Nadie en el campus oyó el disparo?

– Algunos afirmaron haber oído algo que sonó como el petardeo de un coche. -Tamborileó los dedos sobre el volante-. La chica tenía una calibre doce de corredera.

– Dios mío -dijo Sara, imaginando el aspecto que tendría la víctima.

Jeffrey extendió el brazo hacia el asiento de atrás y sacó una carpeta de su cartera.

– A quemarropa -continuó, sacando una foto en color de la carpeta-. Probablemente tenía la escopeta en la boca. La cabeza debió actuar de silenciador.

Sara encendió la luz del coche para mirar la foto. Era peor de lo que había imaginado.

– Dios santo -murmuró.

La autopsia sería difícil. Le echó un vistazo al reloj de la radio. No llegaría a Grant hasta las ocho, según el tráfico. Las dos autopsias le llevarían al menos tres horas cada una. Sara le agradeció en silencio a Hare haberse ofrecido para sustituirla mañana. Tal como se presentaban las cosas, necesitaría dormir todo el día.

– ¿Sara? -preguntó Jeffrey.

– Lo siento -dijo ésta cogiéndole la carpeta.

La abrió, pero las palabras se le hicieron borrosas. Se concentró en las fotos, pasando por alto la de la flecha dibujada en el suelo para mirar las de la escena del crimen.

– Puede que alguien se colara por la ventana -prosiguió Jeffrey-. O a lo mejor ya estaba ahí, escondido en el armario o en otra parte. La chica se va al cuarto de baño que hay al final del pasillo, vuelve a su cuarto y… pam. Ahí está él, esperando.

– ¿Alguna huella?

– Quizás el tipo llevaba guantes -dijo Jeffrey, sin responder a su pregunta.

– Las mujeres no suelen dispararse a la cara -concedió Sara, observando un primer plano del escritorio de Schaffer-. Es algo más propio de un hombre.

Sara siempre había considerado que las estadísticas resultaban sexistas, pero las cifras así lo demostraban.

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