Jeffrey asintió, diciéndose que la habitación habría estado muy caliente casi toda la noche si el aire estaba apagado y la puerta cerrada. Sus vecinos debían de estar tan acostumbrados al mal olor que no habrían notado nada fuera de lo corriente.

– ¿Sabemos cómo se llama? -preguntó Jeffrey.

– William Dickson -dijo Frank-. Pero por lo que he averiguado, nadie le llamaba así.

– ¿Y cuál era su apodo?

Frank sonrió con cierta suficiencia.

– Scooter.

Jeffrey arqueó las cejas, pero no era quién para decir nada. No iba a compartir con nadie el apodo que le habían dado a él en Sylacauga. Sara lo había utilizado ayer para herirle.

– Su compañero de habitación ha ido a pasar la Semana Santa con sus padres -informó Frank.

– Quiero hablar con él.

– Le pediré el número al decano cuando todo esto esté despejado.

Jeffrey entró en la habitación, y en el suelo observó una jeringuilla de plástico rota. Fuera lo que fuese lo que había dentro, se había secado, pero distinguió el nítido dibujo de la suela de un zapato, parecido a un gofre, impreso en lo que antes había sido un fluido.

Se quedó mirando la huella y dijo:

– Asegúrate de que Brad saca una buena foto de esto.

Frank asintió y Jeffrey se arrodilló junto al cadáver. Estaba a punto de pedirle unos guantes a Frank cuando éste le arrojó un par.

– Gracias -dijo Jeffrey y se los puso.

Al tener las manos sudadas, el látex se le pegó. La luz del sol era insuficiente, y Jeffrey buscó alguna lamparilla. Había una encima de la nevera, junto a la cama, pero habían cortado el cable, y los extremos de éstos estaban pelados hasta el cobre.

– Que nadie encienda el interruptor de la luz hasta que le echemos un vistazo a esto -le advirtió a Frank.

Inclinó la cabeza de Scooter a un lado, apartándole la barbilla del pecho. Alrededor de su cuello había un cinturón de cuero que no había visto desde el pasillo. Scooter llevaba el pelo tan largo y grasiento que le sorprendió poder verlo ahora.

Jeffrey le apartó el cabello al muchacho, desplazándolo en un grumo apelmazado. El cinturón le rodeaba el cuello, y la hebilla estaba tan apretada que se clavaba en la piel. Jeffrey no quería aflojar el cuero, pero vio un diminuto trozo de espuma sobresaliendo en la parte superior. Siguió el extremo del cinturón, y comprobó que estaba anudado a otro, de tela. La hebilla del segundo cinturón estaba atada con un lazo a un gancho grande clavado en la pared. Los cinturones estaban tensos en toda su longitud, y el peso del cuerpo tiraba del perno de la pared. Por lo que parecía, el gancho llevaba allí un tiempo.

Jeffrey se volvió hacia el televisor que había delante del cadáver. Era un modelo barato, de los que puedes comprar en una gran superficie por menos de cien dólares. Al lado había un tarro de Bálsamo de Tigre con los bordes impregnados de unos trozos blancos y resecos de vete a saber qué. Jeffrey sacó su bolígrafo y lo utilizó para apretar el botón de eject del vídeo. En la etiqueta se veía una escena sexualmente sugerente bajo el título de Sé a quién te follaste el último verano.

Jeffrey se puso en pie y se sacó los guantes. Frank le siguió por el pasillo hasta donde estaba Lena.

– ¿Has llamado a alguien? -le preguntó Jeffrey.

– ¿Qué? -dijo ella, frunciendo el entrecejo.

Era evidente que estaba preparada para otro interrogatorio, pero Jeffrey advirtió que la pregunta la había pillado por sorpresa.

– Cuando llegaste -dijo Jeffrey-, ¿llamaste a alguien por el móvil?

– No tengo móvil.

– ¿Estás segura? -preguntó Jeffrey.

Creía que Sara era la única persona de Grant que no tenía.

– ¿Sabes cuánto me pagan? -se rió Lena, incrédula-. Si apenas tengo para comer.

Jeffrey cambió de tema.

– He oído que has encontrado una aguja.

– Recibimos la llamada hará una media hora -dijo Lena, y él se dio cuenta de que ésa era la respuesta que ella había estado ensayando-. Entré en la habitación para ver si el sujeto estaba vivo. No tenía pulso y no respiraba. El cuerpo estaba rígido y frío al tacto. Entonces fue cuando encontré la aguja.

– Nos fue de mucha ayuda -comentó Frank, aunque su tono indicaba lo contrario-. La vio debajo de la cama y pensó que la recogería para ahorrarnos molestias.

Jeffrey se quedó mirando a Lena, y afirmó:

– Y supongo que tus huellas están por todas partes.

– Supongo.

– Y supongo que no recuerdas qué más tocaste mientras estabas ahí dentro.

– Supongo que no.

Jeffrey miró hacia el interior de la habitación, luego a Lena.

– ¿Quieres decirme por qué la huella de la bota de tu novio está en la habitación?

Lena ni se inmutó. De hecho, se permitió una sonrisa.

– ¿No te has enterado? -preguntó-. Él fue quien encontró el cadáver.

Jeffrey miró interrogativamente a Frank, quien asintió.

– He oído que ya has intentado interrogarle.

Lena se encogió de hombros.

– Frank -dijo Jeffrey-, ve a buscarlo y tráelo.

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